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domingo, 5 de mayo de 2013

TOLEDO. Cerro del Bú




El cerro del Bú es el lugar donde los antiguos dioses duermen.


El Cerro del Bú, “Cerro del Diablo”,
se levanta en la margen izquierda del Tajo, o Tagos,
que en su hoz envuelve por la margen derecha a la antigua Toletum.


Se encuentra entre el Arroyo de la Degollada y la Peña del Rey Moro,
junto a la Ermita del Valle (construida en el siglo XVII)
y frente a la Casa del Diamantista.
Por un lado tiene fácil acceso desde la carretera del Valle,
pero por el otro es un acantilado sobre el Tajo.


El Bú tiene buenas condiciones defensivas.
Es escasamente visible,
insertado como está en un paisaje de montes rocosos,
pero en cambio desde él se domina
casi todo el peñón toledano,
el castillo de San Servando y la Huerta del Rey.
Sus características estratégicas
hicieron del Bú un referente defensivo durante milenios.

En la cresta se pueden ver los restos de unas construcciones
y en una de sus laderas, trincheras abiertas
durante algunas excavaciones arqueológicas.


***


Cuenta la leyenda que en el origen de los tiempos,
antes de los romanos, antes de los iberos,
en el Cerro del Bú vivió un pueblo aguerrido
que gozaba de la protección de un dios infernal, Baal-cebú,
al que, en las noches de luna llena,
se le ofrecía el sacrifico de una joven virgen.
El sacerdote de la tribu se enamoró
de una de las jóvenes que iba a ser sacrificada,
no quiso cumplir su cometido y quitar la vida a la muchacha
y la noche del sacrificio la raptó y huyó con ella.
Esa noche no pudo hacerse la ofrenda.
La deidad, encolerizada, ordenó que el cerro se abriera.
De la tierra resquebrajada salió una legión demoníaca
que fue en busca de los fugitivos, pero no logró encontrarlos.
Entonces el dios maldijo la montaña.
La tierra volvió a cerrarse y se tragó a todos sus habitantes.
Sólo quedaron las ruinas de lo que había sido un pueblo.


***


El investigador Manuel Castaños y Montijano,
secretario de la Comisión de Monumentos local,
realizó las primeras excavaciones en el cerro en 1905,
encontró huesos de animales, trozos de cerámica
y medio disco de piedra
y concluyó que el recinto amurallado fue un castro ibérico.
El arquitecto municipal, Ezequiel Martín,
levantó los primeros planos del lugar.
La información fue enviada a la Real Academia de la Historia
y cayó en el olvido durante décadas.
Posteriormente se realizaron otras excavaciones,
encontrándose más fragmentos de cerámica,
huesos tallados, piedras trabajadas,
hachas prehistóricas, una maza de pizarra,
restos de oro y un puñal con remaches de plata,
hallazgos que se encuentran en el Museo de Santa Cruz.

Esos descubrimientos iniciales,
que pasaron por la Real Academia de San Fernando,
no fueron sino someras excavaciones
que sirvieron para verificar la antigüedad del poblamiento.

En los años ochenta se emprendieron nuevas campañas
que descubrieron antiguas estructuras defensivas musulmanas
y permitieron identificar, en la cima, una construcción desaparecida:
La “Torre de los Diablos”,
cuya existencia recogían antiguos testimonios mozárabes.
Se hallaron los cimientos de piedra, rectangulares,
la compartimentación en tres habitaciones
y los restos de un enfoscado de yeso
que tenía como fin impermeabilizar la construcción.


***


El Cerro del Bú fue uno de los primeros asentamientos humanos
de la ciudad de Toledo,
un castro amurallado en el que vivían los carpetanos.
Es la cuna donde nació la ciudad,
a finales de la Edad del Cobre.

Hay dos hipótesis al respecto:
Una dice que los carpetanos fundadores de Toledo
se situaban en la orilla izquierda del Tajo, sobre el mencionado cerro,
y que, al llegar los romanos,
éstos pusieron su campamento sobre la actual Toledo,
siendo absorbida finalmente la población del cerro
y quedando éste abandonado.
Y una segunda dice
que había varios poblamientos en los alrededores,
siendo el principal el de la actual Toledo,
por lo que el del cerro del Bú sería una especie de pedanía,
bastión, avanzada o cabeza de puente,
un poblamiento dependiente del situado en la actual Toledo.
Quizás esta propuesta es más lógica,
pues, si la capital de la Carpetania era Toledo,
el enclave debería ser más extenso que la superficie del cerro del Bú,
aparte de que el marco estratégico de la actual Toledo
sería más atractivo para sus fundadores.

