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domingo, 12 de julio de 2015

BURGOS. Cartuja de Miraflores (y IV)



Entre otros daños sufridos por el conjunto funerario de la cartuja
a lo largo de la historia,
destaca la desaparición de una figura de Santiago peregrino,
que en fotografías anteriores a 1905 se aprecia,
cerca de la cabeza de la reina,
y que era la mejor conservada.

En estudios comparativos se ha advertido
su sustitución por otra figura, para disimular el hueco.


A principios del siglo XX llegó a Burgos
José María Palacio y Abárzuza, Conde de las Almenas,
supuesto mecenas que, con el beneplácito de los cartujos,
emprendió la reforma del interior del templo,
tarea que inició hacia 1905 y que se prolongó durante años.

A la vista de la calidad excepcional de la figura de Santiago,
la sustrajo y la incorporó a su colección personal
en el Palacio del Canto del Pico, en Torrelodones,
residencia que se hizo construir en 1920
con materiales procedentes de sus distintos expolios.

Ya en 1915 el conde se vio envuelto en un escándalo
porque fue denunciado por alguno de sus saqueos,
pero José María Palacio logró apagar el eco social
abriendo una suscripción pública
para proseguir la restauración de la cartuja,
que él mismo inició con cinco mil mesetas.

Sin embargo, su situación económica se había deteriorado
y en 1927, para conseguir dinero,
y con la excusa de ir a montar una exposición,
llevó a Nueva York más de cuatrocientas de sus piezas,
que se subastaron, acabando en colecciones particulares y museos.
Al parecer The New York Times declaró que se trataba
de la venta de la colección de arte español más importante
realizada nunca en Estados Unidos.

Entre las piezas subastadas se encontraba el Santiago de la cartuja.
Años después, en 1988,
fue adquirido por el Metropolitan Museum de Nueva York,
que lo exhibe en su sección medieval “The Cloister”.

A comienzos del siglo XXI,
la Junta de Castilla y León, en una difícil negociación,
consiguió una réplica,
siendo la primera vez que el Metropolitan Museum
accedía a hacer una reproducción de una de sus obras.

En principio la copia se recolocó en su ubicación inicial,

Pero luego se ha trasladado a la zona de museo del monasterio.

sábado, 11 de julio de 2015

BURGOS. Cartuja de Miraflores (III)



INFANTE ALFONSO


El infante Alfonso fue el hermano menor de Isabel la Católica,
hijo, como ésta, del segundo matrimonio de Juan II de Castilla,
con Isabel de Portugal.

Murió en 1468, a los 15 años.

Fue enterrado junto a su abuela materna, en Arévalo,
en el desaparecido convento de San Francisco.


En 1492 su hermana Isabel ordenó su traslado a Miraflores,
donde ya le había dispuesto sepultura.
Sus restos ocuparon la cartuja antes que los de sus padres.


El monumento funerario, obra de Gil de Siloé, en alabastro,
se halla en el muro del presbiterio del lado del Evangelio,
bajo un arcosolio.


Don Alfonso está representado en actitud orante.
Sobre el reclinatorio en el que se apoya
aparece un libro y algo que resulta incomprensible:
una mano que toca el libro.
Se ha sugerido, a falta de explicación,
que la mano emerge del mundo del misterio.


Bajo la estatua del infante, en una cámara,
una gran caja de piedra albergaba un sencillo ataúd de madera.


En la restauración del sepulcro llevada a cabo en 2006
los restauradores abordaron el examen del contenido del ataúd
con la esperanza de que no hubiese sido saqueado
(como sí se sabía que lo había sido el de los padres del infante,
durante la ocupación napoleónica).
Sin embargo, se encontraron con que sí había habido expolio,
realizado utilizando el método del butrón en una zona oculta:
El sepulcro había sido perforado desde arriba,
tras retirar la estructura situada delante de la escultura del infante.
Por ese agujero se habían extraído
los elementos de valor del interior de la tumba.
Por lo tanto, no se encontró ajuar alguno,
sólo huesos y algún trozo de cuero.

Para proceder al análisis de los restos óseos
una persona delgada se introdujo por el agujero
y fue extrayendo los huesos.


Éstos corresponden a una persona joven
que mediría 165 centímetros
(de adulto pudo haber alcanzado los 180 centímetros).


Se encontró también, junto a los huesos del infante,
un hueso del pie de una mujer.
El ADN demostró una relación de parentesco.
Se dedujo que podía tratarse de un resto de la abuela materna,
Isabel de Barcelos,
que había convivido con Alfonso y su hermana
durante los años de la infancia de éstos pasada en Arévalo
junto a su madre Isabel de Portugal.
La abuela fue enterrada en el mismo convento en que lo fue Alfonso,
y cuando se efectuó el traslado quizás la reina Isabel
quiso incluir el recuerdo de su antepasada.


