jueves, 12 de enero de 2012

PUIG-REIG


Hoy sólo quedan escasos vestigios,
unas pocas piedras,
de lo que fueran castillos de Guillem de Berguedá.


De su vida, quedan sus poesías
y lo que cuentan los Cancioneros.


El vizcondado de Berguedá dependía del condado de Cerdaña.


En el año 1131 aparece documentado
un vizconde Guillem de Berguedá,
con motivo de rendir homenaje
al ripollés Hug de Mataplana,
del cual tenía un feudo.


Poseía el vizconde varios castillos
y vivía en el de Puig-reig,
donde crecieron sus cuatro hijos:
Guillem, el primogénito,
Raimon, Berenguer y Bernat.


Hacia 1167 Guillem hijo tuvo conflictos con Pere de Berga
por los límites de sus respectivas tierras.
Como consecuencia, escribió varios sirventeses
en los que ridiculizaba e insultaba a su vecino
y lo presentaba como marido cornudo,
mientras que dedicaba a su esposa, Estefanía de Berga,
encendidos poemas de amor cortés,
aunque a ambos los llama “suegros”,
quizás haciendo referencia
a una relación habida con una hija de los señores de Berga.


Ya antes de 1175
el joven Guillem había cometido diversos delitos
por los que Alfonso II le había hecho encarcelar
en varias ocasiones,
según cuenta él mismo en algunos sirventeses.


En uno de ellos, Guillem, preso,
pide al monarca que lo libere
y le advierte que no preste oídos
a tres personajes que hablarán mal de él
porque los ha engañado con sus mujeres:
Pere de Berga, Ramon Folc y Guillem de Claramunt,
este último importante consejero del rey
del que el de Berguedá había sido amigo;
y que no se fíe tampoco de Ponç de Mataplana,
homosexual y embustero.
Guillem no se muestra humilde y arrepentido
sino orgulloso y exigente.


En el siglo XII, la afición por trovar,
por componer canciones, poesías con música,
se extiende por todos los grupos sociales:
clérigos y laicos,
mercaderes como Peire Vidal,
reyes como Alfonso II de Aragón,
señores feudales
como Bertran de Born o Hug de Mataplana,
cuyo castillo se convirtió
en una de las principales cortes trovadorescas de la época.


La dependencia feudal de los Berguedá
con respecto de los Mataplana
debía irritar a Guillem,
que dedicó a Ponç de Mataplana,
hermano menor de Hug,
varios sirventeses
en los que hacía escarnio de Ponç,
burlándose de su aspecto físico
y acusándolo de homosexualidad.
Guillem retrata a Ponç de Mataplana
como un personaje cómico, ridículo, grotesco,
con un brazo inútil y la boca desdentada,
de costumbres indignas,
cobarde, traidor y engañoso,
poco respetable.


Sin embargo, cuando murió Ponç
luchando contra los árabes,
Guillem le dedicó un sentido planto
en el que confesaba que cuanto había escrito contra él
era mentira.


Iba también en aumento la enemistad de Guillem
con Ramon Folc, vizconde de Cardona,
más rico y más importante que Guillem.


Éste había pretendido sin éxito
a Anglesa, hija de Ramon,
a la que dirigió apasionadas canciones de amor.
Quizás el de Cardona
se había opuesto a tales relaciones.


Guillem había insultado y humillado al vizconde
en varios sirventeses,
afirmando haber yacido con su mujer,
y Ramon con frecuencia había empleado contra el trovador
el gran poder que tenía en Cataluña
y su amistad con el rey Alfonso II,
sin otro resultado que hacer más virulentos
los ataques de Guillem.


El 3 de marzo de 1175 el trovador se encontró con Ramon
en Colltort, cerca de Sant Feliu de Pallerols,
y lo mató a traición.


Guillem, que era ya un hombre de unos cuarenta años,
tuvo que esconderse y huir de Cataluña
y fue desposeído por el rey del título de vizconde
que le correspondía como hijo mayor,
aunque heredó los dominios familiares:
cinco castillos con caballeros y vasallos
y las tierras correspondientes,
varias masías en el Berguedá,
feudos en la Cerdaña.


Era, pues, un rico señor feudal,
aunque nunca pudo disfrutar con tranquilidad de sus posesiones.


Durante siete años el trovador desapareció,
llevó vida de fugitivo,
sin amigos.


Sin amigos, por temor de éstos a posibles represalias
si ayudaban al huido,
y también por temor al mismo Guillem,
que no respetaba a esposas, hijas ni hermanas.


