domingo, 20 de enero de 2013

CERRO DE SAN VICENTE




El cerro de San Vicente se encuentra
entre los municipios de Hinojosa y Real de San Vicente,
entre los ríos Alberche y Tiétar.


A los pies de la sierra se extiende el valle del Piélago,
y más allá los valles del Tiétar, el Alberche y el Tajo,
al sur los Montes de Toledo y al norte la Sierra de Gredos.


La subida al cerro de San Vicente es una cuesta sin descansos.
La carretera local trepa a fuerza de curvas.
Sólo pasa algún ciclista jadeante, que me saluda con la mano.


El camino asciende entre castaños,
dejando a los pies el amplio valle.


Hay abundantes fuentes en el valle
pero no en el trayecto de subida.
A falta de agua, a lo largo del ascenso
hay grandes moreras cargadas de frutos.
Moras gruesas y oscuras, a ambas orillas del camino.


Al llegar al Piélago, la ascensión no ha terminado.


Hay una explanada rodeada de pinos en lo alto de un collado.
De ella parte un sendero muy escarpado
que atraviesa la pinada hasta lo alto del monte.


Después aún hay que atravesar una explanada sin árboles
para llegar al vértice geodésico.


Y de pronto, al otro lado de la cumbre rocosa,
aparece la silueta de los escasos restos del castillo.


***


Los romanos llamaron a esta sierra Montes de Venus.


En ella se ocultó el caudillo Viriato
y desde aquí organizó sus guerrillas contra los invasores.


Tras la ocupación musulmana,
la Sierra de San Vicente fue reconquistada y repoblada
por hombres de la cercana Ávila;
buena parte de esta comarca perteneció hasta 1833
a la provincia de Ávila,
por lo que es una zona de raigambre castellanovieja.

Cueva


En lo alto del cerro de San Vicente,
entre los roquedales graníticos, hay una cueva.

Ermita


Es el lugar en el que, según la tradición,
se refugiaron hacia el año 303
los santos mártires Vicente y sus dos hermanas
huyendo de las persecuciones de Diocleciano,
organizadas desde Caesaróbriga (Talavera de la Reina).



Allí se encuentran también las ruinas de un eremitorio
fundado en época tardía, en el siglo XVII, sobre aquella cueva:



En 1663 Francisco de Randona creyó ver en la cueva
señales dejadas por los santos mártires,
y sobre la gruta erigió a sus expensas una pequeña ermita
en la que hizo vida de anacoreta junto con unos compañeros.

Convento


La duquesa de Pastrana tomó bajo su patrocinio esta fundación.



En 1689 los eremitas construyeron un convento en el valle próximo,
lo adscribieron a la orden del Carmelo,
como Convento de Santa María de los Ángeles del Piélago,
se instalaron en él y en él dieron sepultura al hermano Francisco.



Hoy el acceso a la cueva de los mártires,
una empinada y angosta escalera de 18 peldaños,
está obstruido por los hundimientos provocados por los pastores
para que sus animales no se despeñasen por el hueco.



Las “señales” de los mártires parecen ser
un cáliz y una cruz grabados sobre la pared izquierda,
delante de las cuales durante mucho tiempo
ardió permanentemente una lámpara.



Según descripción de un compañero del hermano Francisco,
la ermita estaba rodeada por una cerca, que se conserva en parte,
que protegía el jardín en el que los eremitas cultivaban
árboles frutales, parras, nogales y castaños.



Caídos al suelo, pueden verse aún las jambas y el dintel
de la puerta que cerraba el huerto.

Cerca del recinto había otras tres cuevas
a las que los ermitaños se retiraban para hacer oración.



***



A unos 500 metros de la cueva
se encuentran los escasos vestigios del castillo de San Vicente.


Unos cuantos escritos antiguos
atribuyen a la Orden del Temple la posesión del castillo.
Así, en las Relaciones de Felipe II, en 1578,
a la pregunta de si había restos de edificios antiguos
en la comarca de Castillo de Bayuela
(aún Hinojosa no se había independizado de esta villa),
los lugareños respondieron que «el castillo de San Vicente
fue monasterio de Templarios,
está en lugar que, de estar fortificado, fuera cosa inexpugnable,
tiene a los lados dos torreones caídos».

Castillo


Según el cronista local Matías Gómez de Morales,
el castillo fue de los moros,
y, tras la Reconquista, los templarios
instalaron en él una hacienda
dependiente del castillo-convento de Montalbán



Cuando el Temple fue disuelto,
el castillo, alejado de vías de comunicación principales,
quedó abandonado
y en el siglo XVI ya se encontraba en ruinas.



***



La primera visión del castillo impresiona
pese a que sólo quedan vestigios.
Apenas dos torres ruinosas y algún trozo de muro,
pero la aparición es espectacular.



Un espectáculo difícil de entender.
Un espectáculo en el que es tanto lo que se siente
como lo que se ve.
Se ven unas pocas y abandonadas ruinas,
pero se siente una presencia poderosa,
los muros, las almenas, se siguen recortando, invisibles,
contra el intenso azul del cielo.


Es un espectáculo para percibir el cual hay que preparar el espíritu.
Prepararlo para ver espectros, para oir voces del pasado.


Y entonces este lugar se transfigura,
se puebla con las múltiples presencias
que lo han habitado durante siglos:
mártires, ermitaños, monjes, soldados...


Estos campos sólo aparentemente están desiertos.
Para quien sabe ver, están poblados.


El lugar está defendido, además,
por un ejército numerosísimo y ruidoso de insectos voladores.


Insectos guardianes
que protegen el reducto sagrado.

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