domingo, 18 de septiembre de 2011

LA ORUÑA


En el camino que conduce a Oruña
unos cuantos árboles sin hojas
retuercen hacia el cielo sus ramas negras
como sintiendo aún
el dolor de los antiguos pobladores.


Camino bajo el cielo implacable
rodeada por los árboles doloridos,
asciendo por la ladera del cerro
en busca del poblado fantasmal.
Las ramas negras de los árboles sin hojas
son un lamento, un aviso, una amenaza
bajo el cielo implacablemente azul.
Llego al poblado.
Escucho.


Aquí vivieron
nuestros primeros antepasados.
Fieros guerreros.
Incluso los habitantes de este poblado,
mineros que extraían el hierro del monte sagrado,
herreros que forjaban espadas,
se convirtieron en altivos guerreros
para defender su libertad
frente a las legiones romanas.


Aquí vivieron.
Aquí hablaron una lengua antigua
que no conocemos.
Aquí ofrecieron sacrificios
a los dioses de la montaña.
Aquí forjaron las mejores espadas
con el hierro del Moncayo.


Aquí, en esta colina solitaria,
resonaron, hace tanto tiempo,
los rítmicos golpes del martillo
sobre el metal candente
en las rudimentarias fraguas.
Aquí un Siegfried desconocido
forjó su Notung
con la que defender la libertad.
Aquí quedan aún los restos
de los hornos de fundición
en los que el hierro de la montaña mítica
se transformaba en arma.
Aquí el brillo del carbón incandescente
alumbró los atardeceres.
El metal al rojo entraba en el agua
con un chasquido ronco,
dejaba un rastro de humo,
se templaba y se convertía en espada,
en las mejores espadas de Iberia,
en espadas con las que todos los poblados del valle
hicieron frente al invasor.

Durante años resonó por el somontano
la lucha contra el invasor.
Cada encuentro era una batalla a muerte.


Cuando los habitantes de La Oruña
supieron que su combate era inminente,
se encaminaron al Moncayo,
a la montaña mágica,
y en su seno, en medio del bosque
cuyos misterios conocían,
enterraron sus tesoros.
Después regresaron a la colina
dispuestos a morir
como hombres libres.


El cerro de La Oruña
se alza como un castillo
desde el que se controla el llano.
Aquí, en las noches de luna,
los celtíberos se reunían
y eran como lobos aullando
a los pies del Moncayo,
a los pies del hogar de los dioses,
a los pies del lugar de la magia.


El poblado
ofreció encarnizada resistencia
frente a las oleadas interminables
de legiones romanas.
La Oruña no se rindió.
Hombres y mujeres lucharon
con hondas, flechas, fuego,
con sus espadas hechas
con la entraña del monte.
Los romanos entraron en el pueblo,
combatieron calle por calle
y cuando murió el último habitante
quemaron las casas
y arrasaron el pequeño enclave
para borrar el rastro
de aquellos hombres que aullaban como lobos.


Ha quedado solo
el enigma siempre sin resolver de las piedras desmoronadas,
ha quedado solo una sombría capa de ceniza,
granos de cereal carbonizados
y el inextinguible eco de la violencia y la sangre
y unas sombras que se ocultan
en el monte sobrecogedor.

 

jueves, 15 de septiembre de 2011

TRASMOZ, III


El pueblo de las brujas.
Aquí viven las brujas.
En este gran páramo
a los pies del Moncayo,
en el Somontano.

Quizá fue el viento el que las trajo aquí,
el que las condujo a estas casitas
en torno del castillo ruinoso,
junto al cementerio.


En lo alto de la loma, al lado del castillo,
una oscura estatua de Bécquer
preside el paisaje vacío.


Quizá la han hecho las brujas
por la noche
y por eso es tan oscura.


En el cercano camposanto
las cruces están clavadas en el suelo,
torcidas, oxidadas.

Quizá las brujas se reúnen aquí
por la noche
para hablar con los muertos.


Son muertos inhumados en la tierra,
sin lápida, sin más protección
que una cruz mal clavada en el suelo;
pueden salir de sus tumbas fácilmente
para hablar con las brujas
por la noche.


Ladera abajo
se agrupan las casitas.
Las casitas del pueblo de las brujas.

