domingo, 21 de abril de 2013

OCAÑA, I




Ciruelos y Ocaña están a unos 12 kilómetros
y comparten el mismo polvo.
Cabalgar por estas tierras debía ser
convertirse en fantasma de tierra.
Caballos y jinetes llegarían a sus destinos
recubiertos de tierra blanquecina.

En esta tierra árida, sin embargo,
durante un tiempo estuvo radicada la corte.

La corte que conoció Jorge Manrique,
que pasó aquí su infancia,
convertido su padre en Comendador de Ocaña,
cuando ya ésta había sido cedida por los calatravos
a la Orden de Santiago.

Pero nada en esta villa recuerda los tiempos
en que la Orden de Santiago hizo de este lugar su centro.

En la iglesia de San Juan, en un rincón destartalado,
se halla el sepulcro destrozado de Gonzalo Chacón,
el que fuera cronista de los Reyes Católicos
y entusiasta defensor de Isabel.


En el convento de San José, de carmelitas descalzas,
se encuentra, cerrada a las visitas,
la tumba de Alonso de Ercilla.


En un extremo del pueblo
se alza el penal, sombrío y amenazador.


En el convento de los dominicos
un fraile me explica que por aquí en verano no pasa nadie.


Los alrededores son feos.
Todo es color yeso.
El yeso se te mete en el corazón,
pesa en el corazón.
Hay algo aquí que oprime,
que produce cierto desasosiego,
cierta tristeza.


Me dirijo a las afueras,
a la Fuente Grande.


De camino, me cruzo con una mujer.
Pasea a un perrito, canta,
da algún desgarbado paso de baile al ritmo de su canción.
Tanto su comportamiento como su vestimenta
son estrafalarios.
Me sonríe, sin dejar de canturrear. Me saluda. Me cuenta:
- Llevo 18 operaciones.
Dios y la Virgen me han ayudado.
Canto.
No quiero amargar la vida a los demás con mis quejas.
¿De qué sirve quejarse?
Desde los 26 años estoy enferma. Pero canto.
Al despedirnos, me dice:
- Me ha gustado mucho conocerla.


La fuente se halla en una hondonada.
En un valle color yeso.


En la Fuente Grande
decenas de palomas agonizan,
aleteando entre rincones de basura y agua estancada,
caminando y cayéndose ya sin poder volar,
cayendo sobre el agua sucia.


Palomas retorciéndose en el agua encharcada,
entre las bolsas de plástico
y las latas y los cartones
y los cristales rotos.
Hay cadáveres de paloma por todos lados,
alas de paloma, cabezas de paloma,
palomas sin cabeza...


Cadáveres desperdigados
por esta gran superficie de piedra gris.


Recorro desconcertada el paisaje terrible.
Incomprensiblemente terrible.
Es sólo una fuente.
Pero parece algo más.


Se acerca un hombre con pinta de pordiosero.
No me gusta mucho la idea
de estar en este estremecedor descampado
sola con un desconocido de aspecto dudoso,
pero lo saludo con cordialidad.
Él también me saluda, con acento rumano.


Le pregunto cómo es que hay aquí
tantas palomas muriéndose,
y él se encoge de hombros y dice:
- Quizás las envenenan.


Y luego señala con disgusto la suciedad y reflexiona:
- Esto se arreglaría poniendo un guarda.
Nos creemos modernos;
los antiguos tendrían esto mucho mejor.
Ahora sólo se ocupan de la plaza Mayor.
Alguien debería preguntarle al jefe
por qué no hace nada por cuidar esto.
Lleva 3 años en España. Me dice:
- Ahora soy castellano.
Es simpático.
Filosofa:
- La vida es muy corta. Va muy de prisa.


Me pregunta si viajo sola.
Le digo que sí y mueve la cabeza
como dudando de mi sensatez.
Seguramente sabe que por el mundo pasan muchas cosas.


Pero yo también sé que el mundo está lleno
de hombres y mujeres como él
con los que entablar pacíficamente una conversación
sin otro objetivo que el de reconocernos mutuamente
como seres humanos.


Aquí estoy, en medio de esta explanada siniestra,
conversando con un inmigrante
que recoge agua de la fuente
porque quizás está viviendo en condiciones tan extremas
que no tiene agua corriente.


Por aquí no parecen pasar los turistas.
El “Monumento Nacional” es un cementerio.


Un cementerio en el que, mientras decenas de palomas agonizan,
yo hablo sobre la vida con un inmigrante rumano
bajo un cielo plomizo que atenaza el corazón.

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