domingo, 16 de septiembre de 2012

MONTIZÓN




La toma del castillo de Eznavejor, en 1213,
puso fin a la Reconquista de esta comarca.


En 1214 Alfonso VIII donó las tierras a los caballeros de Santiago.


La Orden concedió gran importancia estratégica a estos lugares,
construyendo un nuevo castillo más al Sur,
con el nombre de Sant Yague de Montizón,
en el cual emplazaron la cabecera de la encomienda,
que primeramente habían instalado en Eznavejor,
el castillo más antiguo del Campo de Montiel.


Para reforzar la defensa de Montizón
edificaron varias torres en los alrededores,
de las cuales la de La Higuera se conserva en buen estado,
destacando sobre una loma cerca del arroyo Cañada Santa María.


***


Montizón se halla en las primeras estribaciones de Sierra Morena,
en el Campo de Montiel, a la entrada del Puerto de San Esteban.
A unos 9 kilómetros de Villamanrique
y a otro tanto de Torre de Juan Abad.


Controlaba el camino de La Mancha a Jaén.


Al Norte, a unos 6 kilómetros, están los restos de Eznavexore.
Al Noroeste, a unos 4 kilómetros, se alza la torre de La Higuera.


***


En Villamanrique, pregunto por dónde se va al castillo.
El hombre me dice que está lejos,
que si pasa algún coche le pida que me lleve.
Le digo que prefiero caminar.
“Si no tiene prisa”, responde dubitativo.
Me pregunta de dónde soy.

Echo a andar.
A mi paso ladra algún perro, y pájaros levantan el vuelo.
Se oyen gallos y vacas.
Comienzan las bifurcaciones.
Bifurcaciones sin señalizar. Me guío por la intuición.
Se intensifica el silencio. Y la soledad.
El camino se pierde en el horizonte.
Pienso en Don Quijote.


Se oyen los disparos y los gritos de los cazadores.
Me digo que sería un buen modo de morir:
De un disparo perdido en estas soledades inmensas.
He oído en el pueblo que cerca, en Fuentellana,
está cazando el rey en una finca de Samuel Flores;
ha llegado en helicóptero.
Quizás alguno de esos disparos es suyo.
La bala perdida podría ser suya.
Muerta por un rey. Ése sería un final digno.


En la lejanía se ven las torres de Xoray.
Un camino a la derecha conduce a la torre de La Higuera.

El castillo aparece en una hondonada.
Siento una gran alegría al verlo.
Pienso en Jorge Manrique recorriendo este mismo camino.


***


Montizón en la distancia destaca poco del entorno que lo rodea.


Está construido sobre una pequeña formación rocosa,
en una hoz del río Guadalén.
El río le sirve de foso natural,
justo debajo de la torre del homenaje,
que se levanta sobre roca viva junto al Guadalén.


***


Fue construido en el siglo XIII por don Pelayo Pérez Correa,
Maestre de la Orden de Caballería de Santiago.


La Orden de Santiago erigía un poderoso baluarte defensivo
al mismo tiempo que la Orden de Calatrava
hacia otro tanto en sus tierras,
donde edificaron el castillo de Calatrava la Nueva.
Así quedaban asegurados los territorios recién reconquistados.


En el siglo XV, sin embargo,
la fortaleza, perdida su función defensiva,
se convirtió en motivo de disputa
entre los Iranzo y los Manrique:


En 1458 moría Garcilaso de la Vega (tío-abuelo del escritor),
que era Comendador de Montizón.


El rey Enrique IV entregó la encomienda a Diego Cerezo,
medio hermano de Lucas de Iranzo,
en lugar de hacerlo a algún Manrique, familia del fallecido.


Los Manrique, ofendidos,
decidieron tomar la encomienda por la fuerza.
De 1464 a 1467, los Manrique
llevaron a cabo un largo asedio del castillo,
para lo cual construyeron otra fortificación
de la cual aún quedan algunos restos,
en el cercano cerro del Árbol del Ahorcado.


El joven capitán Jorge Manrique, caballero de Santiago,
participó en el cerco.


Era la primera vez que Jorge se ponía al frente de la milicia.
Tenía 24 años.


Su infancia había transcurrido
en otro lugar tan solitario como éste,
el castillo de Segura de la Sierra,
de donde era Comendador su padre.


Su madre, Mencía de Figueroa, era hija de Leonor Lasso de la Vega
y de Gómez Suárez de Figueroa,
y por lo tanto nieta de Lorenzo Suárez de Figueroa,
que también había sido Maestre de Santiago,
como el padre de Jorge, don Rodrigo.


Jorge Manrique, poeta y soldado,
fue nombrado Comendador de Montizón.


Realizó obras de reforma del castillo
y vivió en él con su esposa Guiomar,
con quien acababa de casar en Toledo.




En este lugar tan solitario, tan aislado,
escribió algunas de sus obras,
como el poema “Castillo de amor”:


La fortaleza nombrada
está en los altos alcores
de una cuesta,
sobre una peña tajada,
maciza toda de amores,
muy bien puesta,
y tiene dos baluartes
hacia el cabo que ha sentido
el olvidar,
y cerca a las otras partes,
un río mucho crecido
que es membrar.