Se han encontrado restos de la Edad del Bronce,
de la Edad del Hierro.
Es posible que los primitivos pobladores del Bú
abandonaran el recinto debido al crecimiento del poblado
y se instalaran en el actual Casco Histórico.
O igual no fue abandonado en época romana, como se ha creído,
pues también se han hallado restos de época árabe,
lo que podría indicar una continuidad en el poblamiento
hasta la Edad Media.

En la Prehistoria fue una pequeña población defensiva.
Se han encontrado trozos de murallas en doble anillo.

Otros restos, corrales y pequeños habitáculos,
sugieren la existencia de animales domésticos.
Instrumentos de uso común
(punzones, cuencos y ollas,
dientes de hoz en sílex y piedras de molino)
confirman la existencia de un caserío
en el que moraría una tribu primitiva.

Aunque la mayoría de los restos constructivos de la Edad del Bronce
han desaparecido,
los arqueólogos cuentan con suficientes datos como para afirmar
que los primitivos habitantes de la ribera del Tajo vivían
en cabañas de planta elíptica o circular,
con zócalo de piedra
y paredes y techos
construidos a base de ramas endurecidas con barro.

El Bú estaría comunicado con el Casco
mediante un rudimentario puente de barcas.
En las últimas décadas han aparecido restos
que se corresponden con esta primitiva etapa
al otro lado del río, a la altura del Corralillo de San Miguel,
frontero del cerro y de la Barca Pasaje.

Pero aún queda mucho por excavar
para contestar todos los interrogantes.
Gran parte de lo que se ha encontrado está descontextualizado
y no ha sido estudiado en profundidad.


***


Cuenta la leyenda que, entre los restos del cerro,
están los cimientos de una torre, la “Torre de los Diablos”,
que ocultaba una puerta que era la entrada al infierno.
En las noches de luna llena,
una grieta se abre entre las rocas
y surgen de ella resplandores rojizos.

Es cierto que existió en la Edad Media
un torreón llamado “Torre de los Diablos”:
una fortificación de vigilancia de época islámica
desde la cual se controlaba el paso del río
hacia el camino de Calatrava.

De esta época se conservan los restos de una muralla,
levantada sobre las ruinas de la de la Edad del Bronce.
En su interior se encontraba la “Torre de los Diablos”.


***


Aún no se ha podido determinar la extensión
de ese perímetro amurallado islámico.


Hoy el cerro es de propiedad particular,
aunque el ayuntamiento de Toledo intenta adquirirlo
para que el Consorcio pueda
proseguir las intervenciones arqueológicas.


La intención de los arqueólogos es proteger el yacimiento,
que hoy se encuentra completamente abandonado, deteriorándose
y expuesto a actos vandálicos.
Además de continuar estudiando
tanto la fase prehistórica como la islámica
y determinar qué elementos corresponden
a cada una de las etapas históricas del Bú.

domingo, 18 de septiembre de 2011

LA ORUÑA


En el camino que conduce a Oruña
unos cuantos árboles sin hojas
retuercen hacia el cielo sus ramas negras
como sintiendo aún
el dolor de los antiguos pobladores.


Camino bajo el cielo implacable
rodeada por los árboles doloridos,
asciendo por la ladera del cerro
en busca del poblado fantasmal.
Las ramas negras de los árboles sin hojas
son un lamento, un aviso, una amenaza
bajo el cielo implacablemente azul.
Llego al poblado.
Escucho.


Aquí vivieron
nuestros primeros antepasados.
Fieros guerreros.
Incluso los habitantes de este poblado,
mineros que extraían el hierro del monte sagrado,
herreros que forjaban espadas,
se convirtieron en altivos guerreros
para defender su libertad
frente a las legiones romanas.


Aquí vivieron.
Aquí hablaron una lengua antigua
que no conocemos.
Aquí ofrecieron sacrificios
a los dioses de la montaña.
Aquí forjaron las mejores espadas
con el hierro del Moncayo.


Aquí, en esta colina solitaria,
resonaron, hace tanto tiempo,
los rítmicos golpes del martillo
sobre el metal candente
en las rudimentarias fraguas.
Aquí un Siegfried desconocido
forjó su Notung
con la que defender la libertad.
Aquí quedan aún los restos
de los hornos de fundición
en los que el hierro de la montaña mítica
se transformaba en arma.
Aquí el brillo del carbón incandescente
alumbró los atardeceres.
El metal al rojo entraba en el agua
con un chasquido ronco,
dejaba un rastro de humo,
se templaba y se convertía en espada,
en las mejores espadas de Iberia,
en espadas con las que todos los poblados del valle
hicieron frente al invasor.

