sábado, 2 de mayo de 2015

BURGOS. Catedral. Cofre de El Cid



“La verdad está en el cofre”
Jesús González Requena
Conferencia. 4º Congreso Internacional de Análisis Textual
Segovia, 10 de noviembre de 2006

*** 


Hablaremos del cofre del Cid.

Se encuentra emplazado, desde no se sabe claramente cuándo, en la catedral de Burgos.

Foto: Burgoscity

Y por eso, promovido de manera popular a un estatuto sagrado del que hoy en día nadie parece querer hacerse cargo. Es un cofre de leyenda, y, en esa misma medida, uno desautorizado por los historiadores.

Esta foto es la que actualmente puede encontrarse tanto en la página web del Instituto Cervantes como en la de la ciudad de Burgos:


Véanlo ahora en otra más antigua, de 1974, tal y como aparecía en una vieja guía turística de la ciudad. Estaba entonces todavía sin barnizar. Pero en ella resulta bien palpable que ese carácter sagrado que le confiere el encontrarse colgado en una pared de la catedral tiene relación con la historia misma de Castilla:


Y por cierto que en las guías artísticas más recientes de la ciudad ya no suele aparecer. Es éste otro de los signos de esa incomodidad que el cofre plantea a unos y otros. Para apreciarlo, basta con constatar con qué grado de desapego se habla de él incluso en la página web de la Catedral que lo alberga:

«La Capilla del Corpus Christi [...] En su interior se guarda el llamado Cofre de El Cid, que recuerda la leyenda del poema medieval del Mío Cid, que en realidad es un arcón del siglo XIV, que sirvió para guardar los documentos más importantes de la catedral».

La farragosa redacción hace evidente que sus autores no se han atrevido a poner un pero entre Mío Cid y la realidad, pero resulta igualmente evidente que no les han faltado las ganas de hacerlo.

"La Capilla del Corpus Christi [...] En su interior se guarda el llamado Cofre de El Cid, que recuerda la leyenda del poema medieval del Mío Cid, [pero] que en realidad es un arcón del siglo XIV, que sirvió para guardar los documentos más importantes de la catedral."

Como ven, nadie quiere acordarse de la leyenda.

Aunque esta palabra, leyenda, resulta demasiado blanda para nombrar lo que nos ocupa: prefiero por eso la de mito, pues de un mito se trata. Y es ese mito el que hace, de este cofre, un símbolo.

Algo sólo alcanza el estatuto de símbolo si es constituido como tal en un relato mítico. Tal es lo que le confiere su estatuto sagrado.

No es ésta una afirmación excesiva. Eso puede leerse, con un poco de atención, en este desapegado texto de la página web de la catedral.

En el mismo momento en que sus autores tratan de deshacerse de lo que consideran tan sólo una leyenda enojosa, nos suministran una información en extremo valiosa que confirma esa dimensión de sacralidad.

Pues si nos dice que ese cofre no es realmente el del Cid, nos dice igualmente que sí es, en cambio, realmente, el que durante el siglo XIV sirvió para guardar los documentos más importantes de la catedral.

De manera que los documentos más importantes de ese recinto sagrado fueron puestos bajo la advocación del Cid.

Ningún sitio más seguro para ellos que su cofre.


Pero vayamos al mito.

En él se narra que cuando el Cid fue desterrado por el rey Alfonso a causa del juramento de Santa Gadea…

Pero claro, casi nadie ya recuerda aquello del juramento, hecho histórico para Menéndez Pidal, sólo leyenda para otros historiadores más modernos.

Hay algún estupendo romance que lo narra:

En Santa Águeda de Burgos, do juran los hijosdalgo…

El rey Sancho, del que el Cid era el alférez, murió asesinado y había buenos motivos para sospechar de su hermano Alfonso, quien le sucedería como rey de Castilla. Ante la sospecha, el Cid obligó al nuevo rey, Alfonso, a jurar sobre la Biblia que nada había tenido que ver con la muerte de su hermano.

Pues bien, a expensas de ese juramento, el rey, rencoroso hacia Rodrigo Díaz, lo desterró de su reino. Y así se vio Rodrigo expulsado de Burgos, acampado con sus hombres extramuros, junto al río, y sin un duro para mantener a sus mesnadas.

El Cantar de Mío Cid narra entonces, por boca del propio Cid dirigiéndose a su amigo Martín Antolínez, la estratagema de la que éste se valió para obtener el dinero que necesitaba.

Gastado ya tengo ahora todo mi oro y mi plata;
bien lo veis, buen caballero, que ya no me queda nada;
necesidad de ello tengo para quienes me  acompañan;
a la fuerza he de buscarlo si a buenas no logro nada.
Con vuestro consejo, pues, quiero construir dos arcas;
las llenaremos de arena para que sean pesadas,
de guadamecí cubiertas y muy bien claveteadas.

Los guadalmecíes rojos y los clavos bien dorados.
Buscad  a Raquel y Vidas, decidles que me han privado
el poder comprar en Burgos, y que el rey me ha desterrado,
y que llevarme mis bienes no puedo, pues son pesados;
y empeñárselos quisiera por lo que fuese acordado;
que se los lleven de noche y no los vean cristianos.
Que me juzgue el Creador, junto con todos sus santos,
que otra cosa hacer no puedo, y esto por fuerza lo hago.

Martín Antolínez llega entonces ante los prestamistas judíos, y les dice que esas dos arcas del Cid están repletas de oro que éste no puede llevarse y que les deja en prenda a cambio del dinero que necesita, con una sola condición: que no podrán abrirlas antes de que pase un año desde el momento de la entrega.

Condición ésta que los avezados prestamistas aceptan felices, sin ni por un momento poner en duda que las arcas contengan un gran tesoro.

Sigue luego, en el mito como en el Cantar, la historia de las batallas del héroe que nunca conoció derrota… Pero concluye aquí, al menos aparentemente, el tema del cofre.

¿Qué motiva entonces que ese cofre sea entronizado en el espacio sagrado de la catedral?

Que se ha convertido en símbolo del valor mismo de la palabra del Cid, cosa que cristalizará en un romance posterior, recogido por Juan de Escobar en su Historia y romancero del Cid, publicado en Lisboa, en 1605.
(MENÉNDEZ PIDAL, 1938: Flor Nueva de Romances viejos):

DE CÓMO EL CAMPEADOR
ENVIÓ A BUSCAR SU MUJER Y SUS HIJAS A CASTILLA

Y vos, Martín Antolínez,
con Alvar Fáñez andad,
y a los honrados judíos
Raquel y Vidas llevad
los tres mil marcos de plata
que vos quisieron prestar;
pagadles la logrería,
otros mil marcos de más.
Rogarles heis de mi parte
que me quieran perdonar
el engaño de los cofres
que en prenda les fui a dejar,
porque con cuita lo hice
de mi gran necesidad;
y aunque cuidan que es arena
lo que en los cofres está,
quedó soterrado en ellos
el oro de mi verdad.

Como se ve en él, es pues la palabra del Cid –cuyo peso no es menor que el de la arena que llena el cofre– lo que esos cofres encierran y simbolizan.

No hay duda de que el juramento de Santa Gadea resuena como fondo de todo ello.

Así, el cofre da cuenta de cómo Castilla puso el fundamento de la soberanía no en la persona del rey, sino en la honestidad de su palabra que sólo porque le ataba a él el primero ataba a él, luego, a todos sus caballeros.

Pude encontrar su inscripción en la guía turística:

«El famoso cofre del Cid, que, según la leyenda, sirvió de aval en el préstamo hecho a don Rodrigo por los judíos Vidas y Raquel, pese a que en su interior no había el oro que éstos presumían, sino tan sólo la valiosa palabra del héroe».

La encontré allí, pero cabe añadir que casi en ningún otro sitio.

Pues, para mi asombro, ninguno de los estudiosos del Cantar –y son muchos– hacen de él la menor referencia. Para ellos, el del cofre es un tema menor del poema, atractivo por su hábil narrativa y su componente humorístico, pero carente de toda autenticidad histórica y –éste es tema de discusión entre algunos de ellos– más o menos antisemita.

¿Desconocen entonces esa resonancia simbólica del cofre que encontraría tan poderosa expresión en el romance que acabo de mostrarles? En mi opinión, sin duda que no, los españoles al menos. Pero prefieren ignorarla porque piensan que el propio Cantar la desautoriza absolutamente.

Veamos el motivo: a mitad del Cantar de Mío Cid, y cuando en la historia que cuenta han pasado ya tres años desde la partida de Burgos, reaparece de manera breve e inesperada el tema del cofre.

A estas alturas, las victorias del Cid se han multiplicado hasta alcanzar su cima con la conquista de Valencia, y ésta, a su vez, ha puesto al alcance de la mano del héroe su mayor deseo: el levantamiento del destierro y, con él, la reconciliación con el rey. Minaya Alvar Fáñez es entonces escogido por el Cid para llevar al rey sus presentes y traer hasta Valencia a su esposa Jimena y a sus hijas, doña Elvira y doña Sol.

Alvar Fáñez lleva consigo en este viaje mucho dinero de parte del Cid, tanto para el abad que ha cuidado de sus mujeres como para comprar ricas ropas a éstas. Justo cuando lo ha gastado de acuerdo con esas instrucciones, irrumpen de nuevo fugazmente los prestamistas:

Así lo cuenta el Cantar:

Cuando todo está comprado y dispuestos a marchar,
y el buen Minaya Álvar Fáñez se dispone a regresar,
he aquí a Raquel y Vidas que a sus pies van a rogar:
"¡Merced, Minaya Álvar Fáñez, caballero de fiar!
el Cid nos ha arruinado si no nos quiere pagar;
la ganancia perderíamos si nos diese el capital."
"Yo se lo diré a mío Cid si Dios me deja llegar.
Por lo que con él hicisteis buena merced os dará."
Dijeron Raquel y Vidas: "¡Mándelo así Jehová!;
si no, saldremos de Burgos y lo iremos a buscar."

