lunes, 21 de julio de 2014

SALAMANCA. Convento de Santa Clara



Luis Garrido Borrego

EL REAL CONVENTO DE SANTA CLARA
(1994)


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En la ladera del denominado “Alto de San Cristóbal”, situado en el sureste del casco antiguo de Salamanca, entre las románicas iglesias de Santo Tomás Cantuariense, San Cristóbal y los restos de la de San Román, hoy integrados en el colegio de las Siervas de San José, se localiza el Real Convento de Santa Clara.

Hacia el año 1220, varios grupos de mujeres, compuestos principalmente por esposas e hijas de nobles y caballeros  que se encontraban por entonces inmersos en campañas bélicas, se reúnen, buscando su mutuo apoyo y seguridad, en beateríos o ermitas.

Hallándose en una situación bastante precaria como consecuencia de la confiscación de sus bienes por Alfonso IX, uno de estos grupos femeninos, encabezado por doña Urraca, viuda de Fernando II de León, se recluye, en tiempos del pontífice Honorio III, en el beaterío de la ermita de Santa María. La venerable Urraca muere en torno a 1226, no sin antes fundar el monasterio de Vileña, en el que, al parecer, le llegó el fin de sus días. Estas mismas damas, la mayoría de ellas viudas o huérfanas, instituyen en 1238 y ya regidas por otra doña Urraca, que sería su primera Abadesa, el Convento de Dueñas de Santa María, de la orden de San Damián, acatando inicialmente y durante algún tiempo las normas de la regla benedictina, impuesta por su protector, el cardenal Hugolino, más tarde Papa, entre 1227 y 1241, con el nombre de Gregorio IX.

Posteriormente, con el apoyo de los obispos salmantinos don Martín y don Pedro II y las aportaciones económicas de personalidades relevantes y del pueblo llano, se reconstruye el convento, concluyéndose y consagrándose su iglesia entre 1245 y 1250. En 1245 toman el nombre de “freylas de Santa María” de la orden de San Damián, dejando de regirse por la regla benedictina y el espíritu y costumbres de las franciscanas de San Damián, para observar únicamente la regla de la orden de San Francisco. Ya a finales del siglo XIII el rey Sancho le otorga los diplomas por los que pasa a titularse “Real Monasterio de Santa Clara”, y sus religiosas “freyras menoretas e dueñas de Sancta Clara de la cibdat de Salamanca”.


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A partir del 23 de agosto de 1245, en que el papa Inocencio IV dispensa a la comunidad de religiosas de su sujección a la regla de San Benito otorgada por su predecesor Gregorio IX, quedando con ello únicamente regidas por la regla y espíritu franciscano de Santa Clara, el convento se vio favorecido sucesivamente por numerosos reyes y pontífices.

Entre los primeros, cabe mencionar a Fernando III “El Santo” (1230-1252), Alfonso X “El Sabio” (1252-1284), Sancho IV “El Bravo” (1284-1295), Fernando IV “El Emplazado” (1295-1312), Alfonso XI “El Justiciero” (1321-1350), Juan I (1379-1390), Enrique III (1390-1406) y la reina Isabel “La Católica”. En cuanto a los papas, además de los dos citados anteriormente, destacan: Alejandro IV (1254-1261), Clemente IV (1265-1268), Gregorio X (1271-1276), Nicolás III (1277-1280) y Juan XXII (1316-1334).

Tras el afianzamiento de este convento de clarisas, se fundaron, en el siglo XIII, con ayuda económica y monjas del mismo, los de Santa Clara de Toro y de Astorga, y se prestó apoyo al de “El Zarzoso”, cercano a Ciudad Rodrigo (Salamanca).

A partir de mediados del siglo XIII, la comunidad entra en un período de oscurantismo espiritual debido, principalmente, al consentimiento de  residencia en el convento de acaudaladas damas seglares que, junto con su servidumbre (“criadas», “legas” y “donadas”), se establecen en el monasterio, trastocando el virtuosismo franciscano de oración, trabajo y sacrificio. La comunidad prescinde del trabajo como medio de subsistencia, para vivir cómodamente de los legados, donaciones, herencias o pensiones de la gente noble o adinerada y de las limosnas de los vecinos.

