domingo, 19 de enero de 2014

LA SILLA DE FELIPE II




Hay, cerca de El Escorial,
una finca boscosa llamada La Herrería.

El bosque de La Herrería era llamado antiguamente
dehesa de las Ferrerías de Fuentelámparas.
Fue la primera finca que Felipe II adquirió, en 1562,
en su objetivo de constituir un amplio territorio de realengo
en torno al monasterio de El Escorial.

Alguna teoría afirma que el término “Escorial”
provendría del vocablo “escouro”,
y significaría “lugar oscuro”, bosque profundo.
Desde hace muchos siglos, en estos bosques
se han venido registrando apariciones,
interpretadas después como marianas.

El bosque linda con la finca de Los Ermitaños
(llamada así a causa de los eremitas que habitaron sus cuevas),
en las laderas de las dos montañas conocidas como las Machotas.
El bosque se sitúa en la Machota Primera o Machota Alta,
también llamada Pico del Fraile,
debido a que la forma de la roca que lo corona
evoca a un fraile con hábito.

En medio del bosque se encuentra el llamado “Canto Gordo”,
y en él la conocida popular y oficialmente
como Silla de Felipe II.

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En las cercanías de la “Silla” está la ermita de la Virgen de Gracia,
lugar de peregrinación durante la Romería de Gracia,
considerada la más importante de la región.

Junto a la ermita la gente deja el coche;
en el entorno hay mesas para pic-nic,
bancos y columpios.
De la ermita parte una senda señalizada,
que en algunos tramos es carretera.
En una media hora se llega a la explanada
donde se encuentra la “Silla”.
En la misma explanada hay un merendero.


También se puede subir en coche
hasta la misma “Silla”,
junto a la cual hay un pequeño aparcamiento.

Todo demasiado controlado, amansado,
enfocado al turismo.

*** 


El “Canto Gordo” es una gran piedra granítica
con una plataforma tallada sobre ella,
unos escalones de acceso
y tres asientos, también labrados en la roca,
que se orientan hacia el Monte Abantos,
a cuyos pies se levanta el monasterio de El Escorial.

*** 


El Monte Abantos siempre ha sido considerado un enclave sagrado,
un lugar de intensas energías telúricas,
cuya base eligió Felipe II para construir su gran proyecto.

Tal vez el Monte Abantos ya formó parte
de un amplio complejo sacro prerromano y romano.

***



La tradición dice que esos asientos tallados en el “Canto Gordo”
fueron hechos hacer por Felipe II como observatorio,
para controlar desde allí
el avance de las obras del monasterio de El Escorial (1563-1584).

Esta atalaya denominada “Silla” de Felipe II
se encuentra a 2 ó 3 kilómetros al sur de El Escorial.
Un mirador con un trono.

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Sin embargo, en 1999 la profesora Alicia Canto
negó la veracidad de esa tradición,
por razones que “saltan a la vista simplemente visitando el sitio”.


En primer lugar, está el hecho de la lejanía:
La visión del monasterio desde la “Silla” es remota
y con perspectiva rasante,
y aquello de que el rey pudiera desde ella
“vigilar el trabajo de los obreros sin ser visto por éstos”,
como algún autor escribió,
es imposible y absurdo.
Desde la “Silla” sólo se obtiene una panorámica general
que no permite apreciar posibles problemas o defectos.
No tiene sentido que el rey se alejase varios kilómetros
cuando podía ver las obras desde mucho más cerca.
Existen muchos puntos más próximos al monasterio
y en posición dominante.

El Escorial desde Abantos

Lo lógico es que, cuando quisiera observar la marcha de las obras,
el rey subiese a Abantos,
altura mucho más cercana y casi a pico sobre el edificio,
como se puede apreciar por el ángulo elegido
para casi todas las láminas antiguas que existen del monasterio.

El Escorial desde Abantos

Además, los supuestos asientos son pequeños, incómodos
y de disposición extraña.
El rey podría haberse hecho labrar una silla más adecuada,
máxime teniendo en cuenta el tipo de ropa de la época.

Además, funcionalmente
una escalera de piedra de poca alzada no es práctica;
habría costado mucho menos trabajo y tiempo
hacerla de postes de madera.

Además, no existe prueba alguna
de que Felipe II estuviese en “Canto Gordo”,
y en la documentación sobre El Escorial
no hay una sola referencia a la “Silla”.

El rey seguro que iría al bosque de La Herrería,
pero a cazar o a pasear.

Según Alicia Canto, pues, la leyenda de la “Silla” de Felipe II
no tiene ningún fundamento.

Felipe II jamás se sentó en la “Silla” de “Canto Gordo”
para supervisar las obras del monasterio.


Para Alicia Canto, la “Silla” fue en realidad
un santuario rupestre, un altar vetón
(pueblo prerromano de cultura celta
que habitó el oeste de la Península Ibérica).

Como indicios que así lo sugieren, apunta la profesora
la presencia en la zona de algunos elementos:
un circo montañoso, abundancia de manantiales,
robledales, setas alucinógenas,
atracción de rayos por magnetismo férrico...
Un bosque mágico.