No hay duda, pues, sobre esto: han pasado tres años y el Cid no ha cumplido su palabra. Raquel y Vidas han debido abrir el cofre y descubrir que sólo había arena en su interior. De ahí su desesperación.

¿Naufraga con ello el símbolo del cofre?

Eso, al parecer, han acordado todos los estudiosos cidianos. Para ellos, ese romance posterior no puede ser más que una elaboración tardía y bienintencionada, pero demasiado lejana tanto de la verdad histórica como de ese texto, fundacional de la épica española, que es el Cantar de Mío Cid.


Voy a tratar de demostrar que, por lo que al tema del cofre se refiere, el romance tardío está mucho más cerca, comprende mucho más profundamente el Cantar de Mío Cid, que todos los estudios cidianos posteriores.

¿En qué me fundo?

En primer lugar, en la contumacia con la que la catedral de Burgos, contra viento y marea –y a pesar de esa evidente incomodidad de sus gestores–, ha conservado como sagrado ese cofre del que se sabe, sin embargo, que nunca perteneció al Cid histórico.

Pero también por otros motivos.

Conviene ir al comienzo mismo del Cantar para precisarlos.

Y comenzar a leerlo olvidando por un tiempo el tema mismo del cofre, para así, cuando este aparezca, dejarnos sorprender por la forma misma de su irrupción. Ello quizás sirva, por otra parte, para recordar la desnuda y áspera belleza de una obra maestra de la literatura que hoy ya casi nadie lee.

Por sus ojos mío Cid va fuertemente llorando;
volvía atrás la cabeza y se quedaba mirándolos.
Miró las puertas abiertas, los postigos sin candados,
las alcándaras vacías, sin pellizones ni mantos,
sin los halcones de caza ni los azores mudados.

Falta, al códice del Cantar de Mío Cid, la primera hoja, y eso hace que comience así, en media res, con tal poderosa intensidad, y sin que quede motivado el Destierro del Cid.

Además, ese desvanecimiento del motivo da toda su resonancia al tema básico de la soledad del héroe, expulsado al espacio exterior y confrontado por ello a la experiencia del desarraigo.

Así, todo comienza con un extraordinario primer plano del Cid que llora –Por sus ojos mío Cid va fuertemente llorando– mientras se aleja quizás de su casa para siempre –aunque esto él todavía no puede saberlo.

Conviene dar toda su importancia a los ojos como localización de ese llorar. Pues hace de él un llorar mudo, del todo diferente al que se deduciría si esos ojos desaparecieran del verso:

Mío Cid va fuertemente llorando.

Pues todo nos invitaría entonces a imaginar la presencia de gemidos que acompañaran esas lágrimas.

Por el contrario, la expresión escogida –Por sus ojos mío Cid va fuertemente llorando– da, a ese llorar, un mutismo absoluto: la intensidad de esas lágrimas que emergen en los ojos del héroe resuenan visualmente sobre un denso silencio que se hace palpable en los versos que siguen y que describen los espacios que Mío Cid abandona.

Estos emergen de inmediato, tras un giro de cabeza –volvía atrás la cabeza y se quedaba mirándolos– en una serie de contraplanos subjetivos que responden al inicial primer plano del héroe recorriendo todo lo que deja.

Miró las puertas abiertas, los postigos sin candados,
las alcándaras vacías, sin pellizones ni mantos,
sin los halcones de caza ni los azores mudados.

Destaca, de estas imágenes, sin duda diurnas, su nitidez tanto como su silencio: así se manifiesta en la precisión de los detalles –las puertas abiertas, los postigos sin candados, las alcándaras vacías…– que perfilan esa imagen global de espacio vacío y abandonado.

Lo que, a su vez, da un nuevo matiz al llorar del Cid: no sólo es mudo, sino que sus lágrimas no nublan su mirada: todo se ve nítido, densamente perfilado. Todo o, para ser más exactos, el frío vacío de lo que se pierde para siempre.

Suspiró entonces mío Cid, de pesadumbre cargado,
y comenzó a hablar así, justamente mesurado:
"¡Loado seas, Señor, Padre que estás en lo alto!
Todo esto me han urdido mis enemigos malvados."

El suspiro que sigue anota la aceptación de los hechos, la capacidad de no perder el control, de mantenerse justamente mesurado.

Y su mesura se manifiesta de inmediato en su acatamiento de ese Dios al que alaba, en el momento mismo en que su conciencia es invadida por las imágenes turbias de sus enemigos malos.

¿Es necesario que les señale cómo aflora en ello una de las más evidentes utilidades psíquicas de Dios?: cuando el mal todo parece invadirlo, resulta imprescindible para el justo la certeza de que, a pesar de todo, alguien contempla la justicia de su resistencia.

Pero volvamos al Cid. De Vivar se dirige a Burgos, la entonces capital del reino de Castilla.

Ya aguijaban los caballos, ya les soltaban las riendas.
Cuando de Vivar salieron, vieron la corneja a diestra,
y cuando entraron en Burgos, la vieron a la siniestra.

La soledad de los desterrados es subrayada por ese expresivo detalle: la corneja que vuela sobre ellos. Pues eran tiempos estos en los que las aves eran vividas como animales asociados al agüero.

Movió mío Cid los hombros y sacudió la cabeza:
"¡Albricias, dijo a Álvar Fáñez, que de Castilla nos echan
mas a gran honra algún día tornaremos a esta tierra!"

La honra, el honor, el retorno a Castilla: así queda localizado, desde el principio, el motivo central del deseo del Cid. Pero todo ello depende de la palabra del Rey, en tanto Destinador del relato.

Resulta obligado, entonces, hacerse cargo de la ingente, propiamente titánica, tarea del héroe: hacer frente ni más ni menos que a la falla del padre simbólico.

Y observen también, por cierto, que esa falla no se localiza en el significante del Nombre del Padre –pues ese está ahí, netamente establecido, en la Figura del rey Alfonso.

Pero sucede que, aunque ese significante está, el sujeto que lo encarna –el rey– no lo sostiene, sino que, como se manifiesta a continuación, literalmente, lo traiciona con su acto de enunciación.

Mío Cid Rodrigo Díaz en Burgos, la villa, entró;
hasta sesenta pendones llevaba el Campeador;
salían a verle todos, la mujer como el varón;
a las ventanas la gente burgalesa se asomó
con lágrimas en los ojos, ¡que tal era su dolor!
Todas las bocas honradas decían esta razón:
"¡Oh Dios, y qué buen vasallo, si tuviese buen señor!"

Y el poema que comienza con unos ojos que lloran –los del Cid– da paso a otros ojos –multitud– que le miran –salían a verle todos, la mujer como el varón.

La referencia a las ventanas por las que se asoman –a las ventanas la gente burgalesa se asomó– enfatiza ese predominio de lo visual y esa insistente referencia a los ojos –pues, como se sabe, las ventanas se abren a la mirada.

Y las lágrimas inundan ahora los ojos de todos los burgaleses –con lágrimas en los ojos, ¡que tal era su dolor!

El acento pasa, entonces, de los ojos a las bocas –Todas las bocas honradas decían esta razón.

Como el Cid hace bien poco, son ahora las mujeres y los hombres de Burgos quienes ponen a Dios por testigo de esa falla, la del Rey, que quiebra la cadena simbólica, en éste que sin duda es el más célebre de los versos del poema: "¡Oh Dios, y qué buen vasallo, si tuviese buen señor!"

Y por buen motivo, pues en él resuena toda la magnitud épica del héroe: porque entre Dios y el fiel vasallo falla la figura del Rey, corresponderá al Cid soportar, en el nombre de Dios, ese fondo mítico sobre el que se soporta el padre simbólico, la falla del que ocupa el lugar del Destinador.

Les decía que el Cantar nos conducía de los ojos –que lloran– a las bocas –que nombran el ultraje.

Pues bien, en esa cadena aparece, de manera lógica, la donación que debería materializar la relación entre El Cid y el pueblo –pues no debe olvidarse que el pueblo castellano está en deuda con el héroe que hizo jurar al rey en Santa Gadea.

De grado le albergarían, mas ninguno se arriesgaba:
que el rey don Alfonso al Cid le tenía grande saña.
La noche anterior, a Burgos la real carta llegaba
con severas prevenciones y fuertemente sellada:
que a mío Cid Ruy Díaz nadie le diese posada,
y si alguno se la diese supiera qué le esperaba:
que perdería sus bienes y los ojos de la cara,
y que además perdería salvación de cuerpo y alma.

Pero es una donación imposible, prohibida. Es el rey quien la prohíbe, y su dictado, para obtener mayor rotundidad, se materializa en forma de carta:

La noche anterior, a Burgos la real carta llegaba
con severas prevenciones y fuertemente sellada.

Y ese dictado, el de la palabra escrita del rey, es el de un destierro radical: no sólo expulsa al Cid de la ciudad sino que, en cierto modo, pretende expulsarle del mundo de lo visible, decretando que nadie le mire, que le ignoren absolutamente, y así amenaza con sacar los ojos –los ojos, pues, otra vez– a quienes intenten ayudarle.

que a mío Cid Ruy Díaz nadie le diese posada,
……
que perdería sus bienes y los ojos de la cara.

Así, acatando, sumisos, el dictado del rey, todos le vuelven la espalda

Gran dolor tenían todas aquellas gentes cristianas;
se escondían de mío Cid, no osaban decirle nada.
El Campeador, entonces, se dirigió a su posada;
así que llegó a la puerta, encontrósela cerrada;
por temor al rey Alfonso acordaron el cerrarla,
tal que si no la rompiesen, no se abriría por nada.

Una ciudad, pues, finalmente, acobardada. Enmudecida y cegada.

La puerta cerrada de la posada –así que llegó a la puerta, encontrósela cerrada– escribe la fractura radical. Ni alimentos, ni miradas, ni palabras. El héroe, pues, condenado a la muerte social.

