martes, 15 de octubre de 2013

TOLEDO. Iglesia de San Miguel el Alto




Fue una de las parroquias latinas de Toledo,
es decir, una de las fundadas tras la reconquista de la ciudad
(a diferencia de las mozárabes,
que eran aquéllas cuya existencia se mantuvo
durante el periodo de dominación islámica
y que provenían de la época visigoda).
No hay constancia documental de la misma hasta 1174.


Puede que la iglesia fuera construida
sobre las ruinas de una mezquita,
de la que nada queda
salvo un arco de herradura y restos de un alfiz,
en lo que debió ser la entrada principal.
Quizás el patio de la iglesia
se corresponde con el patio de la mezquita
y la torre, exenta, con el alminar.

Puede que, a su vez, la mezquita
fuera levantada sobre un anterior monasterio visigodo.


Se cree que la iglesia, inicialmente,
fue capilla u oratorio de la hospedería
que se supone tuvieron los templarios
en las inmediaciones.


Tras la supresión del Temple,
la iglesia fue convertida en parroquia,
la casa-palacio donde los templarios tenían su sede
se transformó en viviendas.


No existen documentos que prueben
la relación de esta iglesia con el Temple
pero sí se conserva en su interior, en un capitel gótico,
un escudo templario que parece confirmar ese vínculo.


La iglesia debió llegar a tener gran importancia,
puesto que contó incluso con un claustro.


En el siglo XVII sufrió una remodelación casi total.
De la anterior edificación se conservó la torre mudéjar,
similar a las de Santo Tomé y San Román.


Desde esta torre los freires podrían vigilar
lo que ocurría en el alcázar
y lo que proviniera del exterior.
La iglesia se halla en una de las zonas altas de la ciudad,
próxima al alcázar y en línea con el castillo de San Servando.


Presenta una singularidad, su cobertizo,
sobre el que se asienta la capilla mayor.


Es una estructura propia de los conventos toledanos,
pero inusual en una iglesia.


Parece que sirvió de comunicación
entre el templo y la hospedería.


Desde 1842, año en que la iglesia dejó de tener culto,
sufrió un progresivo abandono y deterioro.


En 1936 fue objeto de actos vandálicos.
Los milicianos entraron en el templo,
destrozaron a hachazos las estatuas,
profanaron las sepulturas, esparcieron los restos humanos,
colocaron las calaveras en las repisas del altar...


En los años 40 se derribó su claustro
para levantar una escuela parroquial.


En los años 50 fue restaurada,
tras lo cual fue reabierta al culto,
como filial de la parroquia de San Justo.


Hoy el templo es sede del Gremio de los Hortelanos.


***


En la misma calle de San Miguel,
enfrente de la entrada principal de la iglesia,
se halla la llamada “Casa del Duende”,
en la que, según la leyenda, se reunían
adivinos, hechiceros y brujas,
y quizás también cabalistas hebreos y alquimistas árabes.


En ella se encuentran las Cuevas de San Miguel,
que dicen que se extienden hasta los subterráneos de la iglesia
y de las casas contiguas,
y quizás hasta el río.


Sus laberínticas galerías parecen
talladas por la mano del hombre en el duro gneis.
No hay restos que faciliten su datación.


Quizás fueron un templo prehistórico,
usado después como parte del sistema hidráulico romano.
Se dice que pudieron alojar unas catacumbas cristianas
y también unas mazmorras
en las que habría estado confinada Santa Leocadia,
patrona de Toledo.
Tal vez fueron empleadas en la Edad Media como lugar de reunión
y posteriormente fueron cegadas
y más tarde recuperadas como almacén y bodega.


En las cercanías, en grutas hoy desaparecidas,
Alfonso X depositó los restos mortales del rey visigodo Wamba.


Hay en las cuevas tinajas para el vino,
en una de las cuales, a mediados del siglo XX,
el pintor Guerrero Malagón pintó la cara de su hija Carmencita.