Terminado el análisis, los restos han sido colocados en una urna
realizada con material resistente a la humedad
en la que se han incorporado algunos elementos
que ayuden a los futuros investigadores si se vuelve a abrir la tumba:
un escrito explicando esta exhumación y los trabajos realizados,
varias monedas de euro actuales, españolas y portuguesas,
y una medalla de san Bruno, depositada por los padres cartujos,
y, en la urna, una placa metálica con la fecha de esta inhumación.


[Información procedente
de los CUADERNOS DE RESTAURACIÓN DE IBERDROLA,
“La Cartuja de Miraflores”].

viernes, 10 de julio de 2015

BURGOS. Cartuja de Miraflores (II)




JUAN II E ISABEL DE PORTUGAL



El rey Juan II de Castilla
era hijo de Enrique III el Doliente y de Catalina de Lancaster.

Se casó a los 15 años, en 1420, con su prima María de Aragón,
hija de Fernando de Antequera y hermana de los Infantes de Aragón.
Del matrimonio nacieron cuatro hijos:
Tres niñas muertas en la infancia:
Leonor (1422-1424), Catalina (1423-1425) y María (1428-1429),
y Enrique (futuro Enrique IV de Castilla, 1425-1474).

En 1447, a la edad de 42 años, Juan II casó en segundas nupcias,
en Madrigal de las Altas Torres,
con Isabel de Portugal,
hija de Isabel de Barcelos y el rey Juan de Portugal.
De esta unión nacieron dos hijos, hermanastros de Enrique IV:
Isabel, futura reina de Castilla, y el infante Alfonso.

Don Juan murió en Valladolid en 1454.

La muerte de su marido provocó a la reina cierta enajenación mental,
por lo que se le confinó con su madre e hijos en el castillo de Arévalo,
donde residió durante 42 años, hasta su fallecimiento en 1496.



En 1489 Gil de Siloé, por encargo de Isabel la Católica,
empezó a trabajar en el sepulcro de los reyes Juan e Isabel,
realizado en alabastro llevado de Guadalajara.
Para transportar el material se emplearon cien de carretas de bueyes.
La cancillería real emitió en 1489 un documento
ordenando que la comitiva no pagara portazgos,
que se permitiera pastar a los bueyes
y que se dejara cortar madera para reparar los carros.
El trabajo de Siloé concluyó en 1493.



El monumento funerario de los padres de la reina Isabel
es único en Europa: una estrella de ocho puntas
en cuyo centro se encuentran las estatuas yacentes de los reyes
y a su alrededor unas quinientas figuras y una densa decoración.

Ocupa la cabecera de la iglesia, ante el altar mayor.
Bajo el cenotafio se halla la cripta, un pequeño habitáculo
al que se accede, verticalmente, mediante una escalera de mano.



Durante la Guerra de la Independencia,
la Cartuja fue usada como Cuartel General de las tropas francesas,
que saquearon las tumbas reales.
Se cuenta que levantaron el suelo en busca de tesoros,
llevándose, entre otras cosas, las espuelas de oro del rey.

A su partida, los cartujos recogieron los restos óseos
y volvieron a depositarlos en la cripta,
probablemente en el mismo suelo.

A comienzos del siglo XX se procedió al arreglo de la misma
y se colocaron los huesos en un arca
de madera y bronce, forrada de tafetán carmesí.



En 2006, con ocasión de la restauración de los sepulcros,
se extrajo y estudió el contenido de esta urna.

La exhumación de los restos se hizo en presencia
del padre cartujo José María, Procurador de la Cartuja.

Se concluyó que el arca contenía restos de dos personas.



Una de ellas era un hombre,
cuyo esqueleto se conservaba casi completo,
salvo la mayoría de los huesos pequeños,
lo que indica que se trata de un enterramiento
realizado a partir de otra inhumación anterior,
proceso en el cual los restos fueron removidos
y se perdieron los de menor tamaño.
La calavera está parcialmente destruida,
como si hubiera sido golpeada,
lo que debió de ocurrir durante el saqueo napoleónico.



Este esqueleto correspondería al rey Juan II.
Sería un hombre alto, de 179 centímetros,
con cara fina y nariz larga y con caballete.
El tabique nasal estaba desviado
a consecuencia de un golpe sufrido en la infancia;
los cornetes nasales izquierdos estaban atrofiados
y el derecho muy desarrollado,
lo que le impediría respirar con normalidad.
En la edad adulta se fracturó la escápula izquierda,
lo que habría reducido la movilidad de hombro y brazo izquierdos.
Murió a los 49 años, de malaria,
fiebre que no dejó evidencias en los huesos.



Junto a este esqueleto de varón, se hallaron sólo
cuatro fragmentos de huesos largos de una mujer adulta,
atribuibles a Isabel de Portugal
(su ADN se corresponde con el de su hijo Alfonso).

La desaparición del resto de los huesos de la reina
debió de producirse durante el saqueo.



Terminado el análisis, los restos han vuelto ha ser depositados
en la urna donde se encontraban.

En el acto de inhumación, el padre José María ofició un responso.



