martes, 15 de noviembre de 2011

SAN JUAN DE LA PEÑA, III




Los cristianos, reunidos en asamblea en la cueva,
eligieron como soberano a don García Jiménez,
que fue pues el primer rey del Sobrarbe.

El nuevo monarca reclutó a cuantos guerreros pudo
e inició la reconquista.


Cuenta la tradición que en el año 724
García Jiménez ocupó Aínsa, la villa principal del Sobrarbe.
Así quedó fundada la nueva monarquía aragonesa.

A partir de entonces,
en San Juan de la Peña rezarán los reyes de Aragón
antes de emprender cualquier acción bélica.

En el 730, García Jiménez construyó la primera iglesia de San Juan,
excavada en la roca, junto al manantial.
La gruta de los anacoretas se transformó en templo.
Esa primitiva iglesia subterránea del Monte Salvador
es la más antigua del Pirineo.
En ella recibió sepultura el primer rey del Sobrarbe.

Como él, también sus sucesores
fueron enterrados en la necrópolis rupestre,
en sencillas tumbas abiertas en el suelo,
cubiertas con lajas y losas, sin inscripciones.

En el año 858, otro García Jiménez, rey de Pamplona,
también escogió el pequeño eremitorio
como lugar de enterramiento.

Otro tanto hizo, en el año 922,
el conde de Aragón Galindo Aznárez II,
que además enriqueció la edificación.

En los primeros años del siglo X,
durante el reinado de Sancho Garcés I,
hijo de García Jiménez
y rey de Pamplona entre el 905 y el 925,
ante el avance de las tropas de Abderramán III,
nuevos grupos de fugitivos
se refugian en las proximidades de San Juan.
La iglesia se amplía con nuevos altares.
Se funda un monasterio de cenobitas:
Termina el anacoretismo
y se inicia la vida monástica, la vida en común;
una comunidad primitiva, sin reglas preestablecidas.

El rey de Navarra Sancho II García
continuó con la política de protección del cenobio.
La fama de San Juan de la Peña fue en aumento.
Se convirtió en sede del único obispo que tenía entonces Aragón.


***


Sancho Garcés III, Sancho el Mayor, hijo de Sancho II,
reinó en Pamplona, Aragón, Sobrarbe y Ribagorza.
En el Panteón Real de San Juan
habían sido enterrados los primeros caudillos del reino.
Sancho Garcés III el Mayor, en varios privilegios,
se refiere a San Juan de la Peña diciendo
“ubi est spes ac fiducia nostra”,
“ubi tumulantur parentum meorum corpora”.

Hacia el año 1000, en torno a la iglesuela,
Sancho el Mayor hizo reconstruir el cenobio,
para honrar los sepulcros de sus antepasados.
Un espacio donde recordar el legendario reino de Sobrarbe,
el origen de Aragón.

En la roca se construyó un salón, una cripta...
Tomando como bóveda la gran peña horadada,
se prolongó la iglesia,
se abrieron estancias adjuntas en el seno de la roca:
un húmedo dormitorio, una rudimentaria sala capitular....
Junto a las salas del subterráneo monasterio,
en una dependencia minúscula,
se dejó espacio para el permanente fluir del agua
desde el interior de la montaña.
Este primitivo monasterio era una construcción lóbrega,
abierta en la piedra,
como una fortaleza preparada para la batalla.
Eran tiempos de guerra.


Continuando su plan de engrandecimiento del cenobio,
en 1025 don Sancho instaló aquí a los monjes benedictinos,
desconocidos hasta entonces en la Península:

El día 21 de abril de 1025
se reunían en el monasterio de Leire,
como lugar más céntrico,
el rey Sancho el Mayor,
su madre doña Jimena, su mujer doña Mayor,
los cuatro hijos del monarca,
los obispos de Pamplona y Aragón
y los más ilustres magnates
para firmar la escritura
de introducción en el monasterio de San Juan
de la reforma cluniacense,
el modelo monástico que unificaba Europa.
Para solemnizar el acto, se donó a la nueva institución
la villa de Bailo.
Así quedó establecida
la primera casa cluniacense en España.
Los monjes que implantaron la reforma
eran todos españoles
y el gran cenobio aragonés siguió siendo autónomo,
mantuvo su independencia respecto del abad de Cluny,
pero se constituía en puerta de europeización.

San Juan pronto se convertirá
en el monasterio más importante de los reinos hispánicos.