Incluso tuvo amores con la mujer de su hermano
a la que luego deshonró en sus poemas.


Sólo consevó la amistad de Arnau de Castellbó,
en cuya corte estuvo refugiado algún tiempo,
y ambos hombres se prestaron ayuda en varias ocasiones.


En sus años de fugitivo, el trovador
reunió y capitaneó a un pequeño grupo de guerreros
que actuaban fuera de la ley por el territorio catalán.


Guillem, oculto en los montes, llevó vida de bandolero
al frente de su facción de bandidos
con los que con frecuencia hostigó
a los habitantes de Cardona.


Seguido por sus hombres,
asaltó el monasterio de Olván
y raptó a una de sus monjas;
saqueó poblados,
aterrorizó a la región.


En 1182, sin embargo,
Guillem peregrinó a Compostela.


En 1184 vivió en Occitania,
visitó la corte aquitana de Ricardo Corazón de León
e hizo amistad con el trovador provenzal Bertran de Born.


Bertran, barón casi arruinado,
escribió sanguinarios sirventeses
sobre conflictos bélicos en los que se implicó,
viendo en la lucha una posibilidad de rehacer su patrimonio.


En un sirventés dirigido al señor de Bagá
se refiere a Guillem como “mi hermano”.
Y, en otro poema,
contó la animadversión existente
entre Guillem y el rey Alfonso II.


En 1185 Guillem hizo las paces con el monarca
e incluso en ocasiones figuró en su mesnada
junto con el trovador ripollés Ponç de la Guardia.


Guillem no se casó
ni tuvo descendencia reconocida.
En 1187 hizo testamento
y dejó parte de sus posesiones a la Orden del Temple
y el resto a sus hermanos.


En 1190 volvió a enemistarse con el rey,
a quien satiriza en un sirventés
dirigido a su amigo y protector Arnau de Castellbó,
a quien anuncia que se encamina,
en compañía del trovador occitano Aimeric de Peguilhan,
a buscar acogida
en la corte del rey castellano Alfonso VIII,
en ese momento aliado con el monarca de Navarra
contra Alfonso de Aragón.


Sin embargo, regresó en 1191
y se involucró en las luchas feudales
que tenían lugar en territorio catalán,
y sobre todo en los enfrentamientos
entre Arnau de Castellbó y el obispo de Urgel.


En sus sirventeses, con lenguaje crudo y obsceno,
Guillem atribuye al obispo Arnau de Preixens
violaciones de mujeres y de hombres,
le amenaza con emascularlo
y pide al arzobispo de Tarragona,
con el que, por otra parte,
tampoco se llevaba bien,
que deponga al eclesiástico de su cargo.


Con más de sesenta años,
cada vez más solo y perseguido,
en ningún momento abandonó el gusto por la disputa y la violencia,
sino que, al contrario, se fue mostrando
crecientemente amenazador.


Murió en el verano de 1196,
asesinado en un lance de taberna
por un soldado que seguramente cumplía la orden
de alguno de los muchos enemigos de Guillem,
quizás algún marido burlado,
quizás algún barón denigrado
por sus ácidos poemas.


La poesía formó parte importante de la vida de Guillem,
medio para expresar sus odios, sus iras,
sus enemistades, sus banderías,
su actitud de barón rebelde y belicoso.
Sus sirventeses son los más procaces, cáusticos y encarnizados
de la lírica occitana.
En ellos acumula burlas e injurias
contra altos personajes de su ambiente.
Son poemas sarcásticos, cínicos, ofensivos.


Los escritos de un hombre pendenciero y arrogante,
buen guerrero,
osado e indomable, violento y airado,
un hombre audaz, que se atrevía a todo,
que en todo era excesivo,
que no reconocía límites,
que no respetaba nada,
ni templos, ni familias, ni honores.




Un hombre de vida turbulenta,
abundante en reyertas y desórdenes,
un hombre que vivió en la prisión,
en el bosque,
en la corte real,
aficionado tanto a los duelos dialécticos
como a la lucha armada.


Caballero y proscrito, noble y bandido,
ingenioso trovador y sangriento asesino,
aventurero solitario y capitán de huestes,
enemigo implacable de casi todos,
amigo incondicional de Arnau de Castellbó.


Tras la muerte del trovador
los templarios se establecieron en el castillo de Puig-reig
donde crearon una nueva encomienda
desde la que gestionar sus posesiones en el Berguedá.

 

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