jueves, 16 de julio de 2015

BURGOS. Catedral. Capilla de la Visitación



En la catedral de Burgos, en la Capilla de la Visitación,
fue enterrado su benefactor, don Alfonso de Cartagena,
hijo de don Pablo de Santa María.


ALFONSO DE CARTAGENA


«Don Alfonso Cartagena, hijo legítimo de D. Pablo de Santa María, nació en Búrgos el año de 1381, y no el de 1396, como sientan algunos con poco fundamento. Heredero de su padre en la carne y en el espíritu, no solo siguió sus huellas en el negocio importante de su conversión á la fe católica, sino que le imitó también en el amor á la sabiduría y en la vocación al Sacerdocio. Aplicado á todo género de lectura se decidió por el estudio de los libros sagrados, y por el de la historia y jurisprudencia, en que se hizo famoso.


No tenia veinte años aun quando se buscaba su dictamen; y quando, si no se le hubiera visto resuelto á consagrarse al Santuario, se le hubiera conferido un alto puesto en la Magistratura: en cambio se le recomendó de orden del Rey á la Santa Sede, y obtuvo con un Canonicato de la Catedral de Búrgos los Deanatos de Segovia y de Compostela.


Sin embargo de que en aquellos tiempos se miraba con harta indiferencia la incompatibilidad de Beneficios, D. Alfonso renunció el Deanato de Segovia, y pasó á recibir el de Santiago. Tardó poco en conocerse en aquella Iglesia su grande ilustración: fiáronsele negocios graves que había pendientes en ella; y el Cabildo quedó tan satisfecho de su desempeño, que en recompensa envió una comisión particular al Rey, sin otro objeto que el de recomendar su mérito.


No era el ánimo del Cabildo de Santiago que se premiase á D. Alfonso fuera de su Iglesia; pero S. M., que ya contaba con este eminente sugeto para asuntos de mucha importancia, le envió con uno á Lisboa, y después al Concilio de Basilea en calidad de Consultor del Conde de Cifuentes D. Juan de Silva, Embaxador nombrado para asistir en aquella sagrada Junta. La Religión y la España no olvidarán jamas lo que Don Alfonso trabajó en honor suyo en este Concilio. No omitió fatiga para cortar el cisma que habían levantado en la Iglesia algunos Cardenales, deponiendo al Papa Eugenio IV de la Silla Apostólica, y colocando en ella á Félix V, ó Amadeo de Saboya; y sufrió contradicciones violentas para asegurar al Rey de Castilla la preferencia de asiento que en la Cámara Pontificia le disputaba el de Inglaterra, y asimismo para hacer que se declarase que correspondía á Castilla y no á Portugal la conquista de las Islas Canarias.


Durante su mansión en Basilea fué nombrado D. Alfonso Embaxador al Emperador de Alemania Alberto, á la sazón que este estaba metido en una guerra sangrienta con el Rey de Polonia: ninguna mediación había podido acordar las pretensiones de ambos Príncipes: trató no obstante de hacerlo D. Alfonso al tiempo crítico de darse una batalla decisiva cerca de Brecella; y ademas de conseguirlo, aseguró una paz sólida, inspirando y concluyendo el matrimonio del Rey de Polonia con una hija del Emperador.


Desde Alemania volvió D. Alfonso á Basilea; y disuelto el Concilio siguió al Papa Eugenio en sus peregrinaciones hasta Roma. Era tal el aprecio que este Sumo Pontífice hacia de su mérito, que al paso que no se hallaba sin tenerle cerca, se le oyó decir mas de una vez, que se cubría de rubor al sentarse en su presencia en la silla de San Pedro.


Este era el predicamento de D. Alfonso en Roma, quando su padre, anciano ya, y achacoso, renunció el Obispado de Burgos, y le recomendó para que le sucediese en él. Admitió el Papa la renuncia de D. Pablo, y convino en darle por sucesor á su hijo; pero sintió en extremo su separación, y la sintió no menos toda Roma, que en su ausencia temía hallar un vacío bien difícil de que le pudiese llenar otro.


