jueves, 21 de febrero de 2013

MALAMONEDA (HONTANAR), I



Aunque es pronto, el aire ya no es fresco.
Hace demasiado calor para ser tan temprano.
Atravieso las calles dormidas de Navahermosa
y ya la primera cuesta, a la salida de la población, me resulta penosa.
El agua de la cantimplora no va a ser suficiente
para pasar todo el día.
He de andar mucho y el día se presenta agobiante.
Pero procuro sobreponerme y animarme
con la idea de que me encamino a un lugar fantástico.


Llego a Hontanar al mismo tiempo que la furgoneta del pan.
Recorro las pocas callecitas,
busco sin éxito algún sitio en el que comprar agua.
Continúo hacia Malamoneda.
Me cruzo con un ciclista que me saluda con aire de complicidad.
Compartimos en ese instante
la soledad del camino, el calor, el esfuerzo.


Tomo el desvío.
Un cuatro por cuatro con dos hombres pasa junto a mí.
Los hombres me saludan. Me observan con curiosidad.
El coche se aleja. Un rato después vuelve a pasar, de regreso.
Para a mi altura y el conductor me pregunta a dónde voy.
- A Malamoneda.
- ¡¿A la Torre?! ¿Vas a ir hasta allá andando?
Habérnoslo dicho y te habríamos acercado.
No sabíamos a dónde ibas.
- Yo tampoco sabía a dónde iban ustedes.
- ¿De dónde vienes?
- De Navahermosa.
- ¡Desde Navahermosa andando! Está muy lejos. Y con este calor.
¿Vas sola?
- Sí.
- ¡Qué valor!
El otro hombre asiente sonriendo y le dice a su compañero:
- La juventud...
Yo sonrío también. Me divierte su asombro. Les pregunto:
- Ya está cerca, ¿no?
- Aún queda un trecho. En realidad allí no hay nada.
- Sí, hombre.
- Bueno...


Tomo por el sendero que conduce a la Torre.
Paso junto a una pequeña chopera
y desde allí entreveo las ruinas del torreón.


Conforme me acerco, los perros empiezan a ladrar.
En algunos textos sobre el lugar he leído:
“Cuidado con los perros de Malamoneda”.
Avanzo, confiando en que resulte eficaz
el artilugio que llevo en la mochila;
dicen que emite ultrasonidos que hacen alejarse a los perros.


Cuando ya puedo ver las casas del despoblado
y estoy a punto de echar mano del supuesto ahuyentador,
un coche pasa junto a mí. Un viejo coche amarillo.
El conductor me saluda, me adelanta
y veo cómo se detiene junto a la torre.
Me siento contrariada. Esperaba estar sola.
Cuando llego, los perros, que han callado un instante,
vuelven a ladrar con furia.
El hombre sale de una casita que hay frente a la torre,
junto a un corral con gallinas, ovejas y cabras.


Resulta que no es un visitante sino el dueño de los perros.
Les hace callar y me espera, rodeado por ellos.
Es un hombre de mediana edad y piel oscura,
surcada por profundas arrugas.
Vuelve a saludarme
y me dice lo que dicen siempre los dueños de los perros:
- No hacen nada.
Son cinco o seis perros. Alguno está atado.
Hay uno grande que no ladra. Está suelto.
El hombre le acaricia la cabeza y me dice que está enfermo.
- Está enfermo desde que nació. No sé qué le pasa.
Mi madre y yo lo cuidamos pero nunca está bien.


Hablamos un poco sobre los perros y nos despedimos.
Me interno en el despoblado.
Ya no me acuerdo del calor.
He franqueado sin problemas la barrera de perros
y las tierras de Malamoneda se extienden expeditas ante mí.


***


Avanzo hacia el castillo.
Cuando llego junto al río Cedena me paro un momento,
y al poco veo acercarse al hombre.
Llega a mi altura, se detiene y volvemos a saludarnos.


Señalando el agua del arroyo, me informa:
- Este agua se puede beber.
Yo abrigo alguna duda, pero, después de todo,
llevo la cantimplora ya casi vacía,
así que la saco, me inclino y la relleno,
como si no hacerlo hubiera sido despreciar una invitación.
El hombre se agacha, bebe, se quita la gorra,
se moja la cabeza, se alisa el pelo abundantísimo
y vuelve a cubrirse.
Hablamos, a la sombra.