La tensión crece por momentos:

Los que van con mío Cid con grandes voces llamaban,
mas los que dentro vivían no respondían palabra.
Aguijó, entonces, mío Cid, hasta la puerta llegaba;
sacó el pie de la estribera y en la puerta golpeaba,
mas no se abría la puerta, que estaba muy bien cerrada.

Y cuando está a punto de desencadenarse la respuesta violenta de los desterrados contra la ciudad que les abandona, es cortocircuitada en seco por la irrupción de una niña de nueve años que dejará honda huella en muchos –entre ellos Manuel Machado, quien llegará a dedicarle un notable poema cidiano.

Una niña de nueve años frente a mío Cid se para:
"Cid Campeador, que en buena hora ceñisteis la espada,
sabed que el rey lo ha vedado, anoche llegó su carta
con severas prevenciones y fuertemente sellada.
No nos atrevemos a daros asilo por nada,
porque si no, perderíamos nuestras haciendas y casas,
y hasta podía costarnos los ojos de nuestras caras.
¡Oh buen Cid!, en nuestro mal no habíais de ganar nada;
que el Creador os proteja, Cid, con sus virtudes santas."
Esto la niña le dijo y se volvió hacia su casa.

Es, sin duda, la última mirada que desde Burgos recibe: pues de esa niña se dice que se para frente al Cid. De manera que le mira, con las dos niñas de sus ojos, a la vez que nombra el riesgo que vive su mirada –y hasta podía costarnos los ojos de nuestras caras.

Pero, sobre todo, le interpela como el héroe que debe ser –"Cid Campeador, que en buena hora ceñisteis la espada"–: si en buena hora ciñó la espada, no puede ahora usarla para forzar la posada.

Las virtudes santas del Cid, su ser hombre de ley –que, como se sabe, es algo muy diferente que ser hombre de leyes–, todo eso hace que nada pueda obtener del mal de los otros –¡Oh buen Cid!, en nuestro mal no habíais de ganar nada. / Esto la niña le dijo y se volvió hacia su casa.

La última mirada. Pues también la niña debe darle la espalda. Entrar en la casa, cerrar la puerta, dejándole con su soledad, que es parte de su destino.


De manera que el Cid entra en la catedral a rezar:

Ya vio el Cid que de su rey no podía esperar gracia.
Partió de la puerta, entonces, por la ciudad aguijaba;
llega hasta Santa María, y a su puerta descabalga;
las rodillas hincó en tierra y de corazón rezaba.


Y luego, ya en el atardecer en que comienza su destierro, sale de la ciudad y desciende hasta el río Arlanzón.

Cuando acaba su oración, de nuevo mío Cid cabalga;
salió luego por la puerta y el río Arlanzón cruzaba.
Junto a Burgos, esa villa, en el arenal acampa;
manda colocar la tienda y luego allí descabalga.
Mío Cid Rodrigo Díaz, que en buen hora ciñó espada,
en el arenal posó, nadie le acogió en su casa.

Nos importa este momento, este acampar al anochecer extramuros de Burgos, en el arenal del Arlanzón, pues es ahí donde, de inmediato, comienza el episodio de las arcas, que, como ven, no por casualidad van a ser llenadas de arena.

¿Es posible pensar a estas alturas que, tras un arranque tan intenso y dramático del Cantar, el episodio que le sigue de inmediato puede quedar en una secuencia humorística tan sólo destinada a rebajar la tensión mientras se muestran las habilidades tramposas del Campeador?

Todo comienza con la llegada de Martín Antolínez.

El buen Martín Antolínez, el burgalés más cumplido,
a mío Cid y a los suyos les provee de pan y vino:
……
"¡Oh mío Cid Campeador, en buena hora nacido!
Esta noche reposemos para emprender el camino,
porque acusado seré de lo que a vos he servido,
y en la cólera del rey Alfonso estaré incluido.
Si con vos logro escapar de esta tierra sano y vivo,
el rey, más pronto o más tarde, me ha de querer por amigo;
si no, cuanto dejé aquí no me ha de importar ni un higo."

Algo hay, sin duda, alegre en esta llegada –a mío Cid y a los suyos les provee de pan y vino. Un punto chispeante que se manifiesta también en el desparpajo de sus expresiones –"si no, cuanto dejé aquí no me ha de importar ni un higo".

Es entonces cuando el Cid le dice las palabras que ya conocemos.

Habló entonces mío Cid, el que en buena hora ciñó espada:
"¡Martín Antolínez, vos que tenéis ardida lanza,
si yo vivo, he de doblaros, mientras pueda, la soldada!
Gastado ya tengo ahora todo mi oro y mi plata;
bien lo veis, buen caballero, que ya no me queda nada;
necesidad de ello tengo para quienes me acompañan;
a la fuerza he de buscarlo si a buenas no logro nada.
Con vuestro consejo, pues, quiero construir dos arcas;
las llenaremos de arena para que sean pesadas,
de guadamecí cubiertas y muy bien claveteadas."

Realmente, al Cid no le queda nada –Gastado ya tengo ahora todo mi oro y mi plata; / bien lo veis, buen caballero, que ya no me queda nada.

Recordemos que se encuentra en el arenal del río Arlanzón, extramuros de la ciudad, sin otra protección que la tela de su tienda. Por eso, la arena con la que va a llenar sus arcas –Con vuestro consejo, pues, quiero construir dos arcas; / las llenaremos de arena para que sean pesadas– es la mejor expresión de esa nada.

Frente al sólido granito de las murallas, sólo arena que se deshace en las manos y que, producto de la erosión del agua del río –desde Heráclito, al menos, la mejor metáfora de lo real– es arrastrada lejos de la ciudad del origen.

Arena, por lo demás, informe, sin nada que ofrecer a la mirada, ahora que el Cid ha sido excluido de la mirada de todos.

Obsérvese, por lo demás, que ninguna mentira dice el Cid –llevarme mis bienes no puedo, pues son pesados– ya que tales son sus únicos bienes: la arena de Burgos cifra todo lo que le queda.

Cifra por eso, igualmente, lo único que le queda: su palabra. Pues eso, su palabra, al caballero que hizo jurar al rey antes de su coronación, es algo que, sin duda, le queda.

En cumplirlo así, Martín Antolínez no se tarda;
atravesó toda Burgos y en la judería entraba,
y por Raquel y por Vidas con gran prisa preguntaba.
Raquel y Vidas, los dos juntos estaban entrambos,
ocupados en contar cuanto llevaban ganado.
Llegó Martín Antolínez y así les dijo, taimado:
"¿Cómo estáis, Raquel y Vidas, mis buenos amigos caros?
En secreto ahora quisiera a los dos juntos hablaros."

A esos prestamistas que en algún rincón oscuro de la judería cuentan, en la noche, su dinero, Martín Antolinez, taimado, les interpela en secreto. Y les convence enseguida al afirmar que es oro lo que llena las arcas que el Cid en prenda les ofrece y que ellos, mostrándose en eso maestros del secreto, aceptan tomar y esconder donde nadie pueda hallarlas.

Estas arcas de mío Cid las tomaremos para ambos,
y el tesoro meteremos donde nadie pueda hallarlo.

Mas, como es lo propio de su oficio, desconfían cuando el burgalés se apresura en demandarles el dinero:

"Ya veis que llega la noche, el Cid está ya esperando,
y necesidad tenemos que nos entreguéis los marcos."
Dijeron Raquel y Vidas: "Así no se hacen los tratos,
sino primero cogiendo las prendas, y luego, dando."

Y así, este intercambio nocturno y marcado por el signo del secreto que comienza en la judería, continúa luego en la tienda del Cid, pero sólo tras que los personajes –y es éste el tercer signo del secreto– atraviesen el río a escondidas por debajo del puente, para que todo quede oculto tanto a moros como a cristianos.

Una vez en presencia del Cid los prestamistas pierden toda desconfianza y aceptan de inmediato las arcas sin reclamar comprobar lo que guardan en su interior.

Al cargar las arcas, ¡viérais cómo los dos se alegraron!,
aunque muy forzudos eran, con esfuerzo las cargaron.
Se gozan Raquel y Vidas en las ganancias pensando,
ya que en tanto que viviesen por ricos se tienen ambos.

Hay farsa, sin duda, pero una que, lejos de reducir del todo el episodio al registro de lo cómico, da a esta economía del secreto cierto sabor que bordea lo onírico, y que contrasta del todo con la desolada luz diurna castellana con la que ha comenzado el Cantar.

Curiosos estos personajes, Raquel y Vidas, prestamistas judíos, contando su dinero, pero también capaces de hablar con el Cid cuando casi todos los burgaleses, amedrentados, le han vuelto la espalda.

Cosa ésta, por cierto, que no suele reseñarse, cuando, sin embargo, uno de los aspectos más notables de este héroe que es el Cid estriba en que posee amigos entre los judíos y los moros, a la vez que es capaz de hacer jurar al propio rey.

¿Se dejan engañar fácilmente por el Cid los mismos que se han mostrado despiertos negociadores con su mensajero? En ningún caso: pues no se trata, para ellos, de ver lo que hay en el interior de los cofres, sino de confirmar que es la palabra del Cid la que los avala.

Y sin duda, le sirven al Cid para obtener el préstamo que le permitirá mantener a su tropa. Pero le sirven, también, para otra cosa. Le sirven para dejar algo escondido allí, en esa su ciudad de Burgos que va a abandonar para siempre.

Pues Rodrigo no puede irse del todo, no puede aceptar ser definitivamente desterrado. Necesita permanecer enraizado. Les decía que la arena de río es lo menos valioso que imaginarse pueda. Producto de la erosión producida por el agua en su incesante movimiento, es materia que se deshace, sin forma y sin color, nada preciosa.

Pues bien, cuando todo se deshace, el Cid necesita contener ese deshacerse: y no hay duda de que, encerrada en el cofre, la arena cobra forma.

Porque Mío Cid necesita permanecer en Burgos de alguna manera. Y así, gracias a Raquel y Vidas, que creen en él, logra dejar escondidas allí, en secreto, sus arcas llenas de arena.