[Información procedente
de los CUADERNOS DE RESTAURACIÓN DE IBERDROLA,
“La Cartuja de Miraflores”].


jueves, 9 de julio de 2015

BURGOS. Cartuja de Miraflores (I)




En el siglo XV Enrique III el Doliente
se hace con la propiedad de unas tierras próximas a Burgos,
en el lugar que se llamará Miraflores;
una zona boscosa (hoy Parque de Fuentes Blancas)
a unos 3 kilómetros de la ciudad.

Allí el rey se construyó un palacete,
un pabellón de descanso, recreo y caza,
del que no quedan restos.


El hijo de Enrique, Juan II, decide convertirlo en monasterio,
instalando la iglesia en una de las salas palaciegas
y las celdas en las habitaciones de la zona alta.
Lo entregó a la Orden de la Cartuja en 1441.
Los primeros tres monjes llegaron de la Cartuja de Sevilla.

En Borgoña, los Duques habían manifestado su preferencia
por esta severa Orden
y habían fundado cerca de la capital, Dijon, la Cartuja de Champmol,
que convirtieron en panteón ducal, con monumentales sepulturas.

También los reyes de Castilla sintieron predilección por los cartujos
y Juan II piensa en instalar en Miraflores su capilla funeraria.

En 1452 un incendio destruyó el palacio-convento.


El rey encargó su reconstrucción a Juan de Colonia,
el arquitecto contratado por el obispo Alonso de Cartagena.
Es entonces cuando el nuevo cenobio recibe su nombre actual,
cartuja de Santa María de Miraflores.

Pero el rey fallece en 1454, con la construcción inacabada.
Su cuerpo fue depositado en sucesivos conventos:
En un primer momento, San Pablo de Valladolid,
de donde fue trasladado a Burgos,
primero a Las Huelgas y después a San Pablo.

Durante el reinado de su hijo y sucesor, Enrique IV,
el desarrollo de las obras se estancó
por falta de medios y de protección real.


En 1483 la ya reina Isabel reside una larga temporada en Burgos,
visita Miraflores y manifiesta su voluntad
de dotar a su padre de un sepulcro adecuado
en el lugar donde él había deseado ser enterrado.


Hasta entonces, los más suntuosos panteones castellanos
los estaban erigiendo las grandes familias nobles,
bien personales,
como el de Álvaro de Luna y su mujer en la catedral de Toledo
o el de Gómez Manrique y la suya en Fresdelval,
bien dinásticos,
como el de los condestables de Castilla en Medina de Pomar
o el de los almirantes de Castilla en Santa Clara de Palencia,
e incluso de grandes prelados,
como el de Alonso de Cartagena en la catedral de Burgos.

Durante los reinados de Juan II y Enrique IV
el poder de la nobleza había ido en aumento
y con él su afán de construir conjuntos funerarios
destinados a la glorificación de sus linajes.

En el reinado de Enrique IV
algunos nobles aspiraron a ser enterrados en la cartuja burgalense.
Cuando Isabel lo supo, prohibió estos enterramientos:
Sólo la monarquía debía tener allí sepultura.
Allí iban a ser enterrados su padre Juan II,
su madre, la segunda esposa del rey, Isabel de Portugal,
y su hermano, el infante Alfonso, fallecido en 1468.
Aquel ámbito iba a ser el Panteón Real
de una de las monarquías más pujantes de fines de la Edad Media.

Isabel quiso que la sepultura real
estuviera por encima de las nobiliarias.
Hacía más de ochenta años que no se había hecho
ningún sepulcro digno para la realeza castellana.


Lo primero era terminar la construcción,
tarea que encomendó a Simón de Colonia,
hijo de Juan de Colonia, ya fallecido.

En 1484 la iglesia estaba terminada.


En 1486 tuvo lugar el encuentro entre Isabel y Gil de Siloé,
por entonces el escultor más importante de los reinos peninsulares
y residente en Burgos.
Siloé, aunque de origen posiblemente flamenco,
quizás se había formado ya en Burgos,
en la cantería abierta por encargo de Alonso de Cartagena
en las torres a los pies de la catedral, debidas a Juan de Colonia.
(Casos similares eran los de Simón de Colonia y Juan Guas,
que, procedentes del Norte, tuvieron ya una formación hispana).
Aunque Siloé trabaja ya a finales del siglo XV,
se mantuvo ajeno a las nuevas corrientes italianas
y se convirtió en el mejor representante del gótico isabelino,
combinación de influencias mudéjares y flamencas
exclusiva de España.


A él encargará la reina los sepulcros de su hermano y sus padres,
que en la actualidad son considerados
obras de las más importantes del mundo en alabastro.
También fue obra de Siloé el retablo mayor,
en colaboración con el pintor Diego de la Cruz,
obra en la que figuran los reyes Juan e Isabel
a ambos lados de la Cruz.


El sepulcro que la reina Isabel encargó para su hermano Alfonso
estuvo terminado en 1492.
El de sus padres, don Juan y doña Isabel, en 1493.
Juan II finalmente, por orden de su hija,
sería inhumado en Miraflores, como había sido su voluntad.