Es un hombre nervioso, pequeño y quemado por el sol.
Lleva una gorra roja, una camisa a cuadros,
un pantalón de lona azul y unas fuertes botas.
Me cuenta que trabaja en el Parque de Cabañeros.
Que hoy hace tanto calor que les han hecho salir del monte
por el alto peligro de incendio,
así que se ha venido a echarle un vistazo a los animales.
Me dice que no ha hecho tanto calor en todo el verano.


Me expone sus dudas sobre los beneficios
que le puede reportar al lugar
la reciente declaración del sitio como Bien de Interés Cultural.
- Mi hermano dice que sí, pero yo no sé:
ahora todo se ha complicado.
Me asegura que, pese a lo que diga el ayuntamiento,
estos terrenos son propiedad de su familia
y de unos cuantos más.
- Esto es nuestro.
Él y sus padres suben aquí todos los días
para dar de comer a los animales.
Me cuenta que su madre tiene una huerta junto al castillo,
me cuenta que en invierno pasan las tardes en la casita,
sentados junto al fuego.
Se lamenta de la situación de la ganadería y la agricultura.
Me cuenta que conoce estos terrenos mejor que nadie:
- He estado recorriendo esta tierra
casi desde que empecé a andar y me traía mi padre.
Entonces vivíamos en Hontanar.
Ahora estamos en Navahermosa,
pero seguimos viniendo todos los días.
Nada me gusta tanto como esto. Este sitio es la libertad.


- La libertad es lo más importante – me dice,
y estoy completamente de acuerdo con él.
Luego habla de la vida. De la soledad. De la compañía.
- ¿Has venido sola?
- Sí.
- ¿Por qué?
¿Qué puedo decirle?
He venido sola porque la libertad es lo más importante.


Le digo que me guío por mapas topográficos
y se muestra sorprendido:
- ¡Una mujer que entiende los mapas topográficos! – exclama.
Bueno, a mí no me parece que la topografía
tenga nada que ver con el género,
pero me limito a sonreir.
Se casó. Se divorció.
No cuenta mucho de su matrimonio,
pero da la impresión de que no fue una grata experiencia.
No va a volverse a casar. No va a volverse a enamorar.
- Ahora paso aquí todo el tiempo libre.
No hay lugar como éste. ¿Para qué voy a ir a otro sitio?
Sólo voy de vez en cuando a Talavera o a Toledo,
o como mucho a Madrid, a pasar una noche, a divertirme un poco.
Me resulta difícil imaginar a este hombre,
que parece formar parte de la tierra,
“divirtiéndose un poco” en Madrid.


De repente, me dice:
- Ven, te enseñaré la presa.
Camina de prisa y yo le sigo con alguna dificultad,
campo través, entre cardos y espinos.
Llevo sandalias y voy sintiendo pinchazos y arañazos en los pies.
Pero consigo sostener el ágil ritmo del hombre.


Me doy cuenta de que me estoy adentrando
en una tierra desconocida
guiada por un hombre desconocido.
Un hombre que no parece tener mucho contacto con la civilización.
Pero éste es un lugar encantado
y éste hombre primario bien podría ser
un antiguo guerrero reencarnado en pastor
para seguir protegiendo la posición.


De pronto aparece la presa, el agua refulge al sol
y es en verdad un lugar encantado,
de una belleza primitiva y ruda.
El hombre, señalándome el agua,
me dice que aquí puedo bañarme
y que estas grandes rocas sombreadas por los árboles
son un buen lugar para dormir la siesta.
Me habla de pesca y de caza.
Pone comida a ciervos y “jabalines” para luego cazarlos.
Sólo uno de vez en cuando, para comérselo.
Me pregunta si me gusta la caza. Nunca he cazado, le digo.
- Es algo que te hace sentir vivo.
La emoción de descubrir al animal en la noche.
La silueta del ciervo en lo alto de una loma.