¿Qué arcas? Pero es esta una pregunta que casi está de más, pues el arca es siempre, después de todo, arca de la alianza, nueva y eterna, del ser con la palabra que lo forja.

Y que por eso cobra la forma de una promesa.

Pues la promesa es la palabra en su función más pura. Así, porque una promesa ha sido formulada, pasado ese año que la rige, se realizará como verdad o se deshará como mentira.


La prueba más decisiva del papel esencial de las arcas en el Cantar de Mío Cid se encuentra precisamente allí donde sus estudiosos han creído ver la confirmación de su carácter secundario. Me refiero a esos versos en los que los prestamistas retornan a aparecer a mitad del poema.

Cuando todo está comprado y dispuestos a marchar,
y el buen Minaya Álvar Fáñez se dispone a regresar,
he aquí a Raquel y Vidas que a sus pies van a rogar:
"¡Merced, Minaya Álvar Fáñez, caballero de fiar!,
el Cid nos ha arruinado si no nos quiere pagar;
la ganancia perderíamos si nos diese el capital."
"Yo se lo diré a mío Cid si Dios me deja llegar.
Por lo que con él hicisteis buena merced os dará."
Dijeron Raquel y Vidas: "¡Mándelo así Jehová!;
si no, saldremos de Burgos y lo iremos a buscar."

Una reaparición aparentemente absurda, pues no sirve para resolver ni modificar el tema del préstamo –tan sólo constatamos que no ha sido pagado y que sigue pendiente. Pero suficiente, en cambio, para mostrar que las figuras de estos dos prestamistas, como las de las dos arcas de arena, no pueden ser reducidas a un valor meramente episódico y contrapuntístico.

Pues su función es recordarnos, en un momento tan decisivo de un texto como es su mitad, que el tema sigue abierto y que, por tanto, su alcance es mucho más que episódico.

Y sobre todo este otro:

Dijeron Raquel y Vidas: "¡Mándelo así Jehová!;
si no, saldremos de Burgos y lo iremos a buscar."

¿Cómo explicar que esos judíos en bancarrota osen amenazar al que ya se ha convertido en el caballero más poderoso de la España de la época, jamás vencido por nadie y sobre quien ni siquiera el rey tiene un poder real?

¿Cómo podrían, por lo demás, atravesar ese tan grande territorio en guerra permanente que separa Burgos de Valencia?

¿Podría haber algo más absurdo?

Ahora bien: algo tan absurdo, en un texto realmente valioso, es necesariamente verdadero. Pues exhibe el signo más seguro de la verdad: su abultada inverosimilitud.

Es sabido que el poema retoma, más o menos ficcionados, muchos sucesos y personajes históricos de la vida de Rodrigo Díaz. Narra una historia que por lo demás, en su núcleo guerrero, responde en buena medida a los hechos históricos mismos. Pero es igualmente sabido que otros aspectos, empezando por éste de los prestamistas, son totalmente ficticios. ¿Cuáles otros además de éste?

El episodio en que los infantes de Carrión, poco antes de recibir del Cid como esposas a sus hijas, se comportan de manera cobarde ante un león que se ha escapado en Valencia. Por supuesto, la afrenta de Corpes en la que esos desalmados desnudan en un bosque a las dos muchachas y las azotan hasta casi matarlas. Y, finalmente, la posterior sesión de Cortes en Toledo en la que el Cid reclama contra ellos y obtiene justicia del rey.

Y obsérvese qué cosa tan notable: personajes absolutamente ficticios del poema son Rachel, Vidas y Martín Antolínez.

Pues bien, todos esos elementos se conectan estrechamente en una red textual de la que las dos arcas dan la cifra.

El Cid dejó sus dos arcas escondidas en Burgos. Y luego, a mitad del Cantar, manda a Alvar Fáñez a por sus dos hijas para que las lleve a Valencia. Así pues: dos judíos, dos arcas, dos hijas, dos infantes de Carrión.

Y dos ciudades. Dos hijas que viajan a Valencia –la ciudad entonces mora y mediterránea, en todo opuesta a la castellana e interior Burgos del origen.

Es justo entonces, en el momento en que las hijas van a partir de Burgos camino de Valencia, a mitad del poema que así se divide en dos partes, cuando aparecen los dos judíos para recordar que el préstamo no ha sido pagado –e, implícitamente, que nada más que arena había en el interior de las lujosas arcas.

Y es sugerido así que algo de espejismo puede latir en las grandes riquezas que el Cid ha conquistado con sus combates. ¿Acaso no reaparecen Raquel y Vidas en el momento mismo en que lujosas telas visten a las que debemos suponer hasta entonces pobres hijas del Cid?

La tercera parte del poema se abre con la escena humorística –eso también tiene en común con la de los prestamistas– del león ante el que se acobardan los infantes de Carrión. Y de nuevo, también, exotismo.

Y si el Cid acampó extramuros de Burgos y allí entregó sus dos arcas a los dos judíos en prenda del dinero recibido, es extramuros de Valencia donde se despide de sus dos hijas que acaba de entregar a los dos infantes castellanos, además de dinero y de dos espadas.

Y bien, la escena en el bosque de Corpes en la que los desalmados infantes, tras haberles hecho el amor la noche anterior, desnudan, atan, azotan y abandonan a sus dos esposas moribundas, ¿no responde en la estructura general del Cantar, a la escena, no contada pero sí deducida, en la que los dos prestamistas abren las dos lujosas arcas para no encontrar más que arena en su interior?

Sólo arena real, una vez abierto el cofre que, vestido del más bello guadamecí, le da forma, como sólo los cuerpos reales de esas dos muchachas, desnudados de sus bellos vestidos y brutalmente violentados, quedan, moribundos, en un bosque que, no por casualidad, se llama de Corpes.

Es decir, del cuerpo real.

Correspondencia que desde luego no estriba en la catadura moral de unos y otros, pues frente a los desalmados infantes castellanos que violentan a las mujeres, los prestamistas judíos no sólo cuidaron amorosamente las arcas durante todo un año sino, lo que es más importante –y es desde luego chocante que no haya sido resaltado–, fueron los únicos de todo Burgos que aceptaron tratar con el Cid cuando los burgaleses cristianos, atemorizados por el rey, le volvían la espalda.

El que todo eso haya sucedido no puede dejar de tener relación simbólica con el hecho de que el Cid no retornara, pasado el primer año, a pagar la deuda de las arcas y, así, cumplir su promesa.

Pero es necesario recordar que la falla de la palabra del Cid se produce en el contexto de la falla misma de la palabra del Rey.

Y, así, el que como héroe dedica su vida a sustentar a ese rey que no está a la altura de las circunstancias y al que, tras hacerle jurar en Santa Gadea, acata para siempre, olvida –ése es su pecado– la deuda contraída con los dos judíos que, cuando fuera desterrado, creyeron en él.

Ése es su pecado, pero no piensen que ello hace caer al Cid de su pedestal de héroe.


Lo que la mitología nos enseña es que no hay héroe sin pecado, sin conciencia de una culpa que a él toca reparar.

Y esto es lo que da su sentido a toda la parte final del Cantar, destinada a suturar el desgarro producido por esa promesa no cumplida y por esa afrenta realizada en los cuerpos de las hijas del Cid.

Pues el Cid, aunque ya ha ganado todas las batallas guerreras y todas las riquezas materiales, debe todavía ganar la batalla decisiva: debe lograr restaurar la cadena simbólica.

Y así sucede en las Cortes de Toledo, donde, en vez de tomar venganza, reclama al rey justicia.

Allí reclama y obtiene el dinero que dio a los infantes como dote de sus hijas, como recupera las dos espadas que les donó y que no fueron capaces de empuñar con dignidad. Por ello ahora las otorga a los caballeros que les desafiarán en su nombre.

Con lo que no sólo restaura su honor sino que logra que, finalmente, el rey ocupe su lugar como soporte de la ley.

Por eso sólo entonces el dos que ha sido la cifra que ha estructurado todo el Cantar es sustituido finalmente por el tres que emerge erigido en la cifra del justo desenlace.

Y vos, Martín Antolínez, con Alvar Fáñez andad,
y a los honrados judíos Raquel y Vidas llevad
los tres mil marcos de plata que vos quisieron prestar;
pagadles la logrería, otros mil marcos de más.
Rogarles heis de mi parte que me quieran perdonar
el engaño de los cofres que en prenda les fui a dejar,
porque con cuita lo hice de mi gran necesidad;
y aunque cuidan que es arena lo que en los cofres está,
quedó soterrado en ellos el oro de mi verdad.

¿Que por qué es un solo cofre, y no dos, el que cuelga del muro de la catedral de Burgos?