Algunas de estas nobles “seglares” admitidas en el convento tomaron con el tiempo el nombre y hábito de “dueñas y señoras de San Damián”, protagonizando una curiosa anécdota que escandalizó al pueblo salmantino en tiempos de Inocencio IV (1243-1254). Ello se expresa en la bula número quince que este pontífice expidió al obispo de Salamanca; bula mediante la que su Santidad miraba por la  honra y buena reputación de las religiosas de Santa Clara: Estas mujeres, con ánimo de perversión y vestidas con el hábito franciscano de las clarisas, discurrían por la ciudad de calle en calle y de corrillo en corrillo predicando ser las monjas de Santa María y San Damián, con tal desenvoltura y formas de vida disoluta, que causaban gran escándalo, lo que, al llegar a conocimiento de las verdaderas religiosas de Santa Clara, motivó el que dieran cuenta a su pontífice protector, quien en la bula ordenaba al obispo de Salamanca que hiciese despojar del hábito y la cuerda a aquellas malas y vagabundas mujeres que se hacían pasar por monjas, además de que se aplicase a éstas su merecido castigo.


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La arquitectura conventual pasó por sucesivas remodelaciones y construcciones adicionales: en 1413 un aparatoso incendio ocasionó la muerte a varias religiosas y destruyó casi todo el convento, lo que dio lugar a su reconstrucción durante el resto del siglo XV y comienzos del XVI; a esta época corresponde, en la calle de Santa Clara (lado norte del edificio), la gótica portada de la iglesia, enmarcada mediante un alfiz coronado por la hornacina que alberga la pétrea escultura de Santa Clara, así como las ventanas de arco apuntado y las de arco escarzano que se abren en el resto de esta fachada y la que cierra el claustro en su lado norte; de estas ventanas solamente se conserva íntegra una, mientras que las restantes aparecen incompletas o cegadas.


A mediados del siglo XVII se construyeron en el claustro las galerías alta y baja de las caras meridional, oriental y occidental. Estas crujías se abren al patio mediante arquerías de medio punto, de sabor barroco. Las galerías superior e inferior de la cara septentrional, al estar ya construidas, fueron respetadas. Como consecuencia de no cerrarse el claustro por este lado norte se advierten, en los extremos de ambas galerías, los arranques de la continuación de la doble arquería que circunda el patio por sus otras tres caras.


Desde  finales del siglo XVII  hasta pasada  la mitad del XVIII, fueron realizándose importantes obras de ampliación y reestructuración de las partes de edificio destinadas a vivienda de las religiosas y otras dependencias interiores abiertas al claustro  central en su pabellón occidental, además de la restauración y reforma de la iglesia, la sacristía, las salas alta y baja del coro y la construcción del torreón-mirador.


En la calle Lucero, la fachada principal, con portada barroca, junto con la portería y otras dependencias interiores, fue construida bajo proyecto de Andrés García de Quiñones por el maestro Mateo González, quien inició las obras en 1735 y las concluyó en 1739. Dicha portada, de desarrollo horizontal, se alza sobre una escalinata de doble vertiente y sin antepecho.

El muro de esta fachada principal quiebra su línea, al llegar al tercio que vemos a la izquierda de la portada, para abrir una puerta de arco de medio punto, denominada “puerta de carros”, que da paso a la huerta y a lo que fue vaquería y panera del convento hasta pasada la mitad del siglo XX.

Veinte años más tarde se pone en marcha la llamada “obra nueva”, que reformó la zona occidental del edificio para darle salida a la plaza de San Román. Esta “obra nueva” supuso la demolición de varias casas anexas al convento.