La presa es un sitio espectacular. Un lugar de cuento.
Las rocas graníticas, la sombra de los árboles,
el agua tersa en la que de vez en cuando se oye un chapoteo.
El hombre me va señalando:
- Hay cangrejos, mira. Mira, una culebra. ¿Te gustan las culebras?
Yo estoy crecientemente hechizada por la belleza salvaje del lugar
y tengo ganas de quedarme sola.


Él parece leerme el pensamiento
y, sin despedirse, cruza con paso rápido
el estrecho dique de piedra que cierra la presa
y se aleja.


Al poco oigo el motor de un pequeño tractor.
Me quedo sola junto al agua.
Me siento en una roca
y paso largo rato contemplando el río remansado,
el sol y los árboles reflejándose en la superficie oscura,
el ir y venir de cangrejos, culebras, ranas, peces.


Después yo también cruzo la presa
como he visto hacer al hombre
y recorro la necrópolis, busco los restos del cenobio,
visito las cuatro paredes en ruinas del castillo.


El sol se filtra en las moles graníticas y el calor se intensifica.
Termino la cantimplora
y la relleno en el agua dudosamente potable.
Subo hasta lo alto del cerro rocoso
para localizar lo que fuera altar prehistórico.
Desde aquí se contempla la totalidad del enclave:
los dos despoblados, la torre y el castillo,
el río, la gran necrópolis, el corral, la huerta.
Y, al fondo, los montes.
La ladera de roca se puebla de fantasmas
salidos de las tumbas sin tapa:
los templarios asesinados mientras dormían.
Abandonan las fosas abiertas
por el último calor de su propia sangre
y vienen a hacerme compañía.


Cuando empiezo a descender, veo subir al hombre.
Viene a mi encuentro.
Nos saludamos una vez más,
nos detenemos bajo la sombra de un árbol
y retomamos la conversación. Antonio, se llama.


- ¿Has visto las lápidas? – me pregunta
- Bueno, sí. Pero no se lee nada.
Yo creía que había inscripciones legibles.
- Había. Pero alguien se las ha llevado.
Alguien debió venir una noche
con una radial y un grupo electrógeno
y se las ha llevado.
Se han llevado muchas cosas de aquí.
En la finca de Cantos Blancos hay muchas piedras de aquí.
Pese a los perros, hay quien nos roba animales.
No merece la pena dispararles. Te complicas la vida.
Mi padre quería darles caza,
pero le convencí de que no valía la pena. Te buscas la desgracia.


Me habla de caza furtiva
y de viejas querellas entre las gentes del pueblo,
resueltas con muertes.
Me habla de su trabajo en el Parque, de incendios forestales,
de la dificultad de apagar los fuegos,
de los incendios provocados para vender la madera,
de las muertes entre llamas.
Me habla de interminables conflictos de lindes y de herencias.
Me cuenta cosas de su padre y de su hermano,
anécdotas que giran en torno al uso de la fuerza física,
peleas, armas de fuego.
- Mi hermano pequeño no vive aquí. Yo sé llevar a mi padre. Él no.
Una tarde los dejé solos y cuando volví estaban peleándose.
“¿Le has perdido el respeto al padre?”, le pregunté.
Yo entiendo mejor a nuestro padre.
Aunque es mayor, sigue subiendo a los árboles
mejor que cualquier joven.
A mi hermano no le gusta esto. Sólo viene de vez en cuando.
Ha hecho mucho dinero.
No es muy alto, pero es el triple de ancho que yo. Es muy fuerte.
Puede darle una paliza a otro hombre sin descomponerse.
Él se ha ido. Yo me he quedado.


Saco la cantimplora para beber y me dice:
- Ya la tendrás vacía. Ven, vamos a rellenarla.
Ahora no te vayas andando al pueblo.
Cuando yo termine aquí te vienes conmigo. A eso de las nueve.


A eso de las nueve significa
que me voy a encontrar de noche en este lugar solitario
esperando a que este hombre desconocido
decida regresar al pueblo.
A pie ya no podré volver, a oscuras por el monte.
Bueno.
He asumido que Antonio es un viejo templario reencarnado,
así que no tengo nada que temer.