El muro tiene de amor,
las almenas, de lealtad,
la barrera,
cual nunca tuvo amador
ni menos la voluntad
de tal manera;
la puerta, de un tal deseo
que, aunque esté del todo entrada
y encendida,
si presupongo que os veo,
luego la tengo cobrada
y socorrida.


Las cavas están cavadas
en medio de un corazón
muy leal,
y después todas chapadas
de servicios y afición
muy desigual;
de una fe firme la puente
levadiza, con cadena
de razón,
razón que nunca consiente
pasar hermosura ajena
ni afición.


Las ventanas son muy bellas,
y son de la condición
que dirá aquí:
que no pueda mirar de ellas
sin ver a vos en visión
delante mí.
Mas no visión que me espante,
pero póneme tal miedo
que no oso
deciros nada delante,
pensando ser tal denuedo
peligroso.


Mi pensamiento, que está
en una torre muy alta,
que es verdad,
sed cierta que no hará,
señora, ninguna falta
ni fealdad;
que ninguna hermosura
no puede tener en nada
ni buen gesto,
pensando en vuestra figura
que siempre tiene pensada
para esto.


Otra torre, que es ventura,
está del todo caída
a todas partes,
porque vuestra hermosura
la ha muy recio combatida
con mil artes,
con jamás no querer bien,
antes matar y herir
y desamar
un tal servidor, a quien
siempre debiera guarir
y defensar.


Tiene muchas provisiones
que son cuidados y males
y dolores,
angustias, fuertes pasiones
y penas muy desiguales
y temores,
que no pueden fallecer
aunque estuviese cercado
dos mil años,
ni menos entrar placer
a do hay tanto cuidado
y tantos daños.


En la torre de homenaje,
está puesto toda hora
un estandarte
que muestra, por vasallaje,
el nombre de su señora
a cada parte,
que comienza como Más
el nombre y como Valer
el apellido;
a la cual nunca jamás
yo podré desconocer
aunque he perdido.


En 1479 murió Jorge Manrique
durante el asalto al Castillo de Garcimuñoz.
Fue enterrado en el Monasterio de Uclés,
junto a su padre.




Volvieron entonces a surgir conflictos por la encomienda
entre el hijo del poeta, Luis Manrique,
y el Maestre Alonso de Cárdenas.
Tras muchas y complicadas peripecias jurídicas
finalmente el papa dio la razón a don Luis.


En el siglo XVI, los habitantes de las villas próximas
cuentan sobre el castillo para las Relaciones Topográficas:


«Junto al castillo pasa el río Guadalén,
que hace mucho ruido a su paso
porque se estrecha por dos serrezuelas,
y en una de estas serrezuelas,
sobre la piedra viva, está levantado el castillo,
y hay en él muchas armas viejas,
corseletes, yelmos, cabezas,
y ballestas de hierro que se arman con torno, y ballestas de palo,
y alabardas, arcabucillos pequeños,
una culebrina pequeña que está en una carretón,
dos escopetas grandes que ningún hombre puede manejar
si no están colocadas sobre algo que las sostenga,
muchos cascos de hierro y otras muchas armas,
y tiene una mazmorra grande».


En el año 1855, con la Desamortización,
el castillo y sus tierras fueron sacados a la venta.

Su comprador, el Marqués de Villamediana,
lo reformó para convertirlo en palacio y casa de labor.


Posteriormente el castillo ha tenido otros propietarios
y en la actualidad pertenece a la familia Flores,
en concreto a Manuela-Agustina López Flores,
madre del ganadero de reses bravas Samuel Flores.


El castillo conserva la muralla de la albacara,
en cuyo recinto todavía, como antaño,
se guarda ganado.


Junto al castillo se halla la vivienda
del guarda actual de la finca que circunda el castillo.


Desde el castillo se ven los dos pueblos,
Villamanrique y Torre de Juan Abad.
No muy distintos de cómo serían en la Edad Media.

Enfrente, Sierra Morena. La antigua frontera...


***


Cuando me alejo del castillo, llega el guarda.
Quizás estaba con los cazadores.
Al poco, veo salir humo de su chimenea.


En el camino de vuelta, me cruzo con un gran rebaño de ovejas.
El pastor me saluda.
El perro me ladra.

Me encuentro también con unos cazadores que van de retirada.
Ladran sus perros.


Luego, el camino. Y mi sombra.

Se me ocurre que quizás debería haber traído una linterna.
Puedo caerme.
Puedo perderme por estos campos sin señalizaciones.
Y la noche aquí, en estas interminables soledades,
será completamente oscura.
Oscura como eran las noches antes.
Las noches de los miedos ancestrales.
Las largas noches sin sendero ni horizonte ni refugio
ni rastro alguno de otro ser humano,
las noches de los ruidos indescifrables.
La noche auténtica, tan distinta de nuestras noches domesticadas.


Cuando llego a Villamanrique se está poniendo el sol
y la temperatura baja drásticamente.
Cierro los ojos y veo horizontes de colinas
y escucho cómo resuena en mi interior
el profundo silencio de los campos.

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