Durante años resonó por el somontano
la lucha contra el invasor.
Cada encuentro era una batalla a muerte.


Cuando los habitantes de La Oruña
supieron que su combate era inminente,
se encaminaron al Moncayo,
a la montaña mágica,
y en su seno, en medio del bosque
cuyos misterios conocían,
enterraron sus tesoros.
Después regresaron a la colina
dispuestos a morir
como hombres libres.


El cerro de La Oruña
se alza como un castillo
desde el que se controla el llano.
Aquí, en las noches de luna,
los celtíberos se reunían
y eran como lobos aullando
a los pies del Moncayo,
a los pies del hogar de los dioses,
a los pies del lugar de la magia.


El poblado
ofreció encarnizada resistencia
frente a las oleadas interminables
de legiones romanas.
La Oruña no se rindió.
Hombres y mujeres lucharon
con hondas, flechas, fuego,
con sus espadas hechas
con la entraña del monte.
Los romanos entraron en el pueblo,
combatieron calle por calle
y cuando murió el último habitante
quemaron las casas
y arrasaron el pequeño enclave
para borrar el rastro
de aquellos hombres que aullaban como lobos.


Ha quedado solo
el enigma siempre sin resolver de las piedras desmoronadas,
ha quedado solo una sombría capa de ceniza,
granos de cereal carbonizados
y el inextinguible eco de la violencia y la sangre
y unas sombras que se ocultan
en el monte sobrecogedor.

 

domingo, 31 de julio de 2011

IBOLCA



El pueblo está en lo alto de la loma,

dominando la campiña.

Y, a las afueras del pueblo,

junto a un campo de olivos,

hay unas ruinas.



A las afueras del pueblo,

tras unas tapias,

están los restos de la antigua ciudad.

De la ciudad-estado ibérica

capital de los Túrdulos.

Restos de calles, de viviendas, de silos,

las murallas, el templo,

perdidos entre los olivares.



Por un desangelado callejón

salgo del pueblo,

me adentro en la propiedad privada

y allí, en medio de los olivos,

está la ciudad que fue.

Restos de pavimento,

pedazos de columnas

y las sombras de los antiguos habitantes

vagando entre las ruinas y la maleza,

deshaciéndose lentamente, como las piedras,

como las piedras, filtrándose en la savia de los árboles,

penetrando en sus frutos,

transformándose después en aceite.



Y así, sin querer, sin saber,

generaciones posteriores

ignorantes de la existencia de estas sombras

comulgarán con su esencia,

se alimentarán con su polvo,

comerán sus cenizas.

A través de la pequeña aceituna

se comunicarán pasado y futuro

y esta ciudad será eterna.


Paseo entre los restos.

Hablo con los muertos.

Contemplo el trajín de los espectros.

Ánimas que se van desvaneciendo lentamente,

como las piedras.

Delgadas, lívidas,

aquí siguen, viendo cómo sus casas se borran,

aquí siguen, entre dos mundos,

muriendo un poco cada día

pero sin acabar de morir,

transformándose en sangre de insecto,

savia de hierba,

zumo de aceituna.


Al otro lado de las tapias,

al otro lado del callejón,

está el pueblo de los vivos.

Aquí, a pocos metros,

la ciudad de los muertos.

Por aquí transitan, lamentando

la injusticia del olvido,

gritando sin voz,

aguardando a alguien

que pueda comprender su idioma antiguo.

Idioma de primeros pobladores,

idioma de guerreros,

lenguaje de artistas primitivos,

de hombres que ensayaban la comunicación

con lo numinoso.


Recojo del suelo una oliva caída

y una piedra suelta del enlosado

y siento que en ambas late el mismo aliento,

el mismo afán por perpetuarse,

la misma lucha contra el paso del tiempo.

El fruto verde

y el fragmento blanco de hogar abandonado

son, aquí, lo mismo,

merced a este polvo de espectro

que flota en el aire

y se filtra en todas las cosas.

El polvo que, ahora, yo respiro

y me va comunicando con las piedras

y con este minúsculo fruto

que alguien comerá ignorando que realiza

un acto de comunión con lo remoto.