Porque todo símbolo, si lo es de verdad, es una puerta del inconsciente. Y porque lo es, sólo puede estar semiabierta. Es decir: cifrada.

viernes, 1 de mayo de 2015

BURGOS. Puerta de Sta. Mª. Hueso de El Cid



“Dificultades para un descanso eterno:
Los huesos viajeros del Cid”
José Luis González de Roba
Boletín de la Institución Fernán González, nº 217, 1998

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Escribe Gonzalo Martínez Díez que cuando un pueblo, durante 500 años de su historia, conserva y ensancha su solar a punta de lanza, ha de personificar esta gesta en un héroe que sea el compendio de sus hazañas, que reúna todos los ideales acumulados por ese pueblo, en una palabra, que lo simbolice.
Para que un personaje real pueda cumplir este papel, su vida ha de ser lo suficientemente intensa como para concitar el interés general. Los juglares que canten sus hazañas sobrepasarán el rigor histórico, se permitirán licencias poéticas, pero habrán trabajar sobre un fundamento real, que haya calado entre las gentes y permanezca en su memoria colectiva.
Castilla busca y encuentra su héroe en Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, tan famoso como controvertido, y protagonista del mayor y mejor cantar de gesta en lengua castellana. Menéndez Pidal, defensor, a veces feroz, de la veracidad del Cantar, señala como característica fundamental del mismo, diferenciadora de los cantares épicos franceses, la inmediatez entre la obra y los hechos que relata. Esto explicaría, según él, el realismo del poema.
Al margen de discusiones eruditas, que contradicen o matizan las tesis de Don Ramón, lo que nadie discute hoy es la existencia real, histórica, de Rodrigo Díaz. Además del Cantar, son muchas las fuentes que atestiguan los movimientos, batallas, destierros y otros avatares de la vida del Cid. Pueden servir como muestra las siguientes:
Del año 1090 es el Carmen Campidoctoris, que describe las luchas entre Rodrigo Díaz y el conde de Barcelona.
La Historia Roderici, escrita hacia 1110, hace una exaltación de su valor y de su fidelidad al rey, aunque éste sea injusto con su caballero.
Del lado musulmán, el 1109, Ben Bassam describe episodios de la ocupación de Valencia por parte del Cid y, en 1110, Ben Alcama, testigo presencial, narra con inquina anticidiana el asedio y conquista de Valencia. Al primero de los dos autores corresponde una de las más halagadoras frases, que proveniendo de un enemigo, se hayan escrito jamás: «Este hombre, azote de su época, fue por su habitual y clarividente energía, por la viril firmeza de su carácter y por su heroica bravura, un milagro de los grandes milagros del Señor».
A las referencias bibliográficas han de unirse diplomas y documentos. Hasta una treintena de originales, donde aparece como otorgante, destinatario, testigo confirmante, representante del monasterio de Cardeña o juez. Contra tal cantidad de evidencias, ni la obcecación de Masneu tiene fundamento.
En los siglos posteriores a su muerte, crónicas y poemas, romances y obras de teatro se referirán una y otra vez al héroe de Vivar y a sus virtudes, como ejemplo y estímulo, como fuerza animadora de todo un pueblo. Fuera de España se sigue su rastro literario en Francia, Italia, Dinamarca, Inglaterra, Alemania... Incluso hay un poema en tagalo.
La vida del Cid fue heroica de manera ciertamente especial. El Cantar, obligada referencia una y otra vez, no presenta un personaje violento y vengativo, implacable con el vencido, sino a alguien respetuoso con la ley, generoso con el enemigo, leal al rey por encima de todo, hablando siempre "bien e tan mesurado". Además, gana todas las batallas, consigue fama, riquezas y poder, es venerado por su gente y respetado por sus adversarios... ¡Qué duda cabe de que tuvo que dejar huella!
Es en este contexto de permanente recuerdo donde puede encajar una "historia después de la historia", la aventura viajera de los restos mortales del héroe y de su esposa, zarandeados por los avatares de la historia y, muchas veces, por la falta de escrúpulos de los hombres.
***

10 de julio de 1099. Dentro de los muros de Valencia muere Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Debió morir, dice Colin Smith, "satisfecho de una vida en conjunto digna y llena de actividad". Su poder y su riqueza son grandes, su prestigio militar y sus logros guerreros, enormes. Es el único general cristiano que ha conseguido derrotar a los almorávides, frenando su avance irresistible. Valencia, el reino que él conquistó, y que a su muerte vuelve a caer en manos musulmanas, tardará 135 años en ser de nuevo controlado por los reyes cristianos. Guerrero victorioso, hábil diplomático, excelente estratega, experto y benévolo juez, "debió aparecer ante los ojos de sus coetáneos como el que lo controla todo ante los ojos de Dios".
En 1101 el rey Alfonso VI ordena la evacuación de Valencia, indefendible ante el ataque almorávide. Jimena acompaña los restos de su marido hasta el monasterio de San Pedro de Cardeña, lugar que el héroe eligió para su eterno descanso. Según la leyenda, no le fue fácil al buen Cid alcanzar ese descanso. Berganza cuenta que, por disposición de Jimena y del propio rey, el cadáver de Rodrigo Díaz hubo de permanecer sentado y con la espada en la mano: «pusieronlo en su silla asentado vestido de sus paños e su espada tisona echada por el cuello e asi estuo X años que lo sepultaron porque se le cayó la punta de la nariz». Antes, claro está, el favor divino se manifiesta en forma de milagro: en el séptimo aniversario de la muerte del héroe, un audaz judío se acercó al muerto, le miró a la cara y dijo: «Éste es el Cid de Vivar a quien nadie nunca, ni moro ni cristiano osó trabar la barba y yo se la trabaré en este momento».
¡Pobre judío! Alargó su mano para agarrar la barba del caballero, pero Dios infundió vida en Rodrigo, el cual «puso la mano derecha en la espada e sacola quanto un palmo e tan grande ovo el judio el espanto que dando voces cayo amorteçido e llegando las gentes fallaronlo atordido e vieron al Cid la espada así sacada e maravillaronse». El judío se cristianó como Diego Gil e hizo desde entonces muy santa vida, sirviendo a Dios y al cuerpo del Cid.
El asunto de la nariz obligó al Abad a convocar a los familiares del Cid para tratar el tema de su sepultura. «Y determinaron que se abriesse vna bobeda al lado derecho del altar mayor, para ponerle en ella». Pero el pobre Campeador siguió sentado, con su espada en la mano, entre su escudo y su bandera, pendientes de la pared.
Al margen de la leyenda, y sin que nada pueda confirmarlo, lo más probable es que, de acuerdo con los cánones de los concilios de los siglos VIII y IX, que prohíben la inhumación en el interior de las iglesias, y con la costumbre del siglo X de enterrar a las personas señaladas en el atrio o en las puertas de las iglesias, los restos del Cid y su esposa ocuparan uno de estos lugares en el Monasterio de San Pedro de Cardeña.
En 1272 el rey Alfonso X dispone para el Cid un lugar de privilegio: un gran sepulcro, labrado en dos piedras muy grandes, acoge los huesos del Campeador en la Capilla Mayor, en el lado de la Epístola. A su lado, un poco más abajo, en sepulcro de madera policromada, los restos de Doña Jimena.
Alrededor de la piedra del sepulcro del Cid se talla en caracteres góticos la siguiente inscripción:
BELLIGER INVICTUS, FAMOSUS MARTE TRIUMPRIS, CLAUDITUR ROC TUMULO MAGNUS DIDACI RODERICUS:
En este lucillo está enterrado el Grande Rodrigo Díaz, Guerrero invicto, y de más fama que Marte en los triunfos.
Inscripciones de tono similar cubrían la parte superior del sepulcro:
