lunes, 1 de octubre de 2012

RECÓPOLIS



En lo alto de un montículo,
a la orilla del Tajo,
fundaron los visigodos su ciudad.


Una ciudad para un rey.
Maldita desde el primer momento.
Algo salió mal.
Algo equivocó la elección.


Levantaron la ciudad amurallada
en el lugar más inclemente
y nunca nadie quiso habitar aquí.


Subo a lo alto del cerro,
paseo entre las casas desaparecidas
y comprendo que aquí hay algo maligno
que ahuyenta a los posibles moradores.
Aun ahora, siglos después
de que el recinto quedara desierto,
sigue sintiéndose una opresión fatídica
en el corazón.


El aire es denso, cuesta respirarlo,
el cielo no consigue ser azul,
el río se remansa, el agua se espesa,
en seguida se entiende
que en este sitio nadie podría vivir.


Paseando entre los escasos restos,
el espíritu se va sintiendo
presa de un miedo antiguo.
Antiguo como la tierra que piso,
como los polvorientos árboles de los alrededores.


Alguien, algo, había determinado
que éste no era un lugar para vivir
y los visigodos se equivocaron
al erigir en este sitio su ciudad.
De todos los lugares posibles,
éste es el enclave maldito,
el espacio vetado.
Aquí está prohibido vivir.


Un viento caliente va acumulando nubes
del mismo color que las piedras
y de pronto estalla la tormenta,
una terrible tormenta sin agua,
sólo viento, relámpagos, truenos,
un terrible despliegue
para asustar a cualquiera que intentase
vivir aquí.


Comprendo que no es una simple tormenta,
alguien ha detectado mi presencia
y me amenaza.


Llevo aquí demasiado rato,
le estoy irritando,
es su furia lo que está generando
esta violencia de la naturaleza.
El viento arranca las hojas de los árboles
y me llena de arena los ojos;
los truenos parecen
salir de la misma entraña del mundo,
parecen el bramido de la tierra
resquebrajándose.
Los relámpagos brillan cada vez más cerca de mí
como fuego a punto de aniquilarme.
Fuego remoto
despertado ahora nuevamente
por mi presencia en este sitio inhabitable.


La luz del sol se está desvaneciendo
cubierta por estas nubes como piedras
y sé que he de irme de aquí
como se fueron de aquí los visigodos
abandonando la ciudad recién hecha.


Rodeada por un cerco de relámpagos,
oprimida por un techo de nubes
que van cayendo sobre la tierra,
sé que he de irme.

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