Vuelto á España D. Alfonso, y entrado apénas en su Diócesis se encontró con la noticia de la muerte de su padre. Este golpe le hubiera sido insoportable, si no le hubiera recibido al mismo tiempo que una preciosa carta, que poco ántes de morir le había escrito D. Pablo, llena de importantes documentos, y que, como él propio dice en otra á su hermano D. Álvaro, fué la regla de su vida pública y privada. En efecto, gobernado en todo por ella D. Alfonso, no conocieron sus ovejas la mudanza del pastor: humano, liberal, zeloso por el bien de las almas y por la gloria de la Religión era una copia fiel de su digno padre. No faltó, no obstante, quien le tuviese por de mal corazón, y por enemigo de la privanza de D. Alvaro de Luna; pero los testimonios que la historia ofrece mas autorizados, lo son, no de rivalidad, sino de obediencia y de respeto á su Soberano. Si como Canciller mayor del Reyno, y como Consejero privado, en cuyos honores sucedió también á su padre, tuvo que intervenir en la causa de D. Alvaro, ni la lisonja ni la envidia envilecieron su alma generosa, ni corrompieron su carácter íntegro.


Casi siempre ocupado D. Alfonso en el exercicio de sus funciones políticas y apostólicas, era poco el tiempo que habia podido dedicar al estudio; con todo, entre otras obras que cita su criado Hernán Pérez de Guzman, en su Valerio de las historias, merecen estimación sus Homilías sobre los Evangelios, la Genealogía de los Reyes de España, dedicada á su Cabildo de Búrgos, y la Traducción de los doce libros de Séneca. Nombrado Embaxador extraordinario para transigir con la Corte de Portugal algunas diferencias, que comprometian demasiado á la de Castilla, y que logró componer á gusto de ambos Gabinetes, tuvo que abandonar una Paráfrasis del Génesis, que se sabe había emprendido: acaso la concluiria ó continuaria después; mas por desgracia se ignora, y también el paradero de este trabajo qualquiera que fuese.


Vuelto de Portugal, se desembarazó de los empleos políticos que tenia, y se dedicó á reformar la disciplina de su Iglesia, y á concluir algunas obras y fundaciones que había comenzado: construyó y dotó la Capilla de la Visitación de la Catedral, en donde yace; y deseoso de purificar su alma por medio de una vida penitente, dió principio á ella por visitar, cubierto de cilicio, el sepulcro del Apóstol Santiago.


Salió de Búrgos en el mes de Mayo de 1456; cumplió de un modo edificante esta santa peregrinación; y a su regreso le acometió una enfermedad aguda en un pueblo de su Diócesis, llamado Villasandino, de la que murió el 12 de Julio del mismo año; coronando con su paciencia y sufrimiento las demás virtudes que habían sido el ornato de su vida».


[Retratos de Españoles ilustres, con un epítome de sus vidas
Anónimo

Madrid, 1791]

miércoles, 15 de julio de 2015

BURGOS. Convento de San Pablo



En el desaparecido convento dominico de San Pablo,
en la capilla mayor,
fue enterrado su benefactor, don Pablo de Santa María (Pablo Leví).


PABLO DE SANTA MARÍA


«Don Pablo de Santa Maria, de linage Hebreo, y de la Tribu de Leví, nació en Burgos el año de 1352, según algunos escritores que se acomodan á las datas de su sepulcro, y según otros, no menos autorizados, el de 1350. Su padre era llamado Simón Leví. [...] D. Pablo se reduxo á la verdadera creencia el año de 1390.


Dúdase si D. Pablo se llamaba Saulo antes de su conversión, aunque puede deducirse de sus escritos; pero sea que en realidad se llamase así, ó que el haber imitado á San Pablo en los extravíos de la razón le moviese á imitarle ya convertido, lo cierto es que en memoria del Apóstol tomó el nombre de Pablo, y á su exemplo trabajó con ardor en propagar el Evangelio. El apellido Santa María le adoptó por veneración á esta Señora, de cuya familia blasonaba descender; y el renombre de Burgense derivado de su patria, y con que comunmente es conocido, se le adquirieron sus virtudes heroycas.


Al exemplo de D. Pablo, y á la fuerza de sus persuasiones, se convirtieron, entre multitud de Judíos, su madre y sus hermanos, que también lo eran, y cinco hijos que tenia de legítimo matrimonio, á saber: D. Gonzalo, Obispo de Plasencia y Sigüenza, D. Alfonso, que lo fue de Burgos, D. Álvaro, Cronista del Rey D. Juan II, D. Pedro, Capitán famoso, y Doña María; y todos recibieron el bautismo en la Catedral de Burgos de mano de D. García de Covarrubias, Tesorero y Abad de Covarrubias en aquella Iglesia. Pasado algún tiempo se convirtió también su muger; y se convino en dexarle en libertad para que siguiese su vocación al Sacerdocio, que perfeccionó con el estudio de la Teología sagrada, en la que, según la opinión mas común, se graduó de Doctor por la Universidad de Paris, célebre en aquellos dias.