Quanto se sublimó poderosa Roma por las belicosas hazañas de sus Capitanes: quanto honra à la Gran Bretaña la gloria inmortal de Arturo: quanto se ennobleciò Francia con las heroycas acciones de Carlos Magno, tanto ilustrò a España el Cid, nunca vencido, aun de los mas valientes Capitanes.
Y también en las paredes:
Cid Rui-Diez sò, que yago aqui encerrado, è vencì al Rey Bucar con treinta y seis Reyes de Paganos. Estos treinta y seis Reyes, los veinte y dos murieron en el campo. Vencilos sobre Valencia, desque yo muerto encima de mi cavallo. Con esta son setenta è dos batallas, que yo venci en el campo. Ganè à Colada, è à Tizona, por ende Dios sea loado. Amen.
La decisión del Abad Don Pedro del Burgo de derribar la iglesia en 1447, obligó a remover todos los sepulcros. El de Rodrigo Díaz fue colocado frente a la entrada a la sacristía, sobre cuatro leones de piedra, símbolos del valor del guerrero o de los males que el mismo había vencido.
Las obras prosiguen en el Monasterio y en 1541 el Abad Fray Lope de Frías, de acuerdo con la comunidad, decide un nuevo traslado del sepulcro que, tras la construcción del Coro y de las gradas del Presbiterio, es un estorbo para la celebración del culto. El Abad parece presentir los problemas que se avecinan, pues pretende hacer el traslado en secreto, pero la noticia se filtra y concurren al Monasterio multitud de curiosos "no solo Cavalleros de Burgos, sino tambien personas de Francia". Es el 14 de enero de 1541. Berganza, tomando como fuente la Relación de Fray Lope de Frías, hace un prolijo relato de los rituales, cantos y ceremonias celebradas al efecto. Tampoco ahorra detalles sobre la apertura del sepulcro:
«Los Oficiales de Canteria quitaron la lapida encimera, aviendo concurrido primero el Abad a la accion de levantarla con vna barra de hierro pequeña. Descubierto el sepulcro, se vio la caxa de madera tachonada con clavos dorados, en donde estaba el Santo Cuerpo del Cid... Abierta la caxa, se halló el Santo Cuerpo casi deshecho: en algunos huessos estaba la carne pegada, y el color rosado; y el mismo color tenian los huessos, y entre estos mismos estaba la carne despegada, y todo el cuerpo en vn cendal labrado a lo Morisco; y à los lados estaban espada, y espuelas, como insignias de Cavallero. Al abrir la caxa, despidiò de sì vna fragancia confortativa; y se reconociò, que no faltaba huesso alguno».
Entre música de órgano, motetes e himnos se velan los restos hasta las cuatro de la tarde, en que son depositados en su nuevo emplazamiento. Como no podía ser de otra manera, la providencia colabora al esplendor del acto con un milagro que añadir a la "fragancia confortativa": Las tierras de la Rioja y la Bureba, muy castigadas por la sequía, «recibieron agua muy apacible desde el día en que se comenzó a preparar el traslado hasta que fue concluída la ceremonia. Atribuyose el agua a los méritos del Santo Cavallero Rodriga Diaz: y que como en vida avia mirado por esta tierra, librandola de la infestacion de los Moros; en muerte la atendia, y procuraba conseguir el socorro en las necesidades que padecia».
En Burgos, la noticia del traslado fue muy mal recibida. Don Pedro Fernández de Velasco, duque de Frías y Condestable de Castilla, de acuerdo con el Regimiento de la Ciudad de Burgos, envía a Cardeña, el 14 de Junio, a varios Regidores, para pedir al Abad que devuelva los sepulcros al lugar de honor que antes ocupaban, en nada comparable al actual. El sepulcro de Doña Jimena había sido trasladado al claustro y el del Cid al lateral del Evangelio. En opinión de los representantes de la ciudad de Burgos, los nuevos emplazamientos atentaban contra la fama y el honor del héroe y su esposa.
El Abad y la Comunidad se niegan a la petición del Condestable y de la Ciudad. No queda más remedio que recurrir al Emperador Carlos V, solicitando de su autoridad un mandamiento que obligue a los monjes. Con fecha 8 de julio de 1541, el Cardenal Juan, Gobernador del Emperador en Madrid, despacha una real cédula con la orden tajante de que los sepulcros se restituyan a su lugar primitivo. Al agravio que sienten la ciudad de Burgos y el Condestable se une la importancia que el Emperador da al emplazamiento de la tumba, que explica las duras palabras de la citada cédula:
«Vosotros, no teniendo consideracion à lo susodicho, ni mirando à que el Cid es nuestro Progenitor, y los bienes que dexò a esta casa, y a la autoridad del estàr èl aì enterrado, se sigue al dicho Monasterio, aveis deshecho, y quitado su sepultura de en medio de la Capilla mayor, donde ha mas de quatrocientos años que estaba, y le aveis puesto cerca de una escalera, y lugar no decente, y muy diverso en autoridad y honra del lugar, y honra, que es fama. Tambien aveis quitado de con él á Doña Ximena Diez, su muger, y puestola en la Calostra del dicho Monasterio, muy diferente de como estaba».
Hay también un cierto temor a sentar precedentes:
«Que es cosa de mal exemplo para Monasterios y Religiosos, que viendo la facilidad con que se muda la sepultura de una tan famosa persona, tomaran atrevimiento de alterar y muda qualesquier sepulturas y memorias, de que se seguiran muchos daños a nuestros Reynos».
El Abad Lope de Frías viaja a la Corte y alega que el traslado se ha debido a la necesidad de espacio y que, teniendo en cuenta la fundación real del Monasterio, cabe considerar que el lugar preferente de enterramiento no debería corresponder al Cid, sino a la reina fundadora, Doña Sancha o al rey Don Ramiro. Sus apelaciones no surten ningún efecto y el cardenal reitera la orden imperial.
Berganza da aquí por terminado el problema, con el acatamiento, por parte del Abad y de la Comunidad de lo dispuesto y la ejecución de la orden. Pero Cantón Salazar hace referencia a una segunda cédula dada por el Consejo Real en Madrid, el 15 de octubre de 1541. Ante el incumplimiento de su orden anterior, el emperador se expresa de manera muy enérgica, dando un plazo de cuarenta días para restituir los sepulcros a sus antiguos emplazamientos, bajo multa de 10.000 maravedíes si así no se hace, y prohíbe que "ni agora ni en ningún tiempo se muden de lugar".
Al Abad y a la Comunidad no les quedó más remedio que aceptar lo inevitable, pero se tomaron una pequeña venganza: devolvieron los sepulcros a su lugar con tanta presteza que no pudieron acudir a presenciar el acto ni las autoridades burgalesas ni los ciudadanos deseosos de participar en él.
La disputa sobre el derecho del Cid a ocupar el lugar preferente de enterramiento prosigue a lo largo del tiempo. Hay partidarios de Doña Sancha, reina fundadora, de Don Alfonso el Magno, que reedificó el Monasterio, o de Garci Fernández, que lo restauró, como personajes más dignos de ocupar el centro de la Iglesia. El tema parece zanjado cuando en 1679 Carlos II visita Cardeña. Ante la extrañeza mostrada por un Grande por el hecho de que no sea un personaje real quien ocupe el lugar de privilegio, Carlos II responde: " El Cid no fue rey, pero hizo reyes".
Allí permanecieron los restos del Cid y de Doña Jimena, respetados y venerados, hasta 1736. En estas fechas deciden los monjes construir una capilla, bajo la advocación de San Sisebuto, a la que trasladar todos los restos repartidos por los diversos sepulcros de la Iglesia. Cantón Salazar lamenta amargamente la pérdida de aquellos sepulcros "que fueron deshechos con el frívolo pretexto de que embarazaban el tránsito". El rey Felipe V autorizó el traslado. Se tallan nuevos sepulcros para Rodrigo Díaz y Jimena, "con aquel corrompido y barroco gusto", aunque se conserva la tapa del sepulcro antiguo, con parte de la inscripción original.
***