Se ejecutó bajo proyecto del arquitecto García de Quiñones, buscando una mejor distribución para la portería, el locutorio y otras dependencias, así como la fabricación de la falsa bóveda de ladrillo, enlucida de yeso, que cubrió la sala del coro bajo durante más de dos siglos, y la colocación de la armadura de madera a doble vertiente que sustituyó al primitivo artesanado del coro alto. Las obras encaminadas a construir tales dependencias, la falsa bóveda y la armadura, fueron llevadas a cabo entre 1759 y 1780, interviniendo, además de Andrés García de Quiñones, otros arquitectos, como su hijo Jerónimo, Simón Gavilán Tomé y Joaquín Núñez.


Estas obras originaron fuertes dificultades económicas a la comunidad de religiosas, lo que, llegado a conocimiento del rey Felipe V y sus sucesores, motivó el que tanto el uno como los otros dispensasen a la comunidad del impuesto de “subsidio y excusado” durante algunos  años. Ello permitió que se siguieran realizando obras destinadas a la reparación de daños que habían ido produciéndose en el convento a lo largo de su historia, y, en especial, como consecuencia de los estragos ocasionados por las tropas napoleónicas durante la guerra de La Independencia española; guerra que obligó a las religiosas a abandonar el monasterio para refugiarse en el de San Francisco, ya que las tropas francesas se acuartelaron en él. No obstante, unas pocas monjas quedaron en el convento merced al acuerdo efectuado con los soldados invasores; convenio por el que éstas se comprometían a preparar las comidas y habitaciones.


A pesar de estos privilegios otorgados por la realeza española, las monjas tuvieron que recurrir a la petición de créditos dinerarios a las arcas de la parroquia de San Isidro y San Pelayo, del Colegio Trilingüe y de la Universidad, así como de personas particulares, como don Juan de Figueroa, lo que, junto con los fuertes impuestos exigidos a consecuencia de la guerra y mantenimiento de  las tropas, además del posterior intervencionismo estatal llevado a efecto mediante la promulgación  de las leyes desamortizadoras puestas en marcha por el Jefe de Gobierno y Ministro de Hacienda Juan Álvarez Mendizábal en 1836, acabaron con el patrimonio del convento, pasando esta comunidad por su etapa más precaria. A pesar de ello, no desapareció, llegando hasta nuestros días (1994) con una comunidad de catorce religiosas.


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Cuando a principios del siglo XVIII Joaquín Churriguera efectuó la ornamentación de las bóvedas en la iglesia, no dudó en conservar la cubierta de madera entonces existente. Es decir, respetó los artesonados primitivos, rebajando con la fabricación de la falsa bóveda la altura del templo.
Gracias a ello, y mediante un ingenioso e inédito sistema de pasarelas y puentes metálicos instalados durante la restauración de 1988, podemos admirar de cerca sus dos diferentes artesonados.


El descubrimiento de estas magníficas techumbres aconteció a inicios del mes de febrero de 1973, cuando los obreros que efectuaban trabajos de reparación en el tejado de la iglesia entraron en el espacio situado sobre la bóveda y por debajo de la cubierta y cogieron unas cuantas palomas que anidaban en él. Posteriormente, varias monjas “aventureras” sintieron la necesidad de conocer este lugar y se decidieron a entrar en el mismo. Esta experiencia la repitieron en más ocasiones, recogiendo en algunas de ellas pichones o palomas. En una de estas incursiones, observaron que había unas tablas pintadas y arrancaron una. Vista esta tabla por la comunidad, pensaron que podía ser cierta la existencia del artesonado del que habían oído hablar por la cita que del mismo hacía Gómez Moreno en su “Catálogo Documental de Salamanca”, pero debido a la oscuridad del lugar no pudieron comprobarlo de momento. Posteriormente fue mostrada dicha tabla a Don Antonio Lucas Verdú, cronista oficial de la ciudad por entonces, quien visitaba a la comunidad frecuentemente. Se sugirió la posibilidad de que hubiese más tablas similares y Don Antonio, a pesar de las dificultades que entrañaba, acompañado por los periodistas don Pedro Casado y don Salvador Polo, y convenientemente equipado, días más tarde decide subir a verlo. Así fue como éstos pudieron contemplar con gran satisfacción la interesantísima techumbre después de tantos años escondida.