Paseo por las callejuelas,
de vez en cuando me cruzo con alguna persona
y me pregunto si será una bruja
disfrazada.


Las casitas son raras,
sus moradores son raros,
me miran de un modo raro,
cuchichean,
sonríen con sonrisas raras.

Quieren darme miedo
pero no lo consiguen.
No saben que yo también
hablo con los muertos,
que yo también frecuento los cementerios,
que yo también conozco a los fantasmas que habitan
los castillos en ruinas.
No me asustan.
Escucho risitas y murmullos
tras las ventanas.
Escucho pisadas que me siguen.
Me vuelvo y no veo a nadie.
Escucho el viento que ha traído hasta aquí
a estas brujas amigas de Bécquer.


Quieren darme miedo
pero son brujas inofensivas.
Quieren darme miedo
para que me vaya y las deje
a solas con los muertos,
a solas con Bécquer.


No les gustan las visitas.
No les gusta que nadie se introduzca
en su vida rara.

No saben que mi vida también es rara,
que las entiendo,
que a mí tampoco me gustan los intrusos.
Que yo también conozco, como ellas,
a los habitantes de los castillos en ruinas.


Me voy y, mientras me alejo
por el sendero blanquecino,
sigo escuchando detrás de mí los cuchicheos
de las brujas que han erigido una estatua
a Gustavo Adolfo Bécquer
en medio del páramo
azotado por el viento del Moncayo,
en el Somontano.



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ACTUALIZACIÓN:

Abril de 2014:


(La Voz de Galicia, 25 de abril de 2014)

viernes, 9 de septiembre de 2011

MONCAYO


Viajaba en autobús.
En los asientos de al lado
iban un hombre y su hija.
Escuché al hombre decir a la muchacha:
“Ahí está el Moncayo”.
Ahora que he regresado, recuerdo esas palabras:
“Ahí está el Moncayo”.
Ahí está el Moncayo, omnipresente, sobrecogedor.


Un monte hecho de hierro y de viento,
de nieve y de miedo.
Desde lo alto de la montaña
se contemplan inmensas extensiones deshabitadas,
se contempla la ausencia.


Es tierra de solitarios pastores,
tierra de locos,
tierra de santos y asesinos.


Ahí se guarda la sangre de los héroes primitivos.
Ahí se forjan las espadas mágicas.

Ahí habitan los gnomos.
Gnomos transparentes
que conocen los caminos subterráneos.
Moran en el interior de la tierra,
en lo más hondo de la entraña del monte,
en cavernas profundas,
cuevas que no se ven,
escondidas tras los manantiales,
grutas ocultas por el agua.
Por las noches
bajan por la ladera del monte
y pueblan el vacío de la llanura.

Ahí viven los diablos y los dioses.
Ahí vive Lug.
Lug el Claro, Lug el Luminoso,
el dios develador de la luz y la sombra,
el dios del conocimiento y de la fuerza,
el dios de los guerreros, los magos y los músicos,
el dios del hierro y del toro,
el dios de la Vía Láctea.
Ahí viven Lug y sus legiones.


Hay que procurar que la noche
no nos sorprenda en este monte.
Hay que procurar salir de él
antes de que el cielo se oscurezca,
porque aquí se ocultan desde hace siglos
las sombras de dolientes guerreros mutilados.


Si pasas la noche en este monte,
puedes volverte loco.
Están los antiguos guerreros muertos,
vagando entre los árboles con sus muñones ensangrentados;
están los gnomos, a los que les irritan
las presencias extrañas;
están los viejos dioses cargados de ira
porque ya no reciben ofrendas;
están los diablos, deseosos
de que algún hombre caiga en sus añagazas.
Es un monte poblado de seres
sobrenaturales;
un monte peligroso;
un monte en cuya habitada oscuridad
es fácil perder la razón.
Demasiados sonidos indescifrables.
Demasiadas sombras que se mueven.
Pasos, risas, lamentos, gruñidos...
Y el viento, siempre;
un viento cargado de presentimientos,
de jadeos,
de manos invisibles que te rozan
con dedos de hielo.


Si pasas la noche en este monte
te cercarán fantasmas de guerreros
con heridas eternamente abiertas,
fantasmas sin manos, sin ojos, sin cabeza,
fantasmas que chorrean su sangre inagotable
que por la noche se mezcla con el hierro.
Fantasmas de guerreros derrotados
que reclaman lo único que les queda:
su libertad indeclinable,
su fiera muerte como seres libres.