La invasión francesa supuso un durísimo golpe para el Monasterio de Cardeña, que quedó desierto tras los decretos de desamortización. En los días siguientes a la batalla de Gamonal, un batallón de dragones del mariscal Ney saquea Cardeña, profanando los sepulcros. Según testimonios de la época, sobre todo franceses, los huesos son esparcidos por el suelo.
Por esas fechas viajan a Burgos, como representantes del Senado Imperial, el príncipe Salm Dyck, el conde de Girardin y el caballero Delamardelle, probablemente para felicitar a Napoleón por su victoria. Visitan Cardeña y recogen algunos huesos del Cid y de Jimena, que se llevan como fúnebre recuerdo. Un acta fechada en París el 10 de abril de 1811, y firmada por los tres personajes, atestigua el hecho. Más tarde se hará referencia al periplo de estos huesos.
A comienzos de 1809 llega a Burgos, para hacerse cargo de la Capitanía General de Castilla la Vieja, el general Thiebault, quien, ya sea para congraciarse con el pueblo, ya por su talante más moderado y respetuoso, pone freno a los desmanes de las tropas de ocupación y procura remediar sus consecuencias. Cuando visita Cardeña y ve lo que ha sucedido, decide trasladar los restos del héroe a Burgos, para colocarlos, no en una iglesia, sino en un lugar céntrico y frecuentado, a la vista del pueblo, a quien ha de servir de ejemplo. Elige una pradera en la orilla del río, entre los puentes de San Pablo y Santa María. Allí dispondrá, dice en sus Memorias, una plantación de álamos, bellas avenidas en torno al monumento, bancos de piedra y rampas que comuniquen con el Espolón. Mientras duran las obras, guarda los restos que ha traído de Cardeña bajo su lecho y sólo los muestra a personas señaladas, negándose a entregar ningún hueso como recuerdo, "sólo al buen M. Denas, que en tal época pasó por Burgos, siendo ésta la única excepción, ya que, ni aún para mí tomé el menor fragmento".
Como es natural, Thiebault informa de sus propósitos al rey José I, quien se muestra de acuerdo, como queda patente en una carta de su ministro de Interior y Cultos, M. J. de Aranza.
En el mausoleo se coloca el sepulcro que se ha traído de Cardeña y al cual se llevan los restos el día 19 de abril de 1809. La ceremonia, muy vistosa y a la que, por cierto, no asiste ninguna alta jerarquía eclesiástica, terminó colocándose los restos dentro de una caja de madera; dentro de ella, otra más pequeña y, en el interior de ésta, una de plomo con diversas monedas y documentos en francés y en castellano. Todo ello se introduce en el sepulcro, dispuesto sobre unas gradas o pedestal. Alrededor, cuatro inscripciones, en francés, latín y castellano.
Al frente: JOSEPHO REGNANTE: 1809.
En uno de los laterales: PAR LES SOINS DE SON EXCELLENCE LE GENERAL DE DIVISION THIEBAULT, GOUVERNEUR DE LA VIELLE CASTILLE, FURENT RECUEILLIS ET TRANSPORTES ICI, A VEC LES DEBRIS DE LEUR TOMBE, LES RESTES DU CID ET DE CHIMENE.
Este mismo texto, traducido al castellano ocupaba el otro lateral.
En la parte posterior, un texto en latín, que Thiebault atribuye a Camón de Nisas: QUIBUSCUNQUE TEMPORIBUS, POPULIS LOCIS, INCLYTORUM VIRORUM MEMORIA CALENDA, EST.
Tras la marcha de los franceses, las tres primeras son destruidas por los patriotas españoles. El general francés, con cierto sentido del humor, cita "su monumento" como el único de los construidos durante el reinado de José I que sobrevivió unos años tras el final de la guerra.
De la inauguración del monumento, prevista para el día 15 de mayo, no queda constancia, pero se conservan los discursos que se redactaron al efecto. Tanto el del General Thiebault como la réplica, exaltan la figura como símbolo y modelo a través del tiempo:
«Señores; No hay prescripción de tiempo ni elección de lugar para celebrar la memoria de los hombres, que como el Cid, pertenecen a la historia de las Naciones, es decir a la inmortalidad: el tiempo habrá devorado estos restos preciosos que acabamos de inhumar, habrá borrado hasta los trazos del monumento, habrá consumido los últimos vestigios; y el recuerdo del Cid siempre presente a los que respetan á los heroes será, no solo en estos lugares, sino en el resto del mundo el objeto de la admiración pública y uno de los egemplos mas gratos a los valientes».
«La memoria y la gloria del hombre que ha merecido bien de su Patria no acava con sus días; buela de generacion en generacion en la pluma de los historiadores; la posteridad lee y recoge con ansia hasta las menores particularidades de su vida; el Pueblo que le bió nacer, el que ha sido testigo de sus brillantes acciones, el en que exala el ultimo suspiro se disputan sus tristes pero preciosos despojos».
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Acabada la guerra y vueltos los monjes al Monasterio, ya en 1816 reclaman del Ayuntamiento la devolución de los huesos, sepulcro y rejas que se trajeron de Cardeña. Nunca fueron muy buenas las relaciones entre la Comunidad de Cardeña y los regidores de Burgos, de manera que cabe suponer que éstos últimos no se mostraran muy diligentes. De diciembre de 1819 hay informes sobre la procedencia de la piedra y las rejas, una convocatoria para reunir a representantes del Ayuntamiento y de los monjes y una tasación sobre el valor de la piedra de la gradería del monumento (450 reales), que firma Simón de Barroeta. Sin duda los acontecimientos políticos frenaron la iniciativa, porque hasta 1826 no se relanza la idea.
El 28 de mayo, fray Emeterio de Lara, Abad del Monasterio, solicita la devolución de los restos en un documento de bella redacción: tras señalar que el Monasterio en general, y la capilla de San Sisebuto en particular, están reconstruidos, que en dicha capilla reposan las hijas del Cid y sus más señalados caballeros, que su derecho se basa en la última voluntad del héroe, el Abad de Cardeña
«no puede omitir que el zelo piadoso de VV.SS. y el honor del Monasterio que representa, se ven en compromiso si por más tiempo se difiriesen hacer desaparecer los funestos efectos de una guerra desoladora e inicua en que la licencia despótica colocó a estilo gentilicio al más famoso y catholico guerrero. Una providencia especial del cielo habra sin duda reservado a la religiosidad que caracteriza a VV.SS. La dicha de ser los autores de esta traxlacion fundada en usticia que volvera a colocar al que fuera terror y espanto de la Morisma, y su religiosa muger, en el sitio sagrado que merecen su brazo fuerte y su zelo ardiente por la Religión».
El Ayuntamiento de Abastos de 8 de agosto de 1826 da la conformidad para entregar al Abad, que dejará los correspondientes recibos, los restos del Cid y de su esposa, toda la piedra del panteón y la reja que le circunda,
«advirtiendo que ésta la entrega el Ayuntamiento graciosamente y hace donación de ella en obsequio de tan benemerito heroe».
El 18 de julio de 1826 se desmonta el panteón y la caja de madera es llevada a las Casas Consistoriales, donde se abre en presencia del Corregidor, representantes del Ayuntamiento y de los monjes de Cardeña y diversos testigos. El acta de exhumación da fe del contenido, que corresponde exactamente a lo descrito en el acta de 19 de abril de 1809, cuando se procedió a su cierre. La novedad está en que, por primera vez, se enumeran los restos. Don Cipriano López y Don Pablo Pastor, cirujanos, identifican los restos como humanos:
«los huesos de las extremidades superiores e inferiores, vertebras y costillas estaban íntegros y completos, las escápulas y huesos innominados o de las caderas, estaban divididos en varias porciones; faltando algunos huesecillos del carpo, metacarpo, tarso, metatarso y algunas falanges de los dedos».
Los huesos fueron separados en dos cajas, que, tras ser cerradas, se depositaron en la Capilla de las Casas Consistoriales.
El 30 de julio las cajas abiertas fueron expuestas al público en la Sala Principal. Una vez cerradas y puesto el sello del Monasterio, son transportadas con todos los honores, bajo escolta militar, hasta los límites de la ciudad, donde se ratifica la entrega a los monjes y se firman las actas correspondientes. Mientras la comitiva oficial retorna a Burgos, los restos del Cid vuelven a Cardeña.
***
Dos hechos fundamentales influirán en el siguiente traslado: la desamortización vuelve a despoblar el Monasterio y el triunfo progresista de Espartero en 1840 desata un sentimiento antirreligioso que explica la carta que un centenar de ciudadanos dirigen el 30 de septiembre al Presidente de la Junta Provisional de Gobierno, solicitando que se traigan a Burgos los restos del Cid y su esposa, abandonados en el desierto Monasterio, adonde los devolvió "la bandalica reaccion". La Junta da el visto bueno el 1 de octubre y el Ayuntamiento el 3 de octubre. Pero su situación económica es tan apurada que, antes de tomar decisión alguna, solicita un informe sobre la viabilidad de desmontar y transportar el sepulcro desde Cardeña y de lo que esto costaría. En el caso de que no sea factible, sugiere buscar otro sepulcro en algún convento abandonado y reacondicionarlo. En cualquier caso, los restos serían depositados en la Cartuja hasta la construcción en Burgos de un panteón adecuado.
El alarife Francisco de Angoitia informa favorablemente sobre la posibilidad del traslado y presupuesta unos gastos de 15.405 reales, cantidad que el Ayuntamiento reconoce no poder asumir. Las peticiones de ayuda a la Junta y a la Diputación no debieron servir de mucho y el proceso se paraliza.
El 31 de mayo de 1842 el Gobierno Superior Político de Burgos conmina al Ayuntamiento para que tome cartas en el asunto ante el riesgo inminente de destrucción y desaparición de "las cenizas de un personaje cuyas luchas históricas son la admiración de naturales y extrangeros". Ante la gravedad de los hechos, los Procuradores Síndicos proponen que los restos sean traídos a las Casas Consistoriales y custodiados en su Capilla hasta que se construya el monumento previsto.
El 19 de junio de 1842, y en presencia de las autoridades civiles y militares, se procede en Cardeña a la apertura de los sepulcros, que, aparentemente, no han sido tocados desde 1826. El cirujano titular, Don Cipriano López, va extrayendo y mostrando al público los "fémures, tibias, peronees, cubitos, radios, caderas, calaveras, claviculas, omoplatos, esternones, costillas y columnas vertebrales".
En el nicho correspondiente a los huesos del Cid aparece "una botella de vidrio negra y muy fuerte, de la hechura de las que se hacen para la cerveza de cabida como de cuartillo y medio, bien tapada" en la que hay, según afirma el ex-Abad Don Emeterio Lara, algunas esquirlas de hueso desprendidas en el anterior traslado. Se hace notar la falta de los mismos huesos que se citan en 1826 (Acta de la traslación de los huesos de Don Rodrigo Diaz de Vivar, llamado el Cid y su esposa Doña Gimena, desde el Monasterio de Cardeña a esta ciudad de Burgos, el día 19 de junio de 1842).
Tras la misa y demás ceremonias, los huesos se colocan en dos cajones y, sobre un carro fúnebre escoltado por diversas unidades militares, y en medio de gran pompa y solemnidad, son trasladados a Burgos, donde se les recibe con honores de Capitán General, salvas de artillería y repique de campanas. Tras ser expuestos al homenaje popular en la Capilla de las Casas Consistoriales, quedan en dicha capilla, encerrados bajo dos llaves, una de las cuales guarda el Jefe Político y otra el Alcalde. Allí esperarán la construcción del Panteón.
El pronunciamiento de Narváez y la precipitada salida de Espartero hacen que el 21 de junio de 1843 el asustado Jefe Político de Burgos decida entregar a la corporación municipal la llave que custodia. El Ayuntamiento, reunido en pleno, decide, ante el riesgo de incidentes, trasladar la caja con los restos del Cid y su esposa al archivo, que dispone de una fuerte puerta de hierro (Acta de la debolucion de la llave de la capilla de la Casa Consistorial hecha por el Sr. Gefe Político. 21 de junio de 1843).
Normalizada la situación, son devueltos a la capilla el 3 de diciembre. Por encargo del Ayuntamiento se ha construido una urna, obra de Gregario Moneo, dentro de la cual el cirujano Don Cipriano López va colocando, después de reconocerlos, los huesos del Cid y de Doña Jimena en dos compartimientos diferentes. Tras la firma del acta correspondiente, la urna queda en la Capilla de las Casas Consistoriales (Acta de colocación de los huesos del Cid y Dña. Gimena su esposa en la urna construida al efecto, de orden del Excmo. Ayuntamiento y colocada en la Capilla de la Casa Consistorial. 2 de diciembre de 1843).
