martes, 28 de agosto de 2012

ALCÁZAR DE SAN JUAN



La Orden de los Hospitalarios de San Juan
había nacido en Tierra Santa en la segunda mitad del siglo XI.
En 1115 la reina doña Urraca le cedió la aldea de Paradinas,
en Salamanca,
llamándola Santa Casa del Hospital de San Juan Bautista,
que está constituida en la Santa Ciudad de Jerusalén.
Pronto se irán creando en España los diversos prioratos,
el primero de los cuales va a ser el de Castilla y León,
fundado en 1135.

Todos estos prioratos quedarán englobados
bajo la autoridad de un Gran Comendador
de los cinco Reinos de España
(Castilla, León, Navarra, Aragón y Portugal),
que representará a los sanjuanistas hispanos
ante el Gran Maestre de la Orden.

En la segunda mitad del siglo XII
se advierten ya atisbos de militarización de la Orden
que pronto concretará su carácter caballeresco.
Sin abandonar a pobres y enfermos,
el Hospital asumió también funciones guerreras,
al igual que el Temple.

En 1162 Alfonso VIII le dona en La Mancha una serie de enclaves,
Criptana, Villajos,
y en 1183 el mismo monarca confió a la Orden
el castillo y villa de Consuegra,
que se convirtió en sede del Prior.
Muestra de la implantación de la Orden en tierras manchegas
son las poblaciones que todavía añaden en su topónimo
la referencia “de San Juan”.








***








Los musulmanes habían levantado en La Mancha
un importante bastión defensivo que llamaron “Al-kasar”,
que significa “palacio fortificado”.


En el siglo XIII la Orden de San Juan conquistó el alcázar musulmán
y Sancho IV autorizó al Gran Prior de Consuegra
la incorporación del palacio a sus tierras,
lindando con dominios de las Órdenes de Santiago y Calatrava.


Desde entonces se denominó a la villa
“Alcázar de Consuegra” o “Alcázar de San Juan”.


Entonces se construye el Torreón del Gran Prior
sobre la preexistente torre del alcázar musulmán.


Se completó su construcción,
como parte del palacio del Gran Prior de los Hospitalarios,
en el siglo XVII,
siendo Prior don Juan José de Austria,
hijo bastardo de Felipe IV.




***




Se ha creído que la villa de Alcázar pudo ser
el lugar de nacimiento de Miguel de Cervantes Saavedra.
Se basa esta creencia en el hallazgo en la Iglesia de Santa María
de la partida de bautismo
de un hijo de Blas Cervantes Saavedra y Catalina López,
por nombre Miguel.
En 1748 Blas Nasarre, bibliotecario mayor del reino y cervantista,
escribió al margen de dicha partida:
“Este fue el autor de la Historia de don Quixote”.


No obstante, mayoritariamente la crítica cervatina considera
que el verdadero Miguel de Cervantes
es el nacido en Alcalá de Henares,
ya que así lo afirmó el mismo autor del Quijote
en la Declaración de Argel de 1580.
Esto no evita que siga viva la tradición cervantina en Alcázar,
basada también en la existencia, hasta hace pocos años,
de la llamada “Casa de Cervantes”,
que fue derribada por su mal estado.


Otros estudios apuntan a que Alcázar de San Juan
era el famoso “lugar de la Mancha”.


Es tal el arraigo de una y otra creencia
que, durante la Guerra Civil Española,
se cambió el nombre de la localidad por el de “Alcázar de Cervantes”.




***




La economía local se basó, durante casi siglo y medio,
en el ferrocarril,
debido a que Alcázar era importante nudo ferroviario
que comunicaba Madrid con Levante y con Andalucía.


La transformación del tráfico ferroviario de viajeros,
tendente a la minimización de paradas y transbordos
y a la eliminación de la circulación nocturna,
así como la creación de las líneas de Alta Velocidad
Madrid-Andalucía y Madrid-Levante, que no pasan por Alcázar,
han supuesto una merma considerable
de la actividad de la estación de Alcázar.


Nudo de comunicaciones, la llaman.
Y todavía lo es, quizás ya por poco tiempo.
Por la estación de trenes de Alcázar
pasan constantemente convoyes de viajeros y de mercancías.
Aquí se realizan aún frecuentes transbordos.


Uno esperaría encontrar una estación acorde con su importancia.
Sin embargo, lo que encuentra parece sacado del pasado:
En una estación en la que, a lo largo del día,
numerosos viajeros se ven obligados a sufrir esperas
de una o varias horas,
no hay nada ni siquiera parecido a una cantina. Nada.
Un kiosko de periódicos
en el que puedes comprar un paquete de patatas fritas.
Una máquina de la que puedes sacar un bote de Coca-Cola.
Una desolada sala de espera escasamente iluminada
y con unos asientos metálicos
ideados para que nadie pase mucho rato sentado;
una sala de espera en una de cuyas paredes queda,
como recuerdo de tiempos mejores,
el hueco de lo que debió ser una chimenea,
sustituida ahora por una pequeña placa eléctrica
incapaz de calentar ese espacio grande y desangelado.
En un enclave caracterizado por las temperaturas extremas,
los andenes están a la intemperie,
a merced de las inclemencias del tiempo,
del implacable sol del verano y el punzante frío del invierno.
Para llegar a los distintos andenes
hay que bajar y subir, a cuestas con maletas y paquetes,
un buen número de empinados escalones.
A los andenes el sonido de la megafonía llega tan turbio
que te quedas allí confiando en que la confusa voz
que de vez en cuando intenta dar algún aviso
no haya dicho nada que te afecte.
En días festivos no hay personal al que poder formular una pregunta;
sólo esa voz incomprensible.
Tan incomprensible como la estación misma.








***








Pero La Mancha es así: anacrónica, incómoda.
Y fascinante, y mágica.


Atraviesan el término varios afluentes del Guadiana,
los ríos Cigüela, Záncara y Amarguillo,
todos ellos de caudal intermitente.


En el subsuelo hay agua subterránea,
conocida como Acuífero 23.










Y en las proximidades de la villa hay varias lagunas:










La de la Veguilla, la del Camino de Villafranca y la de Las Yeguas.










Habitadas por flamencos y garzas.








Y aquí está la magia. 








Aquí uno descubre que la ínsula Barataria no era un invento.






Está aquí, en la segunda laguna.






Solitaria. Aguardando un nuevo gobernador.














Y, algo más lejos, se encuentra la tercera laguna.














Bajo las blancas nubes que van cubriendo el cielo,
la laguna, de agua densa en sal,
se extiende como si fuera una lámina de mercurio,
casi sólida, inmóvil, reflejando el cielo bajo.








Hace viento, pero el agua no se mueve.












La rodea una extensa playa de extraño limo blando
en el que los pies se hunden.






Las aves caminan sobre la superficie del agua
dejando pequeñas huellas que se van desvaneciendo lentamente.


Es un lugar hechizado.




Hace años los habitantes de Alcázar
pretendieron desecar estas lagunas
para aprovechar la tierra.




Esa absurda pretensión, en un lugar rodeado de tierra interminable,
afortunadamente no se llevó a la práctica.


En el lugar sigue cerniéndose la magia
sobre las más misteriosas de las aguas.

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