Fueron amigos de las criaturas del bosque:
amigos de los lobos
con los que aprendieron a aullar a la luna
y amigos de los duendes
a los que encomendaron
la protección de sus bienes enterrados.
Por eso, nadie ha encontrado esos tesoros,
nadie los hallará jamás:
están protegidos por los gnomos transparentes
que habitan en esta montaña,
que en esta montaña conviven
con los guerreros muertos
y con sus viejos dioses.

Dioses fatigados,
dioses nostálgicos
de los antiguos sacrificios,
dioses airados
porque todos los hombres que creyeron en ellos
murieron en combate
a manos de soldados de otras tierras
que trajeron consigo dioses nuevos.
Los viejos dioses del Moncayo
quedaron confinados como sus hombres
en la montaña mágica.


Por eso esta montaña es tan peligrosa
cuando se hace de noche:
viven aquí muchos seres abrumados
por un pasado de dolor.


Sin embargo,
si alguien se atreve a hablar con muertos mutilados,
a enfrentarse a gnomos furibundos,
a arrodillarse ante dioses anhelantes de ofrendas,
quizás, si se aventura por esta tierra solitaria
en una noche oscura,
quizás encuentre aquí revelaciones
que lo marquen para siempre
y que le permitan a partir de ese instante
enfrentarse a la vida sin temor.

martes, 6 de septiembre de 2011

PIEDRA


Cuando se van los turistas
el lugar cambia.
Con la puesta de sol
avanza el silencio.
Un silencio profundo, largo, dorado
como el atardecer.
Los turistas se marchan y se llevan el ruido.
Queda un lugar silencioso
por el que pasean
los monjes blancos.
Monjes que resucitan cada noche
y salen a rezar
en el templo desmoronado.
Se arrodillan entre las piedras rotas
del templo del que fueron expulsados.


Hace tiempo que se derrumbó el techo
y ya no hubo nadie para reconstruirlo.
Cuando se hundió el techo
ya no quedaba nadie para reconstruirlo
porque los monjes habían sido expulsados.
Nadie recogió las piedras rotas,
nadie se cuidó de las estatuas.
Los monjes, silenciosos,
se arrodillan entre pedazos de ángeles
y rezan bajo el cielo.


Se han ido los turistas
y yo paseo entre las piedras rotas.
En el silencio
escucho las pisadas leves
de los monjes que salen de la cripta.
Callados, recogidos,
se van arrodillando en el espacio destrozado.


Hace un rato éste era un lugar ruidoso
pero los monjes saben
que cada tarde regresa el silencio
cuando se van los turistas.
Durante el día, aguardan en la cripta
escuchando el sonido interminable
del desmoronamiento.
Durante el día permanecen en la cripta;
los que vinieron a expulsarlos
los dieron por muertos.
Pero, cada tarde,
cuando el sol dora las piedras rotas
y los turistas marchan
llevándose consigo los gritos
y las conversaciones profanas,
el lugar destrozado recupera su carácter sacro,
el sol poniente penetra en las ruinas,
enciende luces entre el polvo,
se cuela en la cripta.


Y los monjes saben que ha llegado
el momento de recuperar su espacio.
Cada tarde, el sol poniente les devuelve el lugar
del que fueron expulsados.


Se han ido los turistas
y se han llevado el ruido.
En el intenso silencio que han dejado
me arrodillo entre las piedras rotas
del templo recuperado
y contemplo cómo la luz dorada
del sol poniente
resucita, como cada tarde,
a los monjes blancos.
En el gran silencio dorado
escucho sus pisadas blandas
y el leve rumor de los hábitos
y de los rosarios.


Nunca se fueron.
Ocultos en la cripta
aguardaron a que los expoliadores
los dieran por muertos
y así pudieron continuar para siempre
en su monasterio.


Ahora, cada día, siguen aguardando
a que termine el nuevo expolio,
cada día aguardan a que se vayan los turistas.


Y, cada tarde, los monjes escuchan la llamada
y salen de la cripta
para recuperar el espacio
que les arrebataron los hombres
y que el último sol del día les devuelve.