La idea de la profesora Canto fue acogida por algunos
como de puro sentido común y mera lógica,
aunque a nadie se le hubiera ocurrido anteriormente.

*** 


La “Silla” sería un lugar sagrado, similar a otros altares escalonados,
vetones y de otros pueblos prerromanos
(como los altares vetones
de Castro Ulaca -Solosancho-,
El Raso -Candeleda-
y Umbo - La Nava del Barco-,
los tres en la provincia de Ávila,
o el de la Pedriza).
Aras con escalinata labrada en una gran piedra,
y con cubetas y canales,
bien en la misma roca, bien en un lugar próximo.

La “Silla” sería un altar pétreo dedicado a alguna divinidad indígena.
Tal vez Teutates, dios céltico de la guerra
(no lejos hay un ara romana consagrada a Marte),
al que se ofrecerían en el lugar sacrificios rituales.

Altar con el que estaría relacionada una cercana piedra caballera,
en milagroso equilibrio milenario.
La piedra es lo que en realidad preside la explanada central.
En la actualidad no es más que una curiosidad geológica,
pero los antiguos podían ver en ella una señal sagrada,
una manifestación del dios que habitaba en la cima.


Felipe II puso su monasterio bajo la advocación
del primer mártir hispano, San Lorenzo,
y eligió el día de San Jorge, santo guerrero,
para colocar la primera piedra del monasterio,
el 23 de abril de 1563.
Quizás ya, mucho antes, estos montes
habían sido lugar de ofrendas y oraciones,
un lugar consagrado a una divinidad.

Antes de elegir el emplazamiento para construir el monasterio,
el rey envió una comisión
para inspeccionar determinados enclaves “especiales”
(uno de los desechados fue el entorno de los Toros de Guisando).

Juan de Herrera,
que más tarde sustituirá en los trabajos de El Escorial
a su maestro Juan Bautista de Toledo
y que además de arquitecto era cosmógrafo y esoterista
(interés que le unía a Felipe II),
formó parte de esa comisión.

Cabe preguntarse si el rey sabía
que en estos lugares hubo antiguos santuarios.

*** 


En 2002, otro arqueólogo, Jesús Jiménez,
rebatía la hipótesis de Alicia Canto
y afirmaba que la talla de “Canto Gordo”
no era ni un altar prerromano
ni un asiento labrado para Felipe II,
sino una falsificación del siglo XIX,
y por tanto jamás visitada por el rey.


Jesús Jiménez mantiene que la supuesta “Silla” de “Cerro Gordo”
es una recreación arqueológica del sigo XIX.


Según Jiménez, las fábricas románticas de este tipo,
fabulaciones históricas en las que se mezclan mito y realidad,
eran frecuentes en el XIX.


Para refutar que se trate de la “Silla de Felipe II”
se basa el arqueólogo en que no hay ninguna mención documental
hasta la recopilación cartográfica de Francisco Coello en 1849.
En una vertiente de la peña figura grabada la fecha de 1867,
que podría ser el año en que se efectuaron retoques en los trabajos.

Para rechazar que se trate de un ara vetona
argumenta Jiménez que existe otro altar muy cercano
y que la existencia de dos peñas sacras tan próximas
(a una distancia de unos 7 kilómetros)
es arqueológicamente inverosímil.

El otro altar, al que hace referencia Jesús Jiménez,
es el de Canto Castrejón,
que dispone de cazoletas y canales de desagüe
(para recoger la sangre de los sacrificios)
y oquedades para disponer sustancias ceremoniales,
al contrario de lo que ocurre en “Canto Gordo”.

Ambos conjuntos están constituidos
por plataformas en lo alto de grandes bloques de granito,
a las que se accede por escalones de piedra
y en las que hay labrados unos “asientos”.
Pero el de “Canto Gordo” sería una especie de “copia”.

***
Canto Castrejón
 


La peña del Canto Castrejón
se halla en una zona con bastantes restos arqueológicos
(muchos de ellos poco estudiados, muchos de ellos destruidos).


Se encuentra en la finca de Radas del Tercio,
en mitad de las antiguas dehesas de Campillo y Monesterio,
unas tierras ubicadas en el mismo término municipal de El Escorial,
que fueron Reales Sitios desde la época de los Reyes Católicos,
terreno de caza de los reyes (que lo preferían a La Herrería)
y que ahora son propiedad privada.


Alicia Canto ya había visitado el enclave en 1993,
pero no se tenía conocimiento general de su existencia
ni se daba al paraje consideración de lugar sacro
hasta que en 1996 Jesús Jiménez lo investigó
cuando hacía una prospección del terreno
para la Comunidad de Madrid.


Es un berrocal granítico
desde el cual se tiene buena visión del monasterio.


El Canto de Castrejón fue un lugar sacro de los vetones,
pero en tiempos de Felipe II empezó a utilizarse como otero de caza,
pues es la altura más elevada del entorno inmediato.