La tinaja se encuentra en la “Cueva del Candil”,
así llamada porque en la década de los 70
allí se reunía una sociedad llamada del Candil,
un grupo de intelectuales y artistas
entre los que se hallaba dicho pintor.


En este barrio, en torno a la plazuela del Seco,
hay calles llamadas del Infierno y del Diablo.


Por supuesto, existen leyendas que aseguran
que en estas cuevas los templarios
llevaban a cabo ritos de iniciación
y guardaban tesoros traídos de Tierra Santa
(quizás la Mesa de Salomón)
y que aquí se han encontrado cadáveres
y que por sus alrededores vagan cortejos de ánimas.
Las cuevas serían un lugar de meditación mística
al que el caballero bajaba a morir y renacer,
a establecer sintonía con Dios.


Hoy las cuevas se hallan en el interior de una casa particular.


***


José Amador de los Ríos en el siglo XIX
estudió la manzana aledaña a la iglesia.


Llegó a la conclusión de que aquel gran solar
había sido la Casa-palacio del Temple.


En la última década del siglo XX,
con la restauración de las casas de la manzana,
se descubrió, en el callejón de la Soledad número 2,
parte del palacio.


El enclave templario anteriormente
había sido una casa islámica del siglo XI.


Así se deduce de sus artesonados y sus yeserías,
vigas talladas con leyendas arábigas,
decoración moruna, arcos de herradura.


Los epígrafes en árabe en las tabicas dicen
“ALMLK LLH” (“el poder de dios”) y “BRKH” (“bendición”).


Entre los escombros de una sala
se han hallado monedas fechadas entre 1109 y 1114.


La Casa de los Templarios ha sido restaurada parcialmente
por sus propietarios.


Algunos salones han sido habilitados
como restaurante “El Palacete”,
junto a la plaza del Seco.


En la plaza hay algunas cruces templarias en las fachadas.


***


El hospital de peregrinos pudo estar
en el desaparecido Palacio de la Parra.


En dicho palacio apareció en 1845
la conocida como “botica de los templarios”,
una alacena mudéjar, de madera,
hallazgo que refiere José Amador de los Ríos en su libro
Toledo pintoresca o Descripción de sus más célebres monumentos.


La alacena fue vendida al South Kensington Museum
(el actual Victoria and Albert Museum, de Londres).


La compra la efectuó para el museo
don Juan Facundo Riaño,
catedrático de Bellas Artes en la Escuela Superior de Diplomática.


El señor Riaño fue desde 1870 y durante años
consejero del South Kensington,
y actuó como “ojeador” para nutrir sus colecciones españolas,
entregando al museo informes mensuales
sobre objetos artísticos españoles
que pudieran ser adquiridos y llevados a Inglaterra,
colaborando así en el expolio.
El coste de la alacena fue de 500 pesetas.
El Museo Arqueológico Nacional quiso evitar el traslado a Londres
pero no pudo adquirirla por no disponer de fondos.


Hoy de la Casa de la Parra no queda casi ninguno de los elementos
que José Amador de los Ríos y Sixto Ramón Parro
describieron en sus trabajos de investigación:
arcos de herradura, mocárabes, alfarjes decorados, yeserías…


Se conservan algunos canecillos y alfarjías
y una armadura de par y nudillo
que, debido a que se encontraba en la parte más alta del edificio,
por su difícil acceso, no se expolió.


Entre las ruinas quedó la obra de fábrica donde se alojaba la alacena,
arco de ladrillo y hueco que se conservaron
e integraron en la nueva edificación.


En 2003 la Escuela Taller rehabilitó los restos de la casa:
el artesonado del salón noble,
fechado entre finales del siglo XIV y principios del XV.


***


Poco más queda del llamado barrio de los templarios.


Una iglesia muy reformada.
Un claustro desaparecido.


Unos subterráneos.
Un palacio convertido en restaurante.


El artesonado de una casa destruida.
Una alacena en Londres...


Y leyendas. Y sombras por las noches.

No hay comentarios:

Publicar un comentario