Le sigo. Bajamos a la presa.
- Aquí mismo.
- ¿Aquí? – pregunto con recelo, mirando el agua quieta.
- Sí, claro. Dame, yo te la lleno.
Se inclina,
aparta con la mano las hojitas que flotan en la superficie
y llena la cantimplora.
Yo estoy cada vez menos segura de la potabilidad de este agua,
pero bebo.
Seguimos hablando, sentados junto al río.
Antonio cambia constantemente de postura, remueve la tierra,
arranca briznas de hierba o pequeños trozos de corteza de un árbol,
se frota las manos en el pantalón.
De vez en cuando enciende un cigarrillo.


Me habla de las dificultades que conlleva
el empeño por seguir aquí, en este enclave solitario
en el que ha pasado toda su vida.
- Cada vez es más difícil mantener esto.
Criar animales no es rentable. Pierdes dinero. Malvendes.
Lo sigo haciendo porque me gusta y le gusta a mi padre,
pero no sé...
A veces pienso en abandonarlo todo.
Éste es el trabajo de toda la vida de mi padre y de toda mi vida,
pero a veces me entran ganas de dejarlo todo.
Cuidar de esto es luchar para nada.
- ¿Y qué harías?
- No sé. Algo relacionado con el turismo, quizá.
Pero las casas rurales en este sitio tan alejado de todo
no tienen mucho futuro, creo yo.
Y los que organizan rutas
en cuatro por cuatro o a caballo, toman el pelo a la gente...
No sé.


Yo no creo que abandone nunca este lugar. ¿A dónde iría?
Abandonar y marcharse definitivamente.
Le digo que sería una lástima y él me contesta, serio:
- A veces hay que cambiar la lástima por el valor.
“Cambiar la lástima por el valor”. Ése es un buen lema.


- ¿Has visto la valla y la escalera?
Hay una valla, sí, al final del cerro, una alta alambrada.
Me explica que las tierras del otro lado
son propiedad de un árabe,
- Quizás un familiar de Ben Laden;
quizás el mismo Ben Laden está escondido aquí – me dice.
Me cuenta que alguna vez él ha saltado la valla para cazar,
porque los mejores ciervos están al otro lado,
y que en una ocasión el guarda estuvo a punto de pillarlo,
que subió la escalera
con los mastines del guarda ya mordiéndole las botas.
- Se ha construido ahí cerca una ermita de las suyas.
- ¿Una mezquita? – pregunto.
- Eso.


Antonio permanece callado un momento, y me pregunta:
- ¿Te atreves a pasar?
- ¡Ah, no sé! Tú eres el que ha dicho que hay un guarda con mastines.
Antonio parece descartar la propuesta y habla de otra cosa,
pero de pronto se incorpora decidido y resuelve:
- Ven, vamos a pasar.
Yo le sigo. Caminamos de prisa, saltando de roca en roca.
Yo procuro que no se me note que me cuesta mantener su ritmo.
Llegamos junto a la escalera, él sube y yo le sigo.


Bajamos por el lado de la propiedad ajena
y nos adentramos por ésta en silencio.
Antonio me indica algo con la mano
y yo miro en la dirección que señala
y veo a unos cuantos ciervos que, al atardecer,
se acercan a beber al río.


Realmente, éste es un lugar de cuento de hadas.
Un lugar de cuento de hadas con príncipe árabe incluido.
Aquí estamos Antonio y yo, a la caída de la tarde,
invadiendo la propiedad de un misterioso árabe,
con la posibilidad de que en cualquier momento
aparezca el vigilante rodeado de perros de presa.
Caminamos por territorio peligroso.
Caminamos por la propiedad de un misterioso árabe,
protegida por guardas y mastines,
en busca de una oculta mezquita privada.
Los ciervos se nos acercan, para beber en el río.


El sol va perdiendo fuerza.
En estos momentos dependo de Antonio.
Ya se ha hecho tarde para volver a pie a Navahermosa.
Sin embargo, tengo la sensación
de que en este lugar no puede ocurrirme nada malo.
Y Antonio es un personaje extraño, pero no me da miedo.
Los antiguos guerreros que hace siglos recorrieron estas tierras
no serían muy diferentes de él.
Extiende la mano para ayudarme a subir por las rocas
y es un contacto amistoso.
Podríamos ser dos viejos camaradas, cubiertos de polvo,
haciendo una incursión al otro lado de la frontera,
en territorio árabe.
Como si hubiéramos retrocedido siglos.
Vestimos brillantes armaduras invisibles,
ceñimos invisibles espadas de oro.

