viernes, 29 de noviembre de 2013

TOLEDO. Alcazar (II). El antiguo Museo del Asedio






Entre el 21 de julio y el 27 de septiembre de 1936,
el alcázar, ocupado por los sublevados,
fue sitiado por las milicias republicanas.

Estatua de Carlos I, derribada de su pedestal en uno de los  bombardeos

Resistieron en la fortaleza unos 1500 ocupantes:
800 miembros de la Guardia Civil,
unos cuantos cadetes de la Academia,
y unos 650 civiles (500 mujeres, 100 hombres, 50 niños).
Se hallaba al mando de la heterogénea guarnición
el Coronel José Moscardó Ituarte.



Cripta del Alcázar,
donde fueron enterrados los caídos durante el asedio
y donde tienen derecho a ser enterrados los supervivientes del mismo

Casi a comienzos del asedio,
tuvo lugar uno de los episodios más conocidos de la contienda,
la conversación telefónica que sostuvo el coronel Moscardó
con el jefe de las milicias populares que cercaban la fortificación
y el hijo del coronel, Luis, de 24 años de edad,
prisionero de las fuerzas republicanas.

Despacho de Moscardó

La línea telefónica del alcázar
estaba intervenida por los republicanos:
los sitiados no podían efectuar llamadas pero sí recibirlas,
y por ese medio el primer día de cerco
el coronel había sido conminado a rendir el alcázar,
a lo que él se había negado.


El 23 de julio, a las 10 de la mañana,
sonó el teléfono en el despacho de Moscardó.
Llamaba, desde la Diputación Provincial de Toledo,
el abogado Cándido Cabello,
que se identificó como jefe de las milicias toledanas.
El diálogo telefónico que tuvo lugar
en el despacho que ocupó el jefe del alcázar durante el asedio
fue el siguiente:


— Habla el jefe de las milicias populares.
— Aquí, el coronel Moscardó.
— Son ustedes responsables de todos los crímenes
que están ocurriendo.
Le doy diez minutos de plazo para que se rinda.
Si no lo hace, fusilaremos a su hijo Luis,
que es nuestro prisionero. ¿Me cree?
— Sí, le creo.
— Para que no lo dude, su hijo se va a poner al aparato.
— ¡Papá!
— ¿Cómo estás, hijo mío?
— Dicen que me van a fusilar si no te rindes.
— ¿Y tú que piensas?
— Que no te debes rendir, papá.
— No esperaba menos de ti, hijo mío.
Así pues, encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota.
— ¡Un beso muy fuerte, papá!
— ¡Un beso muy fuerte, hijo mío!
— ¿Qué decide?
— Puede usted ahorrase el plazo que me ha dado.
El Alcázar no se rinde.


El alcázar no se rindió y Luis fue fusilado.


El 28 de septiembre de 1936
las tropas del general Varela tomaron Toledo
y liberaron a los sitiados.


Placas conmemorativas,
colocadas en las inmediaciones del Alcázar en 1940
y retiradas en enero de 2010

Moscardó comunicó a Varela:
— Mi general, sin novedad en el Alcázar.



La veracidad de la conversación, y del suceso,
ha sido puesta en entredicho,
por su semejanza con la leyenda
de don Alonso Pérez de Guzmán, “Guzmán el Bueno”,
que, en el siglo XIII, durante el sitio de Tarifa por los árabes,
sacrificó la vida de su hijo,
arrojando su propio puñal al asesino.
Se ha dicho que el episodio del alcázar era una ficción
ideada por la propaganda franquista.


El historiador Hugh Thomas fue uno de los que inicialmente
afirmaron que esta historia era un mito.
Sin embargo, el 30 de Junio de 1960, Thomas publicaba
en la edición de Sevilla del periódico ABC (pág 23.):


«Ahora, tras una completa investigación
que incluye conversaciones con testigos presenciales,
he llegado a la conclusión de que me equivoqué,
y estoy convencido de que la conversación tuvo lugar.
Quiero presentar mis más sinceras excusas
a los miembros supervivientes de la familia Moscardó,
y sobre todo, a su viuda , doña María Moscardó».


Hubo, al parecer, testigos de la conversación
a ambos lados del hilo telefónico.
José Luis Fernández Cela, telefonista del alcázar,
escuchó las palabras de las dos partes.


No se conserva grabación o transcripción exacta
de las palabras que se cruzaron,
pero se han reconstruido a partir de los diferentes testimonios.
Las discrepancias entre las distintas declaraciones son menores,
y ninguna afecta al contenido.


En el último tercio del siglo XX
una grabación de ese diálogo, en varios idiomas,
ha sonado por megafonía en el despacho de Moscardó,
conservado tal como quedó tras el asedio,
y ha sido escuchado repetidamente por los visitantes,
de tal modo que llegó a formar
parte estrecha de la historia del alcázar.



Durante esos años, algunas dependencias del alcázar
acogieron una sección delegada del Museo Nacional del Ejército,
con una estancia dedicada a Museo del Asedio.



Se hallaban expuestos objetos diversos
que fueron utilizados en aquellos meses:


las Harley reconvertidas en molinos para moler el grano
con el que hacer pan,


las magras raciones de comida,
los libros atravesados por la metralla...



Eran visitables, conservados tal como habían sido durante el sitio,
los sótanos donde se refugió la guarnición,


y en particular la enfermería
(catres, camillas, instrumental de operaciones...)


En esas piezas se podía conocer
las condiciones de vida de un asedio,
las lóbregas condiciones de la vida en la guerra.


Ahí, en esos sombríos sótanos,
las generaciones que hemos visitado el alcázar en esas décadas
hemos aprendido, en un rato,
lo que era un asedio, lo que era una guerra.

Foto realizada en 1985 por el fotógrafo siciliano Ferdinando Scianna

Ese aprendizaje ya no será posible
porque la mayor parte de todo eso ha desaparecido
con la transformación del alcázar
en nuevo Museo del Ejército.


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