Dispuesto D. Pablo para el Sacerdocio, y vencidos algunos obstáculos que la legislación oponía á los conversos para ser elevados á tan alta dignidad, pasó á la Corte de Aviñon, en donde entonces residía el Papa, y logró de S. S. el Arcedianato de Trevino, y una Canongía en la Catedral de Burgos, y otra en la de Sevilla, que renunció. Obtenidas estas prebendas se volvió á su patria, y recibió los Órdenes sagrados de mano de su Obispo D. Juan de Villacreces, cumplidos ya quarenta y tres años de edad.


Siempre habia sido respetable la conducta de D. Pablo; pero desde su colocación en el Santuario fué edificante y exemplar. La caridad y el estudio eran sus delicias, y alternaban en ocupar su tiempo libre. Me seria fastidiosa la vida, decia en una ocasión á su Prelado, si me faltasen estas dos ocupaciones. Mas hubiera perdido la Religion y el Estado sin ellas: su fruto, en pocos años, fué por una parte la conversión de mas de 40 familias de Moros y Judíos, y por otra sus preciosos escritos, entre ellos las Adiciones á las Apostillas de Nicolas de Lira, los tratados de Coema Domini, y de Genealogía J.C., el Escrutinio de las Escrituras, y la Suma de las crónicas de España.


Nueve años llevaba D. Pablo de residencia en Búrgos, quando sus virtudes le sacaron para el Obispado de Cartagena. Pocos mas á propósito para tan sagrado carácter: su sabiduría, su caridad ardiente, su zelo apostólico, y su prudencia salían garantes de su elección. Feliz su Diócesis con tal Prelado: extendió su fama por toda la Nación; y D. Henrique III, convencido de sus eminentes prendas, le nombró Canciller mayor del Reyno, su Consejero privado, y en el testamento, que otorgó en Toledo el año de 1406, su principal cabezalero, y ayo de su primogénito el Príncipe D. Juan.
Muerto al año inmediato D. Henrique III, y precisado el Infante D. Fernando, Gobernador de Castilla, y tutor de su sobrino D. Juan II, á coronarse en Aragón, dexó á D. Pablo el gobierno del Reyno, y la tutela del Rey. Aunque no era fácil en estas circunstancias el desempeño de cargos tan graves, los llenó no obstante D. Pablo, haciendo respetable con el suyo el nombre de su dueño. Sin desatender al cuidado de su Iglesia, se ocupaba en los negocios políticos con tanto interés, como si no tuviera otro objeto; pero siéndole preciso muchas veces desamparar á sus ovejas por asistir al lado del Rey, y conociendo este Soberano la violencia con que D. Pablo se prestaba á esta necesidad, para hacer compatibles sus obligaciones de áulico y de Prelado, le trasladó del Obispado de Cartagena al de Búrgos, en donde residía la Corte.
El gusto de verse en su patria, como él mismo dice en una carta escrita á Benedicto XIII, le mitigó el dolor que esta translación le había causado; y aun mas, como también le añade, la satisfacción de no tener que abandonar su rebaño para cuidar de otros negocios que el Rey había querido fiarle. Sin embargo, este placer le duró poco: el interes de la Iglesia y del Estado le llevaron en calidad de Embaxador al Concilio de Constanza, y después á requerir con el mismo carácter á Benedicto XIII para que renunciase el Pontificado, y diese lugar á la paz de la Iglesia, escandalosamente turbada.


Concluidas estas misiones se regresó á Búrgos: conoció la necesidad en que su ausencia le habia puesto de visitar su Diócesis: dió principio á esta santa empresa con el fervor que le era propio; pero sus muchos años y quebrantada salud detuvieron su zelo apostólico y edificante. La decadencia de sus fuerzas le avisó de la proximidad de su muerte; y deseoso de que su silla se ocupara según sus ideas, la renunció, recomendando á su hijo D. Alfonso para que le sucediese. Admitiósele la renuncia conforme á su propuesta; y para darle el Papa un nuevo testimonio de aprecio, le condecoró con el título de Patriarca de Aquileya. Disfrutó poco de este honor D. Pablo: apénas le hubo recibido, quando oprimido de sus males terminó sus dias en la Fosa de S. Clemente, pequeño pueblo de su Diócesis, dexando fama de santidad.


Murió el 20 de Agosto de 1435, y se mandó enterrar en la nave mayor de la Iglesia de los Dominicos de Búrgos, construida á sus expensas. Nombró herederos de la quarta parte de sus bienes á sus hijos, declarando que era porción de su patrimonio, y no adquirida por otro título».


[Retratos de Españoles ilustres, con un epítome de sus vidas
Anónimo
Madrid, 1791]