Llegamos a un molino de agua transformado por el jeque árabe
en una especie de casita de caza.
Antonio me insta en boz baja a que me asome.
A través del cristal de la ventana, en la penumbra
se adivina una estancia bien amueblada. Se ven sillones y alfombras.
Un poco más allá, efectivamente, está la mezquita.


Antonio da por terminada la incursión y emprendemos el regreso.
Desandamos el camino.
Antonio se mueve con seguridad por aquel lugar que es “suyo”,
que es el lugar en el que ha crecido,
el lugar en el que ha conocido la soledad. Y la libertad.
Yo le sigo brincando como puedo por las rocas.
Ya fuera de la propiedad privada, me dice:
- Eres dura, ¿eh?
Se acerca al río, se arrodilla
y bebe directamente del agua sin emplear las manos.
Cuando se incorpora, me dice:
- Me gusta beber así, como los animales.
Nos encaminamos al despoblado.

Antonio sigue contándome cosas.
Le gusta hablar y pasa demasiadas horas solo.
Yo no digo casi nada. Él habla y habla.
- A veces se me hacen largos los días.
Paso todo el fin de semana aquí con mis padres,
sin hablar con nadie.
Por las noches volvemos a Navahermosa.
De pronto, se detiene y me dice:
- Voy a terminar. Aún me queda para un rato.
Tú no vengas a la casa.
Espérame en la chopera, dentro de una hora.


Se aleja camino de la cabaña.
Me pregunto por qué se muestra tan drástico,
por qué no quiere que entre en ella.
Quizá es sólo que la casita se halla en un estado poco presentable.


El sol está ya cerca de los montes
y el campo se está poblando de sombras.
Paso un rato más entre las tumbas
y luego me encamino sin prisa hacia el sendero,
confiando en que Antonio me recoja
antes de que la última claridad desaparezca.


***


Antonio es puntual.
Yo había esperado que en el coche vinieran sus padres,
porque todo el tiempo Antonio ha hablado
como si éstos estuvieran con él en la casa.
Pero llega solo y la casa queda a oscuras,
así que allí no debe de haber nadie.
Subo al coche sin hacer preguntas indiscretas.
Antonio lleva el pelo revuelto.
Sigue contándome cosas, con voz súbitamente ronca.
Me habla sobre una vez que lo detuvo la policía
por una cuestión de armamento ilegal que no acabo de entender.
Me dice que ahora prefiere no llevar armas,
“porque el que las lleva acaba usándolas”.
Me da el número de su móvil, por si necesito algo,
y me deja a la entrada del hotel.


Me ducho de prisa, no vaya a ser que se me haga tarde para cenar.
Me siento en la misma mesa que la noche anterior
y ya algún comensal me saluda
como si fuéramos viejos conocidos.
Estoy cansada pero me siento feliz,
ya no recuerdo el malestar con el que inicié el día,
el hechizo de Malamoneda continúa envolviéndome.
Mientras ceno, echo de menos a mi camarada,
que mañana volverá a hacer guardia en la frontera.

 

4 comentarios:

  1. Me he bañado muchas veces en ese río Cedena, rodeado de esas rocas tan mágicas. Desde pequeño he hecho excursiones allí, como tú andando. Conozco a la gente que todavía se mantiene en aquel lugar y me he emocionado leyendo tu crónica. Y tranquila he bebido muchas veces de aquel agua y nunca me ha sentado mal.
    Muchas gracias
    Otro caminante

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  2. Je, je; gracias. A mí tampoco me sentó mal. ¡Y además hacía tanto calor que tampoco era cuestión de hacer remilgos!

    Es un sitio fantástico; espero que se mantenga mucho tiempo como está ahora, y que nadie tenga la ocurrencia de organizar allí algún parquecito temático medieval, como ha ocurrido en otros lugares.

    Quizás nos encontremos en algún camino...

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  3. Lucía yo me habría muerto de miedo, menos mal que tu llevas una guerrera exploradora dentro.
    Me atrapó tu historia.

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  4. El lugar es tan fascinante que no se puede tener miedo. Basta con dejarse imbuir por la magia que lo envuelve.

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