Tras el descubrimiento, la comunidad barajó varias posibilidades respecto al destino del artesonado. Entre ellas la de venderlo para sufragar las reparaciones y reformas de las que siempre había precisado el edificio. No obstante, antes de adoptar ninguna resolución, se informó al Ministerio de Bellas Artes en Madrid sobre tan feliz suceso, lo que dio lugar al desplazamiento hasta este cenobio salmantino de diferentes técnicos y personalidades, quienes lo apreciaron en su  verdadero valor, desanimando a las monjas de sus iniciales intenciones de venta o traslado y motivándolas a su conservación con la posibilidad de ayudas técnicas o económicas por parte de distintas instituciones públicas o privadas.


Estos artesonados, considerados como los más antiguos que conserva un edificio salmantino en su emplazamiento original, se encontraban muy afectados a causa de las filtraciones de agua y la carcoma, además del deterioro adicional producido por las palomas, que convirtieron este espacio en su refugio habitual.


La amenaza de desplome era evidente, por lo que se procedió a su total restauración, consolidando su estructura, protegiendo la madera y limpiando y preservando su policromía.


El artesonado primitivo, confeccionado en par y nudillo a principios del siglo XIV, constituye la mayor parte de la techumbre. Se muestra policromado en los cantos de sus pares y nudillos con dibujo de espiga en tonos azul y blanco, mientras que las vigas que cuadran los ángulos se refuerzan mediante arietes ornamentados con policromadas tallas de cabeza de carnero.


Artesones con dorados florones de gran vistosidad decoran el almizate (parte central), y de los faldones conserva dos calles reconstruidas con piezas de todo el conjunto, puesto que esta parte fue la más afectada por la humedad. El resto de los faldones, al ser irrecuperables, se sustituyeron por nuevas piezas coloreadas en azul.


Resaltan sobremanera las dos franjas del arrocabe por sus pictóricos  escudos de nobles familias salmantinas; blasones que se muestran flanqueados por motivos vegetales y animales variados. Estamos ante un conjunto de 135 escudos que constituyen la más extensa y completa colección que posee la ciudad. Muchos de ellos se repiten, otros figuran una sola vez, y en ocasiones muestran sus colores y muebles alterados o deteriorados. Destacan los de los linajes  de Enríquez de Sevilla, Rodríguez de las Varillas o de Villafuerte, Maldonado, Cáceres, y Aguiar (de este derivó el de Aguilar), así como el de los descendientes del rey Juan I de Aragón y los del Reino de Castilla y León correspondientes a la época en que se construyó el artesonado.


Las tabicas de los pares presentan igualmente pictóricos castillos y leones que constituyen los emblemas de Castilla y de León.


Veinticuatro ménsulas distribuidas de dos en dos, sobresaliendo por encima de la primera franja del arrocabe y situadas afrontadamente la mitad en cada muro, sirven de asiento a sus correspondientes seis parejas de tirantes, sobre cuyos extremos corren las correas que soportan el peso de los pares. Los espacios que quedan entre cada pareja de ménsulas y de tirantes se decoran con pictóricos motivos vegetales, formas geométricas o animales fantásticos, algunos de ellos muy curiosos, presentando cabeza humana cubierta con alto sombrero negro terminado en pico, cuerpo de extraño dragón y pezuñas.


La zona de techumbre correspondiente a la cabecera de la estancia data del siglo XV. Es producto de un intento de sustitución del artesonado anterior, cuyos trabajos no se concluyeron a causa de un error en la disposición de las piezas, motivando su desplazamiento hacia el muro norte y el consiguiente desencaje de sus tablas, lo que hubiera provocado el desmoronamiento de la estructura.