Aunque no llegó a producirse, en 1869 el Cid y Doña Jimena estuvieron a punto de iniciar un viaje más largo. El 31 de mayo de dicho año Ruiz Zorrilla decide llevar a efecto una ley de 6 de noviembre de 1837 por la cual las Cortes disponían que en San Francisco el Grande de Madrid se estableciera un Panteón Nacional, al que se habrían de trasladar los restos de los españoles ilustres, entre ellos los del Cid.
En Burgos, el Ayuntamiento recibe del Gobernador la orden de preparar inmediatamente el traslado el día 1 de junio. El mismo día 1 se reúne el Pleno Extraordinario que se niega en redondo a dicho traslado. La actividad se hace frenética; se remiten cartas a los procuradores burgaleses en Madrid: Cirilo Álvarez, el conde de Encinas, Fermín Lasala, Telesforo Montejo, Eusebio Salazar, etc., pidiendo su intervención ante el ministro. El día 2 se reúne un nuevo Pleno Extraordinario que mantiene con firmeza su postura ante un nuevo telegrama del Gobernador. El día 3 las cosas comienzan a tranquilizarse y una carta de Pedro González Marrón, fechada el 4, en la que comunica su entrevista con Sagasta y Ruiz Zorrilla trae definitivamente la calma al Ayuntamiento. El Cid se queda donde está.
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En enero de 1883 tiene lugar en Madrid un acontecimiento singular: en presencia de las infantas Doña María Isabel, Doña María de la Paz y Doña María Eulalia, de los infantes Don Antonio María de Orleans y Don Luis Fernando de Baviera, de Don Práxedes Mateo Sagasta, de Don Antonio de Aguilar y Correa, ministro de Estado, de Don José Osorio y Silva, Mayordomo Mayor de S. M., de los senadores y diputados de la provincia de Burgos y de otras muchas personalidades, se restituyen a España los huesos del Cid y de Doña Jimena que fueron sustraídos del Monasterio de San Pedro de Cardeña en 1808 por el príncipe Salm Dyck, el conde de Girardin y el caballero Delamardelle. Según la documentación que se adjunta al proceso, dichos huesos fueron donados, en 1857, por el príncipe de Salm Dyck al príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern, que los depositó y custodió en su museo de Sigmaringen.
Por una afortunada casualidad, Don Francisco María Tubino, comisario de España en la Exposición de Bellas Artes de Viena, tuvo conocimiento de la existencia de estos huesos, y, gracias a los buenos oficios del doctor Guillermo Lauser, pudo visitar el museo, comprobar, guiado por el director del mismo, Sr. Letmer, la real existencia de los restos, proceder a su análisis, efectuado por el doctor Koch, y reunir los suficientes datos como para iniciar una serie de actuaciones que llevaran a la donación por parte del príncipe Carlos de Hohenzollern de los huesos al rey de España. Tanto el acta de 10 de abril de 1811, firmada por el príncipe Salm Dyck y sus compañeros, como el documento de reconocimiento de los restos que firman el 24 de abril de 1882 en el museo de Sigmaringen el Sr. Tubino, el Sr. Lehner, el doctor Kock y el doctor Lauser no hacen sino incrementar las contradicciones entre los distintos documentos.
Así, en el acta de 1811 se enumeran los siguientes huesos: del sepulcro del Cid, el hueso de la mandíbula inferior, con sus dientes; un fragmento del cráneo del lado de la oreja y otro que formaba el occiput, demás de otros pedazos de cráneo. Del de Jimena, el esternón y los dos fémures. El Sr. Delamardelle se queda con la parte del occiput y un fémur de Jimena; el resto, el príncipe de Salm Dyck.
En el documento de 1882 los huesos que están en la urna son los siguientes: un pedazo de la mandíbula inferior, con tres molares, un fragmento de parietal, un fragmento del occiput, que el doctor Kock atribuye a una mujer por ser el tejido más delicado, una vértebra lumbar, un esternón y un fémur del lado derecho, perteneciente al individuo a quien correspondía la mandíbula.
Para nada concuerdan estos datos con las actas de 18 de julio de 1826 y de 19 de junio de 1842, en las cuales el cirujano Don Cipriano López certifica la integridad de los huesos de las extremidades y sólo hace referencia a la pérdida de huesos pequeños: metacarpianos, falanges, etc. Como se verá más adelante, todavía en 1930 siguen apareciendo huesos del Cid, aumentando, si cabe, la confusión (Acta de la entrega a S. M. el rey de parte de los restos mortales del Cid y de Doña Jimena. Madrid 28 de enero de 1883).
Una vez en Madrid, el rey dispone su entrega a las autoridades burgalesas, para unir estos restos a los que se custodian en Burgos. Tras una larga preparación a lo largo del mes de febrero, y cuando ceremonias y protocolo están perfectamente ajustados, el alcalde y una representación de concejales se desplazan a Madrid para hacerse cargo de la urna con los huesos. La entrega se efectúa el 3 de marzo (Acta de entrega al alcalde de Burgos de los huesos del Cid y Doña Gimena).
El 6 de marzo llega la comitiva a Burgos y en una espectacular ceremonia, con masiva participación de gremios y asociaciones, se traslada desde la estación de ferrocarril a las Casas Consistoriales, donde se depositan los restos junto a los que allí se conservan.
Durante los 40 años siguientes sólo hay pequeñas "molestias". En junio de 1891 los restos que estaban en la botella de cerveza se colocan, dentro de la urna, en una caja de cristal. En 1893, a instancias del conde de Berberana, se asegura la tapa de cristal con tres llaves que custodiarán tres personas distintas. El mismo año se propone la sustitución de la urna. Se encarga su proyecto a Saturnino López, pero no hay evidencia de su ejecución.
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El último capítulo de la historia parece cerrarse el 21 de julio de 1921, cuando, con asistencia del rey Alfonso XIII, los restos del Cid y su esposa son trasladados desde la Sala de Jueces del Ayuntamiento, donde han estado custodiados por soldados del Regimiento de Lealtad, hasta el crucero de la catedral. Allí, a ras de suelo, según la más antigua tradición, es depositado el sarcófago, junto a una copia del acta de traslado e inhumación. Todos los lugares vinculados a la historia del Cid han enviado su representación, sea el arzobispo de Valencia, el duque del Infantado, también conde del Cid, o los alcaldes de Vivar, Cardeña o Burgos. Una gigantesca losa de mármol cierra la cripta. En ella, grabados en latín, los nombres de Rodrigo Díaz de Vivar y de su esposa Jimena. Y unos versos del poema, elegidos por Menéndez Pidal:
a todos alcança onrra
por el que en buen ora nació.
Es el final de un proceso iniciado el 25 de septiembre de 1920, cuando la Comisión de Propaganda para el VII Centenario de la Catedral presenta un detallado programa de los festejos religiosos y hace alusión, por primera vez, al traslado de los restos depositados en las Casas Consistoriales.
Bajo la presidencia del Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. Don Juan Benlloch y Vivó, arzobispo de Burgos y la vicepresidencia del Sr. Alcalde, Don Ricardo Diaz-Oyuelos Conde, se crea una Comisión del Monumento al Cid y traslación de sus restos.
El día 9 de febrero de 1921, ante el pleno extraordinario del Ayuntamiento burgalés, el arzobispo, en un florido discurso, solicita de la Corporación el permiso para enterrar en la Catedral los huesos del Cid y Doña Jimena.
En sesión extraordinaria de 19 de Febrero, el Sr. Alcalde reitera la petición formal ante los capitulares. Su discurso es un resumen de los diferentes traslados y un encendido elogio de la Catedral como nueva sepultura del héroe, y del arzobispo valenciano, a quien considera el eslabón que une las dos tierras más significadas en la vida del Cid: Burgos y Valencia. La proposición es aprobada con el voto en contra de los Srs. Palacios y Navarro, que argumentan la necesidad de guardar los restos hasta que se construya un monumento para su definitiva custodia, tal como dispusieron Ayuntamientos anteriores.
El certificado firmado por los doctores Don Mariano Páramo Alonso y Don Pedro Rojas Arija, médicos de la Beneficencia Municipal de Burgos, convocados para el reconocimiento de los restos, no se parece a las detalladas actas de 1826 ó 1842. Según los doctores, en la caja, dividida en dos compartimentos, «se aprecia a simple vista la existencia de huesos humanos, de color pardo oscuro y de persona adulta: examinados, se vé que faltan algunos, que la mayoría están incompletos, rotos, abundando los fragmentos, esquirlas y polvo de los mismos. Por la longitud de uno de los fémures, de los correspondientes al CID, se deduce positivamente, que la talla de este, no fue inferior á 1,700 mm; y por el tamaño de una de sus clavículas, se puede sospechar que era de gran amplitud su caja torácica. De lo que antecede deducimos que los restos examinados corresponden a dos esqueletos humanos de adultos, ... , que pertenecieron unos a varón y otros a hembra».
¿Cómo explicar las discrepancias entre lo que describe Don Cipriano López en 1842 o los restos certificados en el documento de 1882 y el ruinoso estado de los que da fe el acta de los doctores Páramo y Rojas? ¿Las condiciones de conservación en la capilla de las Casa Consistoriales eran peores que en los sepulcros del monasterio de San Pedro de Cardeña donde los huesos permanecieron más de ochocientos años?
Si se toma en consideración tanto a Berganza como al contenido de las actas de exhumación del siglo XIX, los huesos del Cid y de su esposa, salvo la desaparición de algunos de pequeño tamaño, presentan un buen estado de conservación. Bastan 79 años de permanencia en su urna del Ayuntamiento para que aparezcan fragmentados, rotos, reducidos a esquirlas y polvo, amén de la desaparición de parte de ellos.
Pero todavía habrá más capítulos, y más contradicciones, en esta sorprendente historia.
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El descanso eterno de los huesos del Cid vuelve a interrumpirse cuando, en agosto de 1929, de forma sorprendente, aparece otro hueso, el radio del brazo izquierdo, que ha vivido su particular aventura. La historia está plagada de contradicciones, pero fue dada por buena por las autoridades de la época, tanto el arzobispo Don Manuel de Castro, como el alcalde y cronista de la ciudad, Don Eloy García de Quevedo o el Gobernador Civil Don Antonio Callejo Sáez, entre otros.
Los hechos vienen a ser los siguientes: en agosto de 1929 Don Pedro Sangro y Ros de Olano, marqués de Guad el Jelú, ministro de Trabajo, visita Burgos en viaje oficial. Allí comenta al alcalde, Don Eloy García de Quevedo, que posee un hueso del Cid y que es su intención donarlo al Ayuntamiento de Burgos. En su poder obran una serie de cartas que parecen confirmar la autenticidad de dicho hueso.
Según el ministro, su abuelo, Don Antonio Ros de Olano, primer marqués de Guad el Jelú y Capitán General en Burgos, recibió de Francisco del Busto el hueso del Cid, según carta de éste último de 30 de noviembre de 1848, hueso que del Busto había pedido al cirujano Don Cipriano López, quien, según se asegura en la carta, lo había sustraído cuando los restos del Cid fueron trasladados desde Cardeña por orden del general Thiebault.
Estos datos también contradicen documentos anteriores. Por un lado, para nada se menciona al cirujano Don Cipriano López en las actas de 1809, de lo que se puede deducir su dificultad, si estuvo presente, para acercarse a los restos de Cid que con tanto esmero parece que cuidó el general francés. Por otro lado, todo parece contradecir las actas de los traslados de 1826 y de 1842, actas en las que el propio Cipriano López enumera, e incluso muestra al público, los huesos del Cid y de Doña Jimena. En las actas se hace mención a la falta de huesos pequeños, del carpo, metacarpo, tarso, metatarso y falanges, pero se afirma la integridad de los huesos de las extremidades. Incluso se citan, en el acta de 1842, de manera puntual y específica: húmeros, cúbitos, radios, etc. Parece de sentido común que la ausencia de un radio habría sido notada y señalada en el documento. Se repite la historia de los huesos de Sigmaringen.
El 30 de diciembre de 1930 el Consistorio burgalés recibe, en solemne ceremonia, el hueso, la carta de donación y las cartas que parecen concederle autenticidad. Tras una misa oficiada en la Capilla del Consistorio por el arzobispo, éste deposita hueso y documentos en una arqueta, obra de Don Saturnino Calvo, sujeta a la pared de la Capilla en el lado de la Epístola, ante la imposibilidad de reunirle con los restantes huesos en el crucero de la catedral.
Todavía sufrirá un, por el momento, último traslado, pues en la actualidad el hueso está depositado en la Sala de Paridad del Arco de Santa María.