En una de las rocas hay tres inscripciones esculpidas
que dejan constancia de que a lo largo de los siglos
los monarcas estuvieron allí:
Un epígrafe indica que en este otero se inició en la caza Felipe III:
«En 1.588 a 22 de abril
tiró en esta peña el primer arcabuzazo
el príncipe D. Felipe III de este nombre,
siendo de edad de 10 años y 6 días,
en presencia de la Majestad del Rey N. Sr., su padre,
y de la Serma. Infanta Doña Isabel, su hermana».
Otro recuerda a Carlos IV:
«En el feliz reinado de Carlos IV
se renovó esta inscripción a 17 de mayo de 1.803».
Un tercero, de 1853 o 1855 (la fecha no se ve bien),
documenta la presencia de Isabel II.


La reina, en los últimos años de su reinado,
vendió estas dehesas
y su vinculación a la realeza se fue olvidando.

*** 


En cambio, la “Silla” de Felipe II cobró popularidad
gracias al cuadro del pintor Luis Álvarez Catalá
“La silla de Felipe II en El Escorial”.

En 1889 el artista recogió la historia
(forjada, según Jiménez, ese mismo siglo)
y pintó al óleo una escena
en la que Felipe II, junto al arquitecto Juan de Herrera,
contempla el monasterio desde “Canto Gordo”.
El lienzo fue premiado en la Exposición Universal de París de ese año
y pasó por Madrid en la Exposición Nacional de 1890.


En este cuadro se puede apreciar un estado de la “Silla”
distinto del actual,
aunque ya estaba retocada hacía poco, en 1867.


En 1925 la escena fue impresa
en el reverso de los billetes de 100 pesetas,
que estuvieron en circulación hasta 1939.

Cuadro y billete consolidaron para siempre
la leyenda de la “Silla del Rey”.

*** 


En cualquier caso, en dibujos y fotos antiguas,
se ve que a comienzos del siglo XX
el conjunto de “Canto Gordo” presentaba un aspecto
vetusto y desgastado.

Los sucesivos acondicionamientos del lugar y retoques del granito
para su aprovechamiento turístico
le han quitado esa pátina, y parece nuevo.


Además, en el acceso a la “Silla” hay unos monolitos
de factura reciente.

El enclave, santuario, silla o falsificación,
se ha convertido en espacio de entretenimiento
para domingueros.
Un lugar donde aparcar el coche y comer.

***



En la sierra de Madrid hay puntos de gran importancia telúrica.

Se ha llegado a decir que en El Escorial se hallaba
una de las Siete Puertas del Infierno,
una de las supuestas vías de comunicación con el inframundo.

Se dice que el paraje de la “Silla”
pudiera ser un punto de cruce de las llamada Líneas Ley.

Las Líneas Ley son supuestas alineaciones
de varios lugares de interés geográfico e histórico,
enclaves naturales o antiguos monumentos.

Alfred Watkins, arqueólogo aficionado de comienzos del XX,
acuñó el término “Ley Lines”
a partir del hecho de que los lugares por donde pasaban estas líneas
tenían a menudo nombres que acababan en -ley, -ly o -leigh,
que en el anglosajón antiguo significa “prado”.

Según Watkins, estas alineaciones
fueron creadas en tiempos neolíticos,
para facilitar los desplazamientos
con arreglo a observaciones astronómicas,
y habrían persistido en el paisaje durante milenios.

Esta teoría fue rechazada por la arqueología oficial
como divagaciones de un fantasioso,
argumentando que los antiguos pueblos
carecían de los conocimientos suficientes.

En 1969, el escritor John Michell recuperó la expresión,
asociándola con teorías espirituales
sobre la existencia de redes místicas
relacionadas con la Geometría y la Arquitectura sagradas.
Vías de comunicación con otros planos de la realidad.
Líneas de Poder que encauzan la energía del Cosmos,
que señalan la existencia de corrientes telúricas.
Canales que conectan al hombre con la divinidad.
Los puntos focales o vórtices (vortex point)
serían las intersecciones de las Líneas Ley.

(Ambas versiones de la teoría han sido criticadas
con el argumento de que la distribución aleatoria de puntos
inevitablemente crea aparentes “alineamientos”,
pura casualidad).

Según la teoría de Michell, esa energía convierte algunos parajes
en enclaves especiales, sagrados,
que el hombre reconoció y transformó
en centros rituales y ceremoniales
donde dar cauce a esas manifestaciones
y comunicarse con las entidades espirituales.
La fuerza universal (Dios, el Espíritu,...)
viaja a través de esas líneas;
los templos antiguos fueron construidos sobre esos puntos.


¿Era “Canto Gordo” uno de esos puntos?
Quizás...
Pero hoy hay ruido de motores, ajetreo de chiringuito,
accesos asfaltados...
Miles las personas suben hasta allí
y se sientan en la supuesta silla.

¿Se pueden desactivar,
a fuerza de acudir a ellos sin la actitud adecuada,
lugares que en el pasado estuvieron cargados de energía?
Seguramente sí.

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