Siendo de estilo mudéjar, utiliza prematuramente la técnica de lacería, aunque su ornamentación, al no poder terminarse el proyecto, quedó incompleta.

En el lado opuesto observamos otra zona de techumbre que es fruto de la reforma efectuada a mediados del siglo XVIII, al tiempo que se llevaba a cabo la remodelación del coro alto y la construcción de la falsa bóveda que cubrió el coro bajo. Contemplando esta  zona detenidamente, vemos que presenta idéntica estructura que la parte correspondiente al siglo XIV, aunque sin policromía alguna.


Se trata de tres partes de cubierta diferentes que pertenecen a distintas épocas, por lo que su estudio resulta de gran interés para un mejor conocimiento de la evolución histórica y estilística de la carpintería española.


En la del siglo XIV, la más preciosista y de mayor tamaño, llaman la atención en los lados septentrional y meridional del arrocabe unos escudos que, dentro de su correspondiente orla, lucen un castillo o un pájaro negro; castillo que no tiene el color establecido heráldicamente para el reino castellano, y pájaro que es similar a la paloma representada en algunos blasones que señorea el techo del convento toledano de Santa Clara.


Sorprende asimismo contemplar en las bandas del arrocabe de ambos laterales escudos con campo partido en cruz aspada que muestran en los cuarteles superior e inferior un castillo y en los de izquierda y derecha un león rampante mirando hacia el mismo lado, es decir, a la cabecera de la iglesia, en vez de estar afrontados, que sería lo heráldicamente correcto.


Por otra parte, se aprecian algunos detalles que denotan un cierto arcaísmo en esta armadura. Ello ocurre con el agramilado que parecen ofrecer los pares y nudillos, el cual no es tal sino una leve incisión de sección cóncava, además de que el nudillo no ha sido cortado siguiendo la regla de echar cabeza de cuadrado por la tabla de la alfarda; regla que, a pesar de que para algunos expertos haya de seguirse de forma indiscutible, no fue observada, prefiriendo realizarse los pares y nudillos con la misma escuadría. Ello contribuía a un debilitamiento de este tipo de estructuras, ya que suponía aumentar el tamaño de la garganta precisa en las alfardas para alojar los cornezuelos del nudillo.

La armadura del siglo XV se encuentra junto a la cabecera de la sala. Es una hermosa techumbre apeinazada, de lacería, aunque la falta de lazo en los faldones hace pensar que fue ejecutada en una época en que no hacía mucho tiempo que se habían empezado a construir este tipo de armaduras; cuestión de la que, asimismo, hace dudar el sofisticado y geométricamente impecable trazado del almizate. Observando el trabajo que ofrece el último nudillo de la misma, resulta manifiesta la intención del ejecutor de continuar su realización a fin de cubrir toda la nave y sustituir con ella a la del siglo XIV, aunque, al comenzar a abrirse los pares y distanciarse cada vez más conforme se alejaban de los cuadrales, detuvo su ejecución.


En cuanto a la restauración de la carpintería de estas techumbres, básicamente se efectuó en las estructuras de cubierta. Respecto a la armadura con lacería en el almizate del siglo XV, se llevó a cabo la reposición de taujeles (listones de madera) desprendidos o tronchados por la rotura de la zona correspondiente a la garganta de los pares, así como de toda la tablazón de trasdós necesaria, además de aplicársele el debido tratamiento anticarcoma y restaurador a base de insecticidas y aceites.

El artesonado central, el más valioso histórica y artísticamente, fue objeto del mismo tratamiento. No obstante, algunas zonas, por estar romados los pares, tuvieron que ser desmontadas parcialmente y después reconstruidas y colocadas independientemente de las contiguas.

Por último, la parte de armadura que cubre la zona más cercana a los pies de la sala, casi necesitó solamente el tratamiento preventivo de insecticidas y aceites aplicado a todo el  conjunto.


Estas interesantes techumbres quedan por debajo de una sólida estructura de madera y piezas metálicas que sirven de soporte al tejado, conservando su aspecto original.

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