Sancho el Mayor oraba en San Juan de la Peña
durante la Cuaresma,
rogando a Dios por la ampliación de sus estados,
y los monjes oraban con él
por el monarca y por el Reino.


***


Muerto el rey Sancho
y separado Aragón de Navarra,
Ramiro I, su hijo,
retomó la labor reformadora de su padre.

Ramiro I

El 25 de junio del año 1062
se celebraba en San Juan un Concilio
presidido por el rey Ramiro y el obispo Sancho
en el que se dispuso que todos los obispos de Aragón
fuesen monjes de San Juan de la Peña.
Las Asambleas de San Juan,
a un tiempo concilios y reuniones guerreras,
serán el precedente de las Cortes de Aragón
y desde el monasterio
vigilaron la gobernación del país
mientras el rey estaba en la guerra.

En la guerra,
Ramiro I echó definitivamente a los moros
de Sobrarbe y Ribagorza.
El 8 de mayo de 1063,
moría en el asedio de Graus al mando de sus vasallos,
luchando frente a Rodrigo Díaz de Vivar
y al gran ejército del rey moro de Zaragoza:
Un soldado árabe, llamado Sadaro,
que hablaba romance,
se acercó al real de Ramiro disfrazado de cristiano
y le clavó una lanza en el rostro.

Ramiro I

Ramiro recibió sepultura en el monasterio.
En su testamento,
hecho en San Juan de la Peña en marzo de 1061,
denomina a los monjes del cenobio “meos magistros”.

Ramiro I y Sancho Ramírez

En él había sido educado
y en él se educarán sus sucesores:
El Conde de Ribagorza, Sancho Ramírez,
hijo primogénito, aunque bastardo, de Ramiro.
El otro Sancho Ramírez, el heredero.
Pedro, nieto de Ramiro,
que tuvo como preceptor al monje Pedro
que será obispo de Jaca.
A lo largo de un siglo
los infantes de Aragón se criaron en la casa monástica
y sus ayos y maestros fueron los monjes.
San Juan se convirtió casi en sede de una corte
que no poseía un alojamiento estable.
El Reino de Aragón se hallaba
en periodo de consolidación y expansión.
En este lugar frío y aislado los hijos de los reyes
crecieron fuertes, duros y orgullosos,
dispuestos para una vida de milicia;
en el rigor de las tierras altas
se preparaban para combatir en el llano.
Eran reyes forjados para la guerra.

Designado por don Ramiro como mausoleo familiar,
San Juan fue el templo y el panteón de la nueva dinastía,
de Ramiro I, primer monarca de Aragón,
y de sus sucesores: Sancho Ramírez, Pedro I.

Ramiro I y Sancho Ramírez

Junto con los monarcas,
también los ricos-hombres eran enterrados en el monasterio,
y a sus sepulturas se reservó el Panteón de Nobles.
Aquí fueron enterrados los reyes de la dinastía pirenaica
y los guerreros de la época heroica.
Los monjes eran inhumados en el frío suelo del templo,
frente a la pétrea cabecera,
en toscos sepulcros antropomorfos
excavados en la entraña del monte.

Sancho Ramírez, juramento

En 1071, Sancho Ramírez
continúa la obra reformadora de sus antepasados.
El rito gótico es abolido en el monasterio de San Juan:
La iglesia de San Juan de la Peña
fue la primera en España que ofició en rito romano
en sustitución de la liturgia mozárabe.
Entonces resonaron por vez primera en la Península
las preces gregorianas.
La hora tercia fue la última en rito mozárabe
y la sexta la primera en rito romano.
Era martes 22 de marzo de 1071,
segunda semana de Cuaresma,
con el Rey y la corte en el monasterio,
como acostumbraban.
El rey Sancho Ramírez
recibió el título de Cristianísimo Príncipe.
San Juan se convirtió en canal de introducción
de las reformas litúrgica y monástica.
Junto con el canto gregoriano,
se introdujo hasta un nuevo tipo de letra, la carolina,
en detrimento de la visigótica, de difícil lectura.

Quizás el Santo Cáliz se trasladó a San Juan,
pocos años después,
para engrandecer la nueva liturgia.
En 1082, durante el reinado de Sancho Ramírez,
el Grial fue llevado a San Juan:
El obispo de Jaca se retiró al monasterio,
donde había sido monje antes de ser obispo,
y se llevó consigo el Grial, que se hallaba en la catedral de Jaca.

Sancho Ramírez, muerte

Sancho Ramírez reedificó el monasterio,
hasta entonces oculto en el interior de la cueva,
para alojar adecuadamente la Copa.
El rey dispuso la construcción de un nuevo edificio,
templo y cenobio,
sobre la primitiva ubicación rupestre.
El santuario primero quedó subterráneo.
La nueva iglesia, que, como la anterior,
hunde su triple ábside en la roca que le sirve de bóveda,
se levantó sobre la antigua,
que se mantuvo a modo de cripta bajo el edificio superior.
Inicialmente, entre la bóveda natural de la cabecera y la de la nave
quedaba un espacio abierto
a través del cual el sol inundaba el templo.

Pedro I

La nueva iglesia se consagró el 4 de diciembre de 1094,
reinando ya Pedro I.
La consagración se recoge en documentos
de la colección diplomática de don Pedro:
«La otra ocasión en que el Rey don Pedro
dexó el exército y subió a San Juan de la Peña
fue acompañado de sus ricos hombres
y de muchos Obispos y Prelados,
para celebrar, como celebró con gran solemnidad,
la dedicación y consagración del templo que oy gozamos,
el qual avía dexado casi concluido su padre el Rey don Sancho.
Hizose esta consagración por Amato,
Legado Pontificio del Papa Urbano II,
que estaba con el Rey en el exército
animando a la expedición santa de la conquista de Huesca.
Asistieron a este acto, además del Rey don Pedro,
su tía la Condesa doña Sancha,
y los ricos hombres de su Reyno,
y el Obispo don Pedro de Jaca.»

En 1096, durante la Primera Cruzada,
Pedro I, fiel amigo del Cid,
recupera Huesca, llave para el avance hacia Zaragoza.
El obispo Pedro, que restituyó la sede a Huesca
luego que esta ciudad se ganó a los moros,
había sido monje benito de San Juan de la Peña.

Pedro I,
como su padre Sancho Ramírez y su abuelo Ramiro I,
fue enterrado en San Juan.

Pedro I

Aquí los monjes cluniacenses custodiaron el Cáliz
bajo la protección de los monarcas.
Y aquí surgió la leyenda.

jueves, 3 de noviembre de 2011

SAN JUAN DE LA PEÑA, II



En el Norte de Hispania
habían proliferado los eremitorios
durante el reinado de los visigodos.

En el año 711 tiene lugar
la invasión árabe capitaneada por Tarik y Muza
y facilitada por el conde godo Don Julián,
“el hombre más malo del mundo”,
que será enterrado a la puerta
de la iglesia de San Pedro de Loarre
para que todo el mundo pisara su tumba.
Don Rodrigo es derrotado en Guadalete
y el ejército islámico avanza con rapidez por la Península Ibérica,
arrasando a su paso todos los templos cristianos.
Abd El Malik no respetó iglesia alguna en Aragón.


Muchos cristianos buscaron refugio en cuevas,
acogiéndose al amparo de los anacoretas
en sus santuarios rupestres.

Estos eremitorios eran abundantes
y algunos han perdurado hasta la actualidad,
pero ninguno llegó a alcanzar la relevancia
de la gruta del Monte Salvador.


***


En esa caverna ancestral, bajo la cúpula natural de roca,
en tiempos de los godos
un anacoreta fundó un pequeño oratorio,
un santuario oculto, un recinto sagrado.

En el siglo VIII,
un caballero cristiano, de caza, persiguiendo a un ciervo,
llegó al extremo de la inmensa peña
que hay en lo alto del monte Salvador.
Al borde del precipicio, en peligro de caer,
invoca a San Juan Bautista
y su caballo se detiene.
El caballero, salvado, desmonta y recorre la zona.
Entre la vegetación encuentra la gruta
y en ella la pequeña ermita
y los restos de su ermitaño.
El caballero mozárabe, llamado Voto,
vuelve a Zaragoza, vende sus bienes
y regresa a la ermita para vivir allí.
Le acompaña su hermano Félix;
ambos se instalaron en el oratorio
y continuaron la vida eremítica
en aquel lóbrego recinto hecho para la meditación.

Algún tiempo después, trescientos guerreros cristianos,
mal pertrechados, fatigados y desanimados,
se refugiaron en la cueva de los anacoretas.

Voto y Félix, de noble familia visigoda,
predicaron la rebelión
e impulsaron el inicio de la reconquista.


***


Desde aquel retiro, los eremitas
fueron los inspiradores espirituales de la lucha
por la recuperación de las tierras arrebatadas:

Tras la invasión musulmana,
los ermitaños dieron cobijo a los cristianos fugitivos
y les aconsejaron organizarse como una monarquía,
tal como era la Hispania goda antes de la invasión.


A lo largo de los años,
los anacoretas conservarán el recuerdo de la patria,
del reino desmoronado,
y lo transmitirán a los refugiados.
Devolverán el coraje guerrero a los caudillos desmoralizados,
se convertirán en consejeros de los nuevos reyes.

Desde aquella modesta edícula se emprendió la restauración.
Desde aquel primitivo cobijo se propagó la consigna:
Rezar y combatir.
Allí se soñó con recobrar lo perdido,
allí fraguó el impulso,
desde allí se acometió la gran empresa.
Allí se forjó un reino. Aquél fue el origen.

En aquel lugar donde la verdad es el mito,
en aquella montaña donde la historia es la leyenda,
monarcas y caballeros, monjes y obispos,
unieron sus fuerzas y sus esperanzas
para reconstruir la tierra rota.

martes, 1 de noviembre de 2011

SAN JUAN DE LA PEÑA, I



Grial...
Así llamaban el Arcipreste y todavía Cervantes
a cualquier modesto vaso, a una copa corriente.
En todas las lenguas romances de la Península
existió esa palabra.
El término “greal” designaba un objeto de uso cotidiano,
un recipiente.


La leyenda del Grial
surgió en un lugar cercano a la frontera francesa.
Las narraciones situarán su Templo en los montes ibéricos,
en los confines de la España cristiana y la España árabe.


***


“La entrada a un mundo de roca espiritual
rodeado de bosques de leyenda”.
Así definió Unamuno el monasterio de San Juan de la Peña.
Un “paisaje del alma”.


Es un enclave en la montaña, en pleno Pirineo,
desde lo alto del cual se contempla
todo el territorio del primitivo Condado de Aragón.


Un paraje situado entre peñascos escarpados,
profundas grutas, intrincados bosques
y cascadas procedentes del deshielo
que caen desde los riscos a los abismos rocosos.
Un lugar solitario, recóndito y seguro,
grandioso, enigmático y atemorizador,
envuelto en el misterio.
Un lugar maravilloso.


Es un enclave alejado de núcleos habitados.
Aislado, por lo penoso de su acceso
y por no ser paso a ninguna otra parte.
Pero cerca del Camino de Santiago,
de la vía que desde Jaca se dirige a Navarra.


Allí, en lo alto, tras un difícil ascenso
por estrecha y empinada senda,
hay una cueva bajo una gran roca,
oculta por la densa vegetación,
junto a una fuente de la que el agua mana en abundancia.


Una cavidad orientada hacia el Norte,
lóbrega, fría y húmeda.
San Juan de la Peña, en el Monte Salvador.


***


De ese lugar misterioso
que en época visigoda fue refugio de anacoretas
se hablará aún siglos después;
sobre ese lugar se escribirán óperas;
de ese lugar se dirá:


«En tierras lejanas,
inaccesibles para vosotros,
se encuentra una fortaleza
llamada Montsalvat.


En su centro se yergue
un majestuoso templo,
tan espléndido
que en la tierra nada hay
tan precioso como él.


En su interior
se guarda un cáliz
bendito y milagroso,
como bien más preciado.
Una corte de ángeles celestiales
lo trajo a la tierra
para que fuese custodiado
por los hombres más virtuosos.
Cada año una paloma
desciende del cielo
para infundir nueva fuerza
a su poder milagroso.


Es conocido como el Grial,
y de él reciben los caballeros
la fe más pura y gloriosa.
Quien es escogido
para servir al Grial
recibe de éste un poder sobrenatural.
Contra él nada puede
la mentira del hombre malvado
y en su presencia
la noche de la muerte se desvanece... »

(Lohengrin, Wagner)


En ese mismo escenario sitúa Wagner
el desarrollo de otra de sus óperas, Parsifal:


En el Castillo del Grial, llamado “Montsalvat”,
en las montañas del norte de la España gótica.
Un camino asciende hacia él a través del bosque.


Entre grandes rocas se abre una amplia cueva,
galerías pétreas
y la gran nave del templo del Grial:
Una vasta sala a ambos lados de la cual hay sendas puertas.


Un templo “en una umbría